Madre que estás en los cielos, primera novela de Pablo Simonetti, es uno de los relatos más leídos en Chile en los últimos años. Se trata de la historia de una familia de industriosos inmigrantes italianos, cuyos hijos componen la primera generación de profesionales universitarios nacidos en el desahogo y la prosperidad. El relato sobrevuela la manera como la familia se enriquece. Ese parece ser un asunto de hombres y la vida de una madre es su familia. También la realidad social del país viene poco a cuento, la narradora confiesa que siempre ha preferido correr un velo sobre esa vida de puertas afuera, fuente de sobresaltos e incomprensiones, para concentrarse en su terreno, las relaciones entre los miembros de la familia, territorio apenas extensivo a algunos parientes y amigos y al personal doméstico.

La madre quiere crear una familia razonablemente feliz, que abra las puertas al mundo a unos hijos de los que pueda sentirse orgullosa, y a esa tarea se da en cuerpo y alma. Andando la vida, y sobre todo la vida de sus hijos, comprende, a costa de una depresión y de la consiguiente terapia, que a la felicidad razonable se llega, contra lo que ella creía, no por una vía cuartelera, de ordeno y mando, sino más bien por una vía « concertacionista », hecha de diálogo y de empatía.

El crítico literario Vicente Montañés afirma que a Madre le falta inconsciente, que la narradora lo « sabe » todo sobre sí misma. Tal vez sea así, pero a la novela le sobra « inconsciente colectivo », así sea cierto que esa realidad exista. El destino de la protagonista se emparenta al destino de tantas y tantos que deben componer con la familia real y la familia idealizada, y se emparenta también con un cierto estado de ánimo de la sociedad chilena, o al menos de sus clases medias y superiores que, habiendo hecho suya más o menos conscientemente la represión, no puede continuar negando sus efectos perversos e intenta reconciliarse con el pasado buscando unas vías de superación.

Estas vías de superación están en el aire de los tiempos, son emotivas, y se resumen en el concepto sésamo de nuestros días, la comunicación. Todo parece poder la comunicación, incluso la « sanación », como se dice de tan cursi manera, la « resilianza » (la capacidad que tiene la tierra quemada de reverdecer), todo cuanto pasa por decir, hacerse oír y que la escucha se prolongue, por hacer circular el aire, la luz y la palabra, por ventilar e iluminar los asuntos oscuros, que son mayormente, cómo no, relacionales.

La manera tendrá sus límites y no tardarán en mostrarse. Por lo pronto, Madre que estás en los cielos entra por esa avenida y se mueve a gusto en ella. No está mal escrita, es clara, es « comunicativa » incluso en sus defectos, su fototropismo, su « marianismo ». Que la novela sea « comunicativa » es una categoría antes periodística que literaria, y cabría precisarla. Lo cierto es que Madre enuncia realidades que el cuerpo social estaba quierendo verbalizar. La preeminencia de la familia, el reconocimiento del poder de las mujeres, de la masculinidad femenina e inversamente, la contrición soft frente a la que fue una represión hard, un trasfondo redencionista (sufrimos « para mejor »), un paralelismo telesérico con su interés cotilla por la burguesía industriosa. La sociedad chilena estaba queriendo libar de esas mieles. Y esas mieles están, por Madre, bien servidas.

El entramado social que sostiene la candidatura presidencial de Michelle Bachelet representa, sin duda, muchísimo más. A otra escala, sin embargo, con otras gradas y soportes, ¿se emparenta el éxito de Madre que estás en los cielos a la presentida decisión mayoritaria del electorado chileno de votar por Michelle Bachelet, madre y mandataria?

La Nación de Santiago de Chile, 22 de septiembre de 2005