-El mes pasado estuve en Singapur -dice el señor a la señora.

El señor es muy alto, la señora es pequeñita. Están sentados el uno frente al otro.

-Singapur me encanta… El próximo mes voy a Bangkok, también me encanta. Mi mujer reclama un poco. Tú siempre con tus viajes, me dice.

La señora parece ser una persona de condición modesta.

-¿Usted tiene celular? -pregunta él.

-Tengo un Nokia -responde ella.

-Ah, qué bien -dice el señor.

-Están baratos ahora- dice ella. Me parece que me costó cincuenta euros.

-Ah, el mío me costó 800 -dice él, sacándolo del bolsillo. Es buenísimo. Incluso sirve para navegar por internet.

-¿Y sirve para mandar un fax? -pregunta la señora.

-Sí. Incluso puedo ir a ver los resultados de la bolsa de Nueva York. Es excelente.

-Qué bien, estima ella.

La señora parece cada vez más humilde.

-Mire -dice él, tendiéndole una foto. Esta es mi casa… El barrio es muy tranquilo. Y este es mi auto, el rojo. Uno de mis autos… Es el mismo que tiene Michael Schumacher.

-Qué bien -dice la señora.

-Sí, muy bien -confirma el señor. Y esta es la casa que tengo en la costa. Desde aquí se ve el mar (indica la terraza). Tiene jardines por los cuatro costados.

-Magnífico -dice la señora.

-Sí, sí, magnífico -aprueba el señor.

El señor lleva varios anillos en sus numerosos dedos. Los anillos del señor brillan al ritmo de sus palabras.

-Me bajo en la próxima -dice el señor.

-Yo en la siguiente -dice ella.

-Muy bien -dice el señor. Será hasta la próxima.

-Hasta luego -dice la señora -que le vaya bien.

A mi tío Pepe, que ha seguido el diálogo, le gustaría poder ofrecer un gesto de complicidad a la señora. Qué cachetón el hombre, decirle con la mirada. Qué cargante. Qué insoportable. Pero la señora se queda subsumida en su humildad. Se baja en la estación siguiente, más pequeña que nunca.

Antonio de la Fuente, La Nación de Santiago de Chile, 15 de octubre de 2005