mardi 28 février 2006

El fantástico show de la vida

Y al tercer día de su estadía en Chile le ocurre a Pepe una experiencia pasmosa: se encuentra ante un televisor encendido y no tiene coraje para huir. El aparato emite el noticiero del canal católico, que enhebra la presentación de una seguidilla de descorazonadores dramas domésticos. Ha muerto un niño de escasos años y la cámara se detiene largamente en la expresión de su madre, registrando cada uno de sus dolidos gestos y cada una de sus tristes palabras. Luego sigue con su tía y su vecina y así hasta la nausea. La nausea de Pepe, se entiende, el entrevistador y la presentadora sobrellevan el mal momento con acabada naturalidad. Después es el turno de unos accidentados, y luego el de unos desgraciados, y luego el de unos muchachos asaltados por unos carabineros, y suma y sigue.

Brindar el dolor humano en espectáculo a lo largo de días y semanas y meses provoca ciertamente estragos en el ánimo de la tribu, estragos que el acostumbramiento disfraza de indiferencia. Pepe recuerda haber visto en Brasil unos noticieros igualmente escalofriantes, llamados “El fantástico show de la vida”, en los que la exposición de los dramas de la gente violentada era amenizada por las actuaciones de artistas de variedades. En el noticiero del canal católico, la retahíla de dramas domésticos se ve interrumpida por la irrupción de la imagen sedante de un añoso señor comentarista deportivo, un señor de toda la vida, quien va explicando con entera parsimonia los invariables resultados deportivos del fin de semana.

Para recuperarse de la experiencia catódica, Pepe lleva a pasear a sus sobrinos nietos a la playa. Aquella “extensión de tierra que las olas bañan y desocupan alternativamente hasta donde llegan en las altas mareas”, como la define Andrés Bello en el Código Civil, título de los bienes nacionales, está atestada de gente semidesnuda, decorada de banderolas que publicitan coloridos productos de consumo oral y zumbada desde el cielo por una avioneta que avienta a manera de cola una larga banderola que invita a la gente semidesnuda a dirigirse después de la playa al “mall”.

Los sobrinos nietos de Pepe quieren montarse en el castillo inflable cuyo dependiente es un niño no mucho mayor que ellos (tendrá doce años) quien informa con precisión contable que la tarifa es de 500 pesos por cada diez minutos, tiempo que controla con su reloj pulsera. No se ven inspectores de la Organización Internacional del Trabajo que pongan el grito en el cielo (a la altura de la avioneta) porque un niño esté trabajando un domingo de febrero.

Mientras los niños brincan sobre el colorido plástico, el niño trabajador le cede a Pepe su colorida silla y un colorido ejemplar del periódico del día. Para su mayor pasmo, en las páginas del diario Pepe ve desfilar los mismos dramas domésticos y las calamidades locales que vio pasar la víspera por la pantalla del televisor.

Por fortuna, Pepe se da contra la columna de un escritor más bien joven pero con aspecto de añoso señor quien expone con fundada profundidad y maestría expresiva su experiencia de la soledad. Pepe suele leer esa crónica en sus lejanos domingos solitarios. Ahora descubre que le han bastado tres días en Chile para leerla en su envoltorio colorido, rodeada de la barahúnda dramática, del griterío de los productos de consumo oral y de las lustrosas rabadillas de las vedettes. Visto desde la avioneta, Chile presenta un adusto paisaje sometido a estrés hídrico y cromático. Allí donde está la gente, en cambio, el paisaje se pone colorido. El niño trabajador lo llamaría “coloriento”.

La Nación de Santiago de Chile, 22 de febrero de 2006

Posté par Josepepe à 12:41 - Commentaires [4] - Permalien [#]


mercredi 8 février 2006

Todo para el regreso

En una de sus crónicas del Angel Gris, Alejandro Dolina cuenta que en su barrio bonaerense funcionaba la agencia Todo para el Regreso. « Esta empresa organizaba unos viajes y peregrinaciones cuyo atractivo principal estaba en la vuelta. Por cierto, solían elegir lugares horrorosos, con alojamientos míseros y comidas inmundas, precisamente para acrecentar el deseo de volver cuanto antes ».

