vendredi 19 août 2005

Nacer y votar

Por fin una modificación constitucional viene a reparar una injusticia para con los chilenos nacidos en el extranjero : éstos últimos sólo podían ser considerados ciudadanos chilenos después de vivir en Chile por más de un año y haber solicitado expresamente la nacionalidad chilena. Como algunos de ellos habían nacido en países que no otorgan la nacionalidad por el mero expediente de nacer sobre su suelo, han debido permanecer en una suerte de limbo jurídico, sin beneficiar de nacionalidad alguna, reducidos al indeseable estatuto de apátridas. « Todo individuo tiene derecho a una nacionalidad » establece, sin embargo, el artículo 15 de la Declaración universal de los derechos humanos, proclamada por las Naciones unidas hace ya más de cincuenta años.

Resulta difícil comprender cómo un despropósito tal perduró interminables años, sorteando gobiernos y parlamentos sucesivos. Los argumentos invocados por quienes se oponían a su modificación durante la larguísima tramitación de la iniciativa ofenden aún al entendimiento. Un miembro de la Comisión de Constitución de la Cámara de diputados, Francisco Bartolucci, le opuso públicamente su « total desacuerdo » porque exagera el elemento de la consanguinidad llevándolo a un extremo, sin establecer límites a la posibilidad de que las generaciones futuras de emigrados beneficien de la nacionalidad chilena en una suerte de cadena sin fin (LUN, 14 de mayo del 2001).

Es bien sabido que la nacionalidad se adquiere y se transmite. Considerar un « extremo » la transmisión de la nacionalidad de los progenitores a sus hijos, ya consagrada hace más de dos mil años por el viejo derecho romano, es un dislate manifiesto. En cuanto a la cadena sin fin de las generaciones, negar a una persona un derecho elemental so pretexto del abuso que harán de él sus eventuales descendientes es un argumento que no resiste ningun análisis jurídico ni ético.

La iniciativa que simplifica hoy el trámite de adquisición de la nacionalidad para los chilenos nacidos en el extranjero llega, pues, tarde pero, tratándose de los derechos elementales de las personas, cabe decir que más vale tarde que nunca.

Es de esperar que sea también finalmente el caso del tramitado derecho a voto de los más de ochocientos mil chilenos que viven en el extranjero, y que componen lo que imaginativamente se ha llamado la XIV Región. También el reconocimento de este derecho ciudadano elemental ha encontrado porfiados opositores. El propio diputado Bartolucci : « Si se les permite votar a los chilenos que viven en el exterior, estaremos permitiendo que decida gente que vive fuera de Chile y (a la) que no le afecta en nada lo que ocurre acá ».

Dejando de lado por gratuita la afirmación que a los chilenos del exterior no les afectaría « en nada » lo que ocurre en su tierra y entre su gente, conviene recordar que el derecho a tomar parte en la dirección de los asuntos de su país, directamente o a través de representantes libremente escogidos, es un derecho humano inalienable, recogido también por la Declaración universal de los derechos humanos, y una condición de la democracia, llevada a la práctica, en lo que corresponde al voto de sus ciudadanos en el exterior, por la inmensa mayoría de las democracias representativas en el mundo, las que acogen el voto de sus a veces numerosos colectivos de emigrados y más recientemente también de sus inmigrantes, sin que ello ponga en peligro los equilibrios sociales, antes por el contrario.

En estas materias también a una cierta derecha le falla el cálculo electoral y no le salen las cuentas. Los estudios de ciencia política muestran cómo el voto, tanto de emigrantes como de inmigrados, sigue en lo grueso las tendencias y fluctuaciones del conjunto del electorado y se reparte así de manera relativamente semejante al voto interior y autóctono por todo el arco de las opciones electorales.

La Nación de Santiago de Chile, 18 de agosto de 2005

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mardi 2 août 2005

Socorro

En el futuro, los diarios serán escritos para analfabetos, dijo en su día Lord Salisbury. Vamos bastante bien encaminados.

En esa misma dirección apunta Darío Ossés en La Nación, de Santiago de Chile : « Si en cuatrocientos años más algún lector ocioso entrara a la hemeroteca de la Biblioteca Nacional y abriera los diarios faranduleros de nuestro tiempo, no entendería nada ».

No resulta necesario ir tan lejos en el tiempo, basta con moverse en el espacio y el resultado es el mismo. A menos de cuatrocientos kilómetros de Santiago, los mendocinos no entenderán por cierto ni una sola palabra de los titulares santiaguinos. Les pasa también a los chilenos del extranjero. Además de no tener derecho a voto ni transmitir la nacionalidad a sus hijos (desfilan los gobiernos y las reformas constitucionales, pero ellos siguen donde mismo), no entienden los titulares de los diarios.

Y no los entienden, porque no ven la tele. O no ven la misma tele. Porque los titulares de los diarios faranduleros hacen referencia mayormente a lo que muestra la pantalla chica, la caja tonta, la loca de la casa, llámese como se quiera.

