samedi 30 septembre 2006

Yo soy porque tú eres

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William Jefferson Clinton fue presidente de Estados Unidos entre 1992 y 2000. Durante su mandato, el ejército norteamericano sólo bombardeó Kosovo, Afganistán y Libia. Este reducido número de blancos le permite a Clinton acceder a la categoría de presidente liberal o moderado.

En ese mismo registro, se le recuerda por haber mantenido una relación distendida con sus adversarios. Cuando Clinton se reunía con el líder ruso, Boris Yeltsin, se reía a mandíbula batiente (Yeltsin también, intentado entender cuál era el chiste). Entre otros logros, Clinton consiguió meter en una misma fotografía a  Yasir Arafat y a  Yitzak Rabin, respectivamente líderes palestino e israelí, quienes murieron a continuación.

Después de su jubilación, Clinton decidió consagrarse a la tarea de salvar a Africa del hambre, la corrupción y el sida. En ese empeño, acaba de organizar una cumbre de donadores (para paliar estos percances). En el discurso inaugural de esta cumbre, o en el de clausura, pronunció una palabra cargada de sentido : ubunto.

En la sabiduría zulú, ubunto quiere decir "yo soy porque tú eres". Nadie parece haber dicho algo tan sensato desde Sócrates.

La prensa mundial, sin embargo, ha reportado el hecho en las páginas people. O en los chistes.

También resulta que ubunto es el nombre del sistema de explotación open source que podría llegar a amenazar el monopolio de Microsoft y la manera cómo la mayoría de la humanidad se relaciona con la basura, con la comida, con el sueño, con la realidad, con la madre, con la religión.

Por otra parte, los calabacines se conservan mejor fuera del refrigerador. Al contrario de las calabazas que, una vez abiertas, se pudren rápidamente al contacto con la temperatura ambiente.

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vendredi 29 septembre 2006

La cosa es al revés

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Tres familias de imágenes se aúnan en el video que Hernán Dinamarca ha dedicado a la vida y obra de Rodrigo Lira, Topología del pobre topo. Las primeras son imágenes documentales, fotos familiares de la infancia, el registro de una reunión de poetas, la alucinante secuencia de la participación de Lira en el programa Cuánto vale el show, en la primavera de 1981, un mes antes de su muerte. Las segundas son imágenes de la madre y del siquiatra de Lira hablando de su caso desde el presente. Las terceras son imágenes de la flora chilena, de un cuerpo desnudo de mujer frente al mar, que ilustran la lectura de algunos textos del poeta.

Las primeras imágenes son escasas y definitivas. No hay otras, no habrá otras. A pesar del interés y el empeño de Lira en la producción multimedia, el registro documental de sus prestaciones resultó ser mínimo, todo lo cual nos recuerda la pobreza material y el así llamado apagón cultural que campaban en el Chile de cuando Lira, aquél del corazón de la dictadura. Ver Cuánto vale el show veinte años más tarde es una experiencia abrumadora, comenzando por el lenguaje y los gestos del presentador, los jurados y el público adocenado del programa. Convertido para la circunstacia en el suicida Otelo, Lira acepta unos depreciados 2000 pesos que le tiende una jurado «únicamente por la actitud». ¿Qué hacía Lira en esa caverna? ¿Era el suyo un intento desesperado por romper el aislamiento? ¿Un palmo de narices al Miami nacional rampante desde una de sus cocinas? Ambas cosas, probablemente, y lanzar una última botella al charco, y gastar un postrer cartucho en gallinazos.

Las imágenes de la madre y del siquiatra del poeta resultan también elocuentes. Lira era un paciente incorregible, nos dice su siquiatra, tenía un resortito emocional roto. El lenguaje popular se vale de otras metáforas por el estilo para tales casos : un cable pelado, una teja corrida, un tornillo suelto. Lira se defendía: «Advierto que no soy un sicótico», prevenía, «a pesar de las etiquetas, vulgarmente llamadas diagnóstico, que me han aplicado especialistas con las manos esmaltadas en látex. Advierto que ni siquiera soy mucho más neurótico que el promedio de mis contemporáneos. Confieso, eso sí, que a veces tengo que tomarme los sesos a dos manos». La madre, por su parte, cuenta que se moría de vergüenza cuando Lira montaba uno de sus números, pero que se le ha ido pasando con el tiempo y con el reconocimiento que con parsimonia su hijo ha ido recibiendo post mortem.

