Fue un pintor precoz. Lo grueso de su obra lo llevó a cabo entre los dos y los cuatro años de edad. Se llamaba Congo.

Desmond Morris, el biólogo autor del célebre Mono desnudo, lo adoptó y lo llevó a vivir a Londres, donde sus cuadros fueron expuestos a mediados de los años cincuenta y donde hoy la casa Bonhams pone a la venta tres de sus pinturas. Como Morris pintaba, Congo se interesó naturalmente por los pinceles, aprendió a pintar y se decantó pronto por un estilo próximo al expresionismo abstracto, usando colores contrastados y trazos vigorosos.

Morris cuenta que Congo pintaba con mucha concentración, nunca sobrepasaba los límites del papel y protestaba enérgicamente si le quitaban la hoja antes de haber terminado. Según su amo, «probaba nuevas ideas y motivos, combinando aventura y seguridad, novedad y familiaridad, como hacen los artistas humanos». Una vez que daba por terminado un cuadro, eso sí, se desinteresaba por completo de él, tal como los niños pequeños. Lo suyo no era la reflexión estética, lo suyo era pintar.

Tanto así que Morris llevó a Congo a la emisión Zoo Time de la BBC, para solaz de cerca de tres millones de humanos telespectadores, y organizó la ya citada exposición con sus mejores pinturas y dibujos. La leyenda cuenta que Picasso quiso comprar uno de sus cuadros y que Dalí sostuvo que Congo pintaba con más humanidad que Jackson Pollock, el iniciador del action painting.

Federico Engels, quien escribió, apoyándose en las ideas de Carlos Darwin, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, no se hubiese sorprendido al ver los cuadros de Congo colgados en una galería londinense. Todos los elementos de su propuesta estaban allí reunidos: mono y hombre, papel y trabajo.

Lo cierto es que los humanos vamos admitiendo poco a poco, algunos a regañadientes, la humanidad de los animales, aserto que Nicanor Parra, un adelantado en esta y otras materias, hizo suyo hace varios lustros. Un reciente estudio universitario en Gran Bretaña, reproducido por The Sunday Times, confirma que las ovejas son amistosas y enamoradizas y que se entristecen cuando sus amigos o amantes son conducidos al matadero. No hay pastor que no lo sepa, pero no todos los humanos tenemos la suerte de ser pastores.

Para volver a Congo, nadie sabe si pudo pintar hasta el fin de sus días en su bucólico hogar londinense o si acabó como atracción de feria o miembro de la familia de chimpancés acróbatas del circo Las Águilas humanas.

La suerte de los conejillos de Indias no siempre es envidiable. Rosa Montero, defensora de la dignidad de los primates, cuenta la historia de una chimpancé a quien un científico enseñó el lenguaje de signos utilizado por los sordomudos. Cuando el científico debió cerrar el laboratorio por falta de fondos, la mona acabó en una jaula del zoológico local, donde los cuidadores y algunos distraídos visitantes se sorprendían al verla repetir incansablemente unos mismos gestos. Un día pasó frente a la jaula un visitante que comprendía ese lenguaje y pudo entender el mensaje que la mona repetía sin cesar: «Sáquenme de aquí».

La Nación, 21 de julio de 2005