Un primer titular avisa que según el estudio « Chilescopio 2005 », lo que más hacen los chilenos es ver televisión y ésta es la actividad que prefieren. El sondeo revela también que la lectura y las manualidades son las actividades que los encuestados realizan con menor frecuencia. En un contexto más amplio, el 57% asegura que se siente feliz o muy feliz.

Felices mirando la tele. Y comiendo cecinas. Porque nos enteramos por otro titular que el consumo per cápita de cecinas llegará este año a 13 kilos, lo que representa un total de 210 mil toneladas, según la encuesta semestral del Instituto Nacional de Estadísticas.

Es decir que los chilenos gastan buena parte de su tiempo viendo la tele y se comen cada año un cuarto de su peso en salchichas. Claro que, como dijo Le Tellier, el 63,7 % de las estadísticas son falsas.

En el caso de la tele, el adagio aplicable sería « Ojos que ven, corazón que siente ». En el caso de las cecinas, la cosa es al revés.

Tres titulares, para ir redondeando :

« Subastan en internet parche de ojo de Moshe Dayan ». Este titular se entiende a medias pero da un asco absoluto.

« Sujeto muere en labores de aseo en edificio ». Se desprende que el « sujeto » era aseador. De haber sido animador de televisión, otro gallo le cantaría.

Y el último : « Longueira: "Si yo no gano en la senaturía por Santiago Oriente me voy para la casa" ». No tengo idea de quién será este señor pero, por mor de sus declaraciones, comprendo que su señora, los niños y el servicio doméstico voten por él e incluso que hagan intensa campaña en su favor. Que lo elijan para el Senado de la República, cuanto antes, o bien que desreformen la Constitución y lo designen senador de por vida. De lo contrario, se nos viene para la casa... Por el desdén con que lo dice, afírmense el perro y el gato, el hamster, el pez de la pecera y las alegrías del hogar que cultiva el jardinero para la señora. Si pierde, el caballero se nos viene para la casa. Socorro.

La Nación de Santiago de Chile, 12 de agosto de 2005

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lundi 1 août 2005

Blair

La pregunta es ésta: ¿hay o no relación entre los atentados de Londres y la guerra en Irak? Tony Blair barre la pregunta con un manotazo, descalificando a quien la formula porque tan sólo formularla equivaldría a justificar a los terroristas, quienes, afirma, si no tuviesen ese argumento encontrarían otro. Y se alinea una vez más detrás de Bush, invocando como causa de esa masacre la presencia del “mal”, sin más, sin otras razones ni otra lógica que la maldad intrínseca.

En septiembre de 2002, Tony Blair afirmaba ante el Parlamento británico que el régimen de Saddam Hussein podía desplegar sus armas de destrucción masiva en tan sólo 45 segundos. Tras la invasión de Irak y la búsqueda infructuosa de tales armas, quedó más que patente que Blair y Bush mintieron descaradamente. Con todo, los electorados norteamericanos y británicos no tuvieron escrúpulos en reelegirlos a ambos. O si los tuvieron, los contuvieron. Tras sus éxitos electorales, olímpicos y como enterrador del modelo social europeo, Blair miente nuevamente negando las evidencias. Y dos tercios de los británicos así lo entienden cuando afirman claramente que ellos sí ven una relación entre los atentados de Londres y la presencia británica en Irak.

Miente Blair, como hizo Aznar frente a los atentados de Madrid, en marzo de 2004, imputándoselos a ETA y negando o intentando relativizar luego las pruebas que exhibía la policía y que indicaban la autoría de un grupo de terroristas de origen magrebí. El electorado español no se equivocó, sin embargo, votando a quien había prometido, mucho antes de los bombazos en los trenes madrileños, retirar a las tropas españolas de allí donde nunca debieron ir. Escribo estas líneas desde Marruecos. La gente en el mundo árabe-musulmán se muestra sensible al dolor de los londinenses y no justifica el terror. Pero no por eso deja de prestar oídos al sufrimento indecible de los civiles iraquíes, condenados a los bombazos liberadores de las fuerzas del bien.

Desde el inicio de la guerra, 25 mil civiles han perdido la vida, uno de cada mil iraquíes, más de 30 víctimas cada día, muchos de entre ellos a manos de las fuerzas norteamericano-británicas. No son estas cifras una invención del maligno. Son el resultado del cómputo paciente llevado a cabo por Iraq Body Count y el Oxford Research Group, y sólo reflejan las víctimas conocidas, repertoriadas por los medios. El gobierno británico se ha apresurado a negarlas y el norteamericano ni siquiera se da el trabajo de comentarlas.

Nada puede justificar el terror, la matanza bestial de civiles indefensos, cualquier causa que sirva el terror queda enseguida envilecida por éste. Y eso vale para Londres, para Madrid y para Casablanca, pero también para Bagdad, para Faluja, para Gaza, para Cisjordania, para Kabul. Vale para el muchachito tontorrón a quien le lavaron el cerebro en una barriada inglesa hasta hacerlo vagar por las calles de Londres cargado de explosivos buscando un transporte público para saltar por los aires. Pero vale también para Bush y Blair, su eje del mal, sus invencibles ejércitos y su avidez de petróleo.

La Nación de Santiago de Chile, 3 de agosto de 2005

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