Mi tío Pepe es de la generación que volvía por Los Cerrillos. La generación anterior, lo hacía por Uspallata en el trasandino Mendoza-Los Andes, desde Buenos Aires, tras la travesía atlántica, con escalas en Santos y en La Habana. O por Valparaíso, habiendo atravesado el canal de Panamá y recalado en Callao. En todas esas llegadas y regresos se accedía a Santiago por la Estación Mapocho, en la ribera del perfumoso río. Otros volvían, y vuelven aún, por Chacalluta y Visviri, por Peulla y Balmaceda. Vuelven para los funerales, para las vacaciones, para las elecciones. Para los nacimientos. Otros vuelven incluso por Rapa Nui, por estos días colapsada por los turistas (se comen la fruta y dejan las cáscaras). Pepe, por su parte, lo primero que hace en cuanto vuelve, después de darle un beso a los niños, naturalemente, es preguntar por los que se murieron y en segundo lugar por los heridos. Este rito lo aprendió de Nicanor Parra, quien llegó a Santiago por la Estación Central, en 1932. Aparte lo cual, Pepe no se sabe muy bien qué hacer, recién llegado. Bien se sabe que los provincianos nunca terminan de llegar.

Santiago es un resumidero, una estación terminal. Todos los pasajeros deben descender y al que se queda dormido lo despiertan en Mantención y talleres. Poco importa saber por qué regresan los que vuelven o por qué otros se han ido quedando allí donde se fueron. Ni siquiera importa que su vuelta sea breve ni que el disco ya esté un poco rayado. Volver es letra de tango, de milonga, de bolero, músicas todas cargadas de melancolía provisoria. Todos los caminos llevarán a la amorosa Roma o a la concurrida Meca, y la Vía Láctea lleva a Compostela, pero el camino nuestro nos trae hasta Santiago a escuchar la palabra del profeta de Las Cruces : « De modo que este es el cacareado Santiago de Chile, ése su cacareado San Cristóbal, aquella luz el cacareado río Mapocho. No puede ser, estoy soñando despierto. Pucha máquina, Nuria Nuiry, qué sería de mí sin esta ciudad ».

En materia de idas y de vueltas, el relato más esclarecedor tal vez esté en una de las tantas noches de las Mil y una : Aquél hombre vivía feliz en su ciudad, hasta que soñó que en otra ciudad lejana un tesoro lo estaba esperando. Lo dejó todo y partió a su búsqueda. El viaje fue tan largo y tan penoso, y la ciudad de su destino lo recibió con tal indiferencia, que el viajero se durmió en la puerta de una mezquita, a la que habían desvalijado unos ladrones. Lo despertó la tropa con brutalidad y lo llevó en volandas a la cárcel, donde lo molieron a palos. Cuando se hartaron de darle, le preguntaron qué hacía allí y el ingenuo viajero les contó su sueño. « Hijo de un sapo con una culebra -se rió en su cara el capitán de la tropa-, cómo puedes ser tan mentecato. También yo he soñado que en otra ciudad hay una casa con un patio, en cuyo centro hay una fuente, y debajo de la fuente está escondido un tesoro. Pero no por eso hago como tú, cagón en puerta ajena ». En el relato del bruto xenófobo el viajero reconoció su propia casa, volvió a ella y encontró el tesoro.