Las imágenes que ilustran los textos son anecdóticas e inevitablemente arbitrarias. Buganvilias, nubes y espumas del mar de Chile. Aunque quitando tal vez de en medio las innumerables zonas equívocas —la erótica y la estética desde luego (la ausencia de prosodia, se lamentaba Lira), la política y la ética, forzosamente—, cupiera que lo único de veras compartido con Rodrigo Lira fueran la flora y el clima (los arcenegundos de la avenida Grecia, los temibles plátanos orientales de Macul, la polución irremediable, la humedad relativa del aire). La cosa es al revés, como diría Nicanor Parra: Creemos ser un país y la verdad es que somos apenas paisaje.

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lundi 25 septembre 2006

Primeras hojas del otoño

Problemas en las canillas, el conductor tiene que conducir. Problemas en la billetera, tiene que ir a trabajar. Se pone en la autopista a la hora punta e intenta entrar en la ciudad. El atasco es de proporciones. A la derecha, los camiones, los grandes monstruos de formas cuadradas. A la izquierda, delante y detrás, los coches, esas sillas de ruedas pintadas de colores metálicos. Dentro de cada coche hay un conductor solitario sumido en su líquido amniótico. Algunos leen el periódico, otros despachan por el móvil, otros se liman las uñas. El viajero, por su parte, prefiere escuchar por la radio una emisora en alemán, una lengua que no entiende del todo, una manera como otra de no pensar en su vida atascada, de evitar preguntarse por qué no está ahora mismo caminando por esa ciudad de provincia donde el clima es tan bueno y la gente tan servicial, tan reservada. Caen las primeras hojas del otoño.

Según la radio, la Deutsche Oper, uno de los tres grandes teatros de ópera alemanes, ha retirado del programa, de forma semiclandestina, la obra de Mozart Idomeneo, y lo ha hecho por miedo a ofender : Al final de la obra, una escena muestra las cabezas cortadas de Jesús, Mahoma, Buda y Poseidón.

A Poseidón pueden cortarle no sólo la cabeza, que nadie se aflije por ello. Que rueden cabezas de monigotes en un teatro para ricos pone nerviosa a alguna gente, bastante más que las masacres cotidianas en Bagdad. La representación de la violencia puede tanto o más que la violencia misma.

Tras un día de trabajo infatigable, el conductor debe regresar muy tarde por la noche. La misma autopista que por la mañana estaba bloqueada, a esa hora está desierta, barrida por los vientos, desocupada como un túnel oscuro. El conductor siente una forma de vértigo, un hambre de distancias. Quiere continuar el viaje hasta el talón de la bota itálica, más allá, de ser posible, quiere bañarse en el mar en pelotas como el descabezado Poseidón y cantar este himno que no viene al caso : Ser un romántico viajero...

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Caspar David Friedrich (1774-1840)

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jeudi 21 septembre 2006

Las novelas del verano

Ahora que se acaba el verano se pueden sacar alegres cuentas. En materia de novelas, cero escrita, tres leídas. Una por mes, diez páginas por día. Julio fue el mes de Mauricio o las eleccciones primarias, de Eduardo Mendoza. Agosto, de Abril rojo, de Santiago Roncagliolo. Y este septiembre ha sido el turno de Las travesuras de la niña mala, de Mario Vargas Llosa.

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Mauricio presenta a tres jóvenes en la Barcelona de los años ochenta, aquélla de la transición democrática. Estos personajes, Mauricio, odontólogo, Clotilde, abogado y La Porritos, cantante de protesta, se asoman a una vida de adultos que hubiesen querido fuese de otra manera, pero que acaba por ser la que la novela describe. La realidad histórica , o la fuerza de las cosas, hacen de las suyas. El trabajo (los negocios) y el sida hacen el resto. El epílogo es una pieza maestra de un arte que Mendoza maneja a la perfección, la ironía.

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Abril rojo, Premio Alfaguara 2006, por su parte, presenta el regreso, a su Ayacucho natal, de Félix Chacaltana Saldívar, fiscal distrital adjunto, ciudad andina en la que éste se ve cogido en tenazas entre el terrorismo de Estado y el terrorismo de Sendero Luminoso, o lo que queda de ambos, que, en la Semana santa del año 2000, está entre brasa y ceniza , pero aún quema. El relato se resiente un poco de una voluntad demasiado marcