dimanche 30 avril 2006

Las contradicciones del sistema

La frase es de Boogie el aceitoso, un personaje del dibujante y escritor rosarino Roberto Fontanarrosa. Boogie es un agente al servicio del sistema o de sus contradicciones. Depende de quién pague mejor.

El presidente de Argelia, Abdelaziz Bouteflika, se despachó hace unos días con estas declaraciones : « La colonización francesa provocó en Argelia un genocidio de nuestra identidad, de nuestra historia, de nuestra lengua y de nuestras tradiciones ». Al día siguiente Bouteflika se enfermó y corrió al hospital. A Francia, por supuesto.

Las contradicciones del sistema, hubiese dicho Boogie.

Se dan en todos los dominios. La primatóloga Dian Fosssey, la autora de Gorilas en la niebla, detestaba a los turistas y se batió para mantenerlos lejos de las montañas Virunga, en el corazón de Africa. Veinte años después de su muerte, a manos de un cazador furtivo, los turistas acuden en considerables bandadas a recogerse ante su tumba.

Las contradicciones del sistema. Ceremonia de recepción en la Casa Blanca a fines de abril, a la que comparecen George Bush y el presidente de China, Hu Jintao. En medio de la sesión, una mujer se levanta y alza la voz denunciando las condiciones de represión a las que están sometidos los adeptos de la religión Falun Gong. Los reporteros gráficos se precipitan sobre ella para obtener su imagen. Tantos son, y tanto se precipitan, que consiguen borrarla de la situación, hacerla invisible e inaudible. Y por si alguna de sus palabras hubiese quedado flotando en el aire, George Bush (¿o su doble?) se encarga de impedir que llegue a los oídos del líder chino susurrándole algo durante todo el incidente.

El sistema y sus contradicciones. Los miembros permanentes del Consejo de seguridad de las Naciones Unidas, China, Rusia, Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, son, al mismo tiempo, los principales países productores y vendedores de armas en el mundo.

Tras la explosión nuclear de Tchernobyl, cuyos efectos continúan, veinte años después, mandando a la tumba a miles de rusos, bielorusos y ucranianos, los lobbys de la industria nuclear están consiguiendo hacer creer a la opinión pública (esa señora tan crédula) que de la crisis energética se sale construyendo centrales nucleares.

Boogie no debe de andar lejos.

En fin, también hay quien se queda por encima o por debajo de cualquier noción de contradicción o de sistema. El coronel Chávez, mandamás venezolano, avisa que si las elecciones peruanas no las gana su candidato, no tardará media hora en retirar a su embajador en Lima. Tal vez la frase de Boogie sea demasiado compleja para describir esta secuencia chavecesca, pero lo cierto es que no por eso salimos del dominio de la historieta.

La Nación de Santiago de Chile, 4 de mayo de 2006

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dimanche 23 avril 2006

Una ardilla en Santa Laura

Semifinal de la copa europea entre Villarreal y Arsenal, en Londres, el miércoles pasado. Súbitamente el partido se detiene. Treinta mil espectadores, veintidós jugadores y tres árbitros siguen con la mirada, como hipnotizados, no ya la bruñida pelota, sino la velocidad fulgurante de una ardilla gris que corre por la cancha, moviendo graciosamente la cola.

De haber sido un espontáneo cubierto por una bandera o abiertamente en pelotas, una armada de roperos se hubiese echado a correr a su siga para taclearlo, como en el rugby, y sacarlo cuanto antes de circulación. Tratándose de la ardilla, incluso los roperos comprenden que de nada sirve correr.

Mi tío Pepe contempla la escena por el televisor, como hace la mayor parte del proletariado a esa hora, y no puede evitar recordar a Honorino Landa robándole la visera a Arturo Rodenack, guardametas del Rangers de Talca, corriendo el ropero detrás de la ardilla en el estadio Santa Laura, en una de esas programaciones dobles de los sábados, en los años sesenta, que luego repasaba interminablemente en las páginas de color verde botella de la revista Estadio.

Ahora resulta que se estrena, casualmente durante estas semanas de precalentamiento para el Mundial de fútbol de Alemania, La gran final, una película que muestra cómo las poblaciones periféricas vibran, desde sus distantes selvas o estepas, con los equipos estelares del espectáculo mundial. Así puede verse en la pantalla cómo unos emplumados amazónicos se pintan en la espalda, a cuero pelado y con pigmentos locales, el nueve de Ronaldo o el siete de Ronaldinho, o cómo unos jinetes mongoles avanzan por la monótona estepa mirando el fútbol en una tele portátil instalada sobre la montura.

El fútbol nació en Inglaterra y se difundió rápido por el mundo, a través de los puertos, en la época victoriana. El Atlethic de Bilbao, el Racing de Santander, el Wanderers de Valparaíso y el Everton de Viña del Mar dan buena fe de ello. El fútbol siempre tuvo vocación imperial y hoy está más mundializado que nunca. El gol que se mete o no se mete aquí repercute varios paralelos o meridianos más allá. En Bélgica se ha destapado hace poco el escándalo de unos partidos manipulados por la mafia de las apuestas chinas. Otra investigación reciente ha revelado cómo el gobierno inglés obtuvo para Londres la sede de los próximos Juegos Olímpicos. El primer ministro británico se instaló en un hotel de Singapur un par de días antes de la votación y decenas delegados olímpicos desfilaron por su despacho. ¿Qué puede hacer Londres para obtener su voto?, les preguntaba Blair, con su cara de yerno perfecto.

Norbert Elias postula en Deporte y civilización que la competencia deportiva y el sistema parlamentario son instituciones de una misma índole, que permiten la excitación controlada de las emociones y el control de las pulsiones violentas. Deporte y democracia nacieron en la vieja Atenas y fueron recreados, en su versión moderna, en la también vieja Inglaterra. Pero las mejores instituciones producen, a veces, los peores efectos. No puede sorprender, entonces, que las barras bravas —los hooligans son también un invención británica— se empeñen, torpe e inútilmente, en zapar el límite que separa la excitación de la violencia y hacerse con un protagonismo que el reparto social les niega.

Mi tío Pepe aseguró que no miraría nunca más un partido de fútbol después de presenciar el saqueo del que fue víctima la selección española en los cuartos de final del mundial de Corea, frente a Corea, precisamente. Unos días después estaba mirando la final, como los amazónicos, los mongoles y el último mohicano. Por estos días ya orienta su sillón hacia a la tele y la parabólica en dirección a Alemania.

La Nación de Santiago de Chile, 26 de abril de 2006


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mardi 18 avril 2006

Cuentito cortito

Para avisar que se acerca el descenlace, para mantener viva la atención del auditorio, para no abusar de la paciencia ajena, el conversador nacional contemporáneo suele pronunciar estas palabras mágicas : « cuento corto ». A continuación pone dos puntos y se lanza nuevamente al ataque.

Mi tío Pepe me recuerda un equivalente cuantitativo de esta expresión. La usa a menudo un sobrino suyo, que es contador. En cuanto se le alarga un poco la historia, va y dice : « raya pa’ la suma ». Esta sería, según Pepe, la actualización de « total » y de « en resumidas cuentas », otras expresiones contables que van cayendo en desuso.

Hay expresiones que se hacen rápidamente populares, seguramente porque se hacían necesarias. Cualquier relato, sea bueno, regular o malo, necesita, para discurrir, de unas mínimas balizas : « no sé si te conté », « como te iba contando », « eso no es nada » y el famoso « cuento corto », son algunas de las estaciones del caminito a la felicidad o del via crucis.

Un cuento no tiene por qué ser corto, ni mediano, ni largo. Depende. La percepción que tenemos de nuestra vida no cabe seguramente en un cuento corto, sino más bien en una larga, enrevesada y a menudo aburrida telenovela, o en un superventas de supermercado, como aquellos que ponemos en el velador para dedicarles por la noche quince minutos de lectura. A la hora de contarla, sin embargo, cualquier vida humana, por larga que haya sido, cabe entera en un epitafio de cuatro palabras y una coma. Como en la tumba de Melvin Jerome Blanc, el actor que ponía la voz del Conejo de la suerte : « Eso es todo, amigos ».

Como puede verse, los mejores relatos son homeopáticos y transgénicos, en el sentido que no fueron escritos como cuentos y que dejan al lector o al auditor curado en salud. Los sueños son un buen ejemplo, breves y tremendos : « En aquel breve sueño te aparece la imagen amarilla del hermano que de la dulce vida desfallece, y tú tendiendo la piadosa mano, probando a levantar el cuerpo amado, levantas solamente el aire vano », escribió Garcilaso.

Y, justamente, para ir resumiendo, véase esto que sigue :

« ¿Es un imperio esa luz que se apaga o es una luciérnaga? ».

Cuento corto : es Borges, por supuesto.

La Nación de Santiago de Chile, 20 de  abril de 2006

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mardi 11 avril 2006

Envidia de Italia y de Perú

Como todos los ciudadanos de su país, los italianos del exterior han votado en las recientes elecciones legislativas de la península. Y lo han hecho masivamente, a la altura del desafío que se les presentaba, esto era escoger entre el continuismo berlusconiano o el cambio propuesto por la alianza progresista encabezada por Romano Prodi.

Hasta aquí, nada nuevo. Hace ya muchos años que los italianos en el extranjero y sus descendientes, numerosos en el cono sur de América, en Norteamérica y en Europa, contribuyen con su voto a definir entre las opciones electorales que se presentan al parlamento romano. Dotada de una legislación inteligente en la materia, Italia organiza el voto de sus ciudadanos avecinandados o nacidos en el extranjero, muchos de los cuales poseen dos nacionalidades, la italiana y la del país en que residen, y pueden así, como es lógico, transmitir la nacionalidad italiana a sus hijos y nietos.

La novedad en estas recientes elecciones viene dada por el hecho que, por primera vez, los tres millones y medio de italianos del exterior, divididos en cuatro circunscripciones, han podido elegir a sus propios representantes al parlamento, un total de doce diputados y seis senadores. La campaña fue intensa en las grandes ciudades de la emigración italiana, Buenos Aires, Sao Paulo y Nueva York, en América, París y Bruselas en Europa, pero también llegó hasta los más remotos rincones del planeta, allí donde hay un italiano, puesto que el electorado exterior vota por correspondencia a través de los consulados italianos repartidos por el mundo.

Frente a esta muestra de madurez cívica, a los chilenos del exterior, privados de cualquier derecho a participar en la vida política y social de su país, no les queda más remedio que mirar con ojos largos y acusar la envidia que provoca lo que, por lo demás, no es otra cosa que normalidad democrática. Y ni siquiera les cabe el consuelo de pensar que estas circunstancias son sólo posibles en la Europa rica, en el mundo desarrollado. En las elecciones presidenciales realizadas este mismo domingo 9 de abril en el vecino Perú, las comunidades de peruanos expatriados, que cuentan con medio millón de electores, mayoritariamente en España y Estados Unidos, y también en Japón y Chile, han podido ejercer con normalidad su derecho a decidir los destinos del país vecino, dejando de lado algunos problemas de organización en Madrid, donde el crecimiento de la colonia peruana ha sido explosivo.

La derecha chilena se ha empecinado, con argumentos mezquinos y descaminados, en negar su concurso a cualquier proyecto de reforma constitucional presentado desde el restablecimiento de la democracia para corregir esta injusticia histórica. Sería hora que los partidos de derecha rectificaran. Si aspiran a ganar alguna vez una elección democrática (la última vez que lo consiguieron fue hace medio siglo, en el año 1958, con Jorge Alessandri), deberían comenzar por comportarse democráticamente.

En cuanto a los partidos de la Concertación y al gobierno, lo que les corresponde hacer es insistir. Ponerle empeño, porque tampoco se puede decir que se hayan, hasta ahora, extenuado en el intento. Las condiciones están reunidas para aprobar esa reforma pendiente de la Constitución y otorgar por fin el derecho a voto, en las elecciones presidenciales y parlamentarias, a los chilenos en el extranjero.

Así las cosas, un ítalo-peruano provoca envidia por partida doble. Independientemente de los resultados de las elecciones, naturalmente.

La Nación de Santiago de Chile, 11 de abril de 2006

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dimanche 2 avril 2006

Gente que se cuenta por millones

Mil millones de personas de todo el mundo se relacionan sentimentalmente a través de internet. Mil millones de personas no tienen agua potable. Mil millones de personas fuman como chimeneas. A ese trote se agota pronto la entera humanidad, la multitud que conformamos seis mil millones de personas. El uso y abuso de las cifras produce un efecto contraproducente. No sorprende ni alerta, más bien atosiga. Más vale fijarse entonces en detalles en donde a penas caben las cifras, como en la imagen de un niño que cuenta las bolitas.

Fijarse, por ejemplo, en la gente que va sola al cine. Despierta simpatía la gente que va sola al cine. Y aguanta en solitario las miradas de las parejas, de las familias, de los grupos de amigotes que observan en la penumbra de la sala y se dicen : pobre. Porque igual se equivocan y al supuesto solitario lo rodean luego los amigos que se habían retrasado, lo palmotean, le piden que les cuente el principio de la película, que les detalle las sinopsis, los réclames y la cara de tontos de los mirones que lo creían un solitario perdido para el mundo.

Gente que lleva la camiseta brasileña. No son necesariamente brasileros, para nada, son una tribu transnacional, una secta tal vez, como los desvestidos de Spencer Tunick, los viejos hippies y las señoras con permanente.

Gente que vota por Berlusconi. Aparte de quienes se han enriquecido en base a cambullones, vota por Berlusconi la gente que ve demasiada tele y se ríe con los chistosos que se ríen de caiga quien caiga, es decir de cualquiera menos de Berlusconi, que les paga el sueldo.

Gente que dice que da lo mismo votar por Berlusconi o por Prodi. O por Aznar o Zapatero. O por Lavín o Bachelet. Porque la política la hacen los inversionistas, los accionistas, los gerentes, dicen. No dejan de tener razón, salvo que se equivocan en lo principal. La socialdemocracia se funda en la idea que para producir riqueza hay que comenzar por distribuirla. Y no al revés. La riqueza es como el agua, que alcanzaría para todos de estar bien distribuida. En el terreno de la distribución, el capitalismo es analfabeto. Y el resto es propaganda berlusconiana, peinetas para calvos y bailarinas al ritmo de la musicaca.

Gente que dice que todo da lo mismo. De nada sirve, dicen. No dejan de tener razón. Salvo que suele ser gente a la que le sirven a la mesa. Y luego le sacan los flatitos. Y luego le lavan los platitos.

Gente que piensa con la boca abierta, como la mamita del líder en la carrera para las elecciones presidenciales peruanas, Ollanta Humala, quien propone fusilar a los homosexuales para terminar con lo que en su opinión es un grave problema moral. O el presidente vitalicio de Turkmenistán, Saparmurat Niazov, quien declara que toda persona que lea tres veces su obra literaria, Toukhanam, “alcanzará la riqueza espiritual, se hará más inteligente, conocerá la existencia divina e irá directamente al paraíso”.

Gente que no responde a los mensajes. Está ocupada, tiene tantísimo trabajo. La vida es dura, siempre hay algo más urgente que hacer que responder a un peregrino mensaje de un remoto remitente.

Gente que llora en los trenes. Con ojos que se ve que han llorado. Nada hay más triste que la gente llorando. Sobre todo si el causante del llanto es uno mismo, de tan tarado que es.

Gente que tira envases, colillas y chicles por la ventanilla, por el tubo de escape, por el desagüe. Cadáveres a la acequia, relave al río y petróleo al mar.

Gente que recoge los desechos. Sin aspavientos, sin contarlo en el blog ni llamar a los camarógrafos. Son los que más se acercan a lo que Borges llamó “los Justos”, aquellos que cultivan un jardín, como quería Voltaire, y prefieren que los otros tengan razón.

La Nación de Santiago de Chile,  4 de abril de 2006

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