Pantalón -Pantalone- era un comerciante jubilado, rácano, rezongón, libidinoso. Perfecto comediante -personaje de la commedia dell’arte, veneciano, como su valet Arlequín, como Bufón-, Pantalón entró en nuestras vidas por los pies, habiendo dado su nombre a la prenda que abriga piernas y cubre rabos y a las farsas burlescas y algo salaces que protagonizaba, las famosas pantalonadas. Mi tío Pepe me explica todo esto y cuando le pregunto a pito de qué, me enseña el modelo de pantalones que gasta un grupo de rapaces que han ido pasando. Todos ellos llevan los pantalones por debajo del culo. Y el “tiro”, la unión de las perneras, a la altura de las rodillas. Como es de esperar, los mozos se desplazan con cierta dificultad. No sé qué ocurriría si tuviesen que echar a correr.

Le comento que este afán ahora unánime de los adolescentes por enseñar el coxis ya le costó el puesto a un funcionario que inició en Chile una campaña publicitaria llamada “La raya”. No recuerdo si su propósito era prevenir contra el sida o contrarrestar el consumo de drogas. O ambos. Mi tío me dice que antes se podía adivinar la nacionalidad de las personas en cualquier aeropuerto del mundo según el modelo de sus pantalones. Cree recordar haber leído algo semejante en una novela de Javier Marías. Los pantalones le sientan bien a Marías como digresión novelesca, casi todo le sienta bien a Marías por lo demás, podría permitirse incluso llevarlos a los títulos de sus magníficas novelas: “Pantalón tan blanco”. “Negro pantalón del tiempo”. “Mañana en la batalla piensa en mi pantalón”. “Tu pantalón mañana”. Pero ahora, con esto de la mundialización, continúa mi tío, los pantalones tiroleses son cortados en Turquía y cosidos en China, y ya no resulta nada fácil adivinar, hay que observar otros detalles.

Nótese que mi tío Pepe sólo observa detalles. Observar es más prudente que mirar, más imparcial. Los europeos no miran el culo de las personas. Por no mirar, tampoco miran a las personas. Tiene razón mi tío Pepón, la relación pantalón-nacionalidad puede llevarnos lejos en el tiempo y en el espacio. El ministro Puccio ha contado alguna vez su dificultad para encontrar pantalones de su talla en Alemania. Cara de alemán tiene, pero cuerpo de chileno. En Arabia, me alerta mi tío, puedes llevar faldón pero nunca pantalones subidos. No se enseñan allí las rodillas impunemente.

Pasa otro grupo de personas. Las mujeres van vestidas justamente a la usanza árabe, veladas y cubiertas, pero sus hijos a la usanza tejana, con pantalones abultados y cortados a media pantorrilla. Se llaman éstos boggy trousers, informa mi tío Pepe, un experto, lo que viene significando pantalones pantanosos, cenagosos, palustres. Pantalones para ir a pescar cangrejos, vamos. Es verdad que con tanto pringue que hay por las calles, es mejor llevarlos recogidos para que no se arruinen. No hay otra prendra que sufra tanto con la moda, concluye. Hoy deben ser anchos y cortos, mañana angostos y largos. Y todavía quiere hablarme de los pantalones bombachos, de los pantalones de jinete y de los pantalones de señora, pero le digo que ya está bien, que cambiemos de tema. Insiste con que hubo un tiempo, su tiempo, en que los pantalones fueron símbolo de virilidad. Ahora se ha celebrado en mi pueblo una boda entre una lesbiana y un lesbiano. Cero problema en cuanto a la pareja, me advierte. ¡Pero había que ver el modelo de los pantalones!

La Nación, Santiago de Chile, 25 de julio de 2005