Antonio de la Fuente, La Nación de Santiago de Chile, 8 de febrero de 2006

Posté par Josepepe à 09:52 - - Commentaires [1] - Permalien [#]

mercredi 1 février 2006

Tiene razón Roberto Merino

Tiene razón Roberto Merino cuando afirma que en el profesor Banderas, que asolaba por televisión en los largos años de la dictadura, no había asomo de curiosidad por el lenguaje, sino mera adicción a las reglas y a los reglazos. La única cuestión de orden lingüístico que cabía someterle al normalista era ésta: ¿cómo se escribe insoportable? La respuesta caía por su peso: con hache, naturalmente.

En las calles y los barrios, por el contrario, se escuchan a menudo expresiones formidables. Un muchacho, que andaría falto de fondos, me dijo un día: “Flaquito, sálvame con cien”. A una señora que quería instalarse en el asiento de la ventana en una micro le oí decir: “¿Me da ‘compermiso’?”. Otra señora, a la que pregunté por una dirección : “No tengo ni la mayor idea”. Y una madre, reprendiendo a su hijo hostigoso: “Abúúúrrete”.

En materia de lenguaje, la tribu es soberana y sus errores suelen ser sus aciertos. El habla es abundante, transmisible y biodegradable. Todo vale, el oro y el moro, la filosofía y el lunfardo. Lo que cabe evitar, y se agradece, es la cursilería. Y deplorar que en ese terreno la lista sea cada vez más larga. Los medios la difunden, la mímesis hace el resto y así andamos, usando expresiones tan lesas como “tener sexo” para referirse a la cópula. La usan indistintamente catedráticos, predicadores y farándulos. Hace algunas semanas, un animador de la tele afirmaba que en lugar de ver el debate pre-eleccionario había preferido “tener sexo”. La fórmula no sólo es cursi, sino impropia. Sexo tenemos todos, salvo los emasculados o las extirpadas. Incluso la meliflua expresión “hacer el amor” parece soportable al lado de ese “tener sexo” que suena a control urológico o ginecológico, a descarga profiláctica, a sesión de “fitness” genital.

El “Glosario chileno del amor”, de Radomiro Spotorno, propone, sin embargo, diez páginas de expresiones afines. Algunas muy graciosas, como “bailar sin música” o “echar a pelear los Beatles”. Incluso ésta, que Spotorno califica de expresión festiva muy gráfica: “Poner al indio en la canoa”. (No sé si la entiendo del todo y le pido opinión a mi tío Pepe: “No hables de indios ni de canoas -me alerta-, no te metas en berenjenales”).

La escritura, en cambio, es harina de otro costal o berenjena de otro huerto. Aquella escritura atropellada que suele emplearse en Internet, hecha de abreviaciones y onomatopeyas, me parece fallida y malencarada y sospecho que condena al desaliento, a la afasia, al alzheimer precoz. No lo hace mejor cierta prensa, con sus expresiones a medio camino entre el parte de carabineros y el informe clínico. De un cura lujurioso que manoseaba niños, un diario capitalino dice que “efectuó tocaciones”. Ni con su afán por hacer verbos de los sustantivos. En las mismas páginas se lee este titular : “Privados exigen a Gobierno rol activo en crisis de gas”. Se desprende que “privados” son los actores del sector privado, empresarios, inversionistas, personas influyentes que presionan en favor de sus intereses. La metonimia está cantada, de “actores del sector privado” se llega a decir simplemente “privados”. ¿Pero no eran los privados la oficina y el baño del gerente, o, en los restoranes, unos espacios reservados y, desde luego, misteriosos, donde se suponía que los mandamases “efectuaban tocaciones”, después de comerse su cazuelita?

El mismo diario cierra la edición con la información siguiente: “Arqueólogos de la Universidad de Tubinga hallaron un falo de piedra de unos 28 mil años de antiguedad en una cueva cerca de la localidad de Schelkingen, en el sur de Alemania”, importante hallazgo que permite concluir que los antepasados de Don Otto y del Doctor Alzheimer tuvieron sexo.

La Nación de Santiago de Chile, 1° de febrero de 2006

Posté par Josepepe à 09:51 - Commentaires [0] - Permalien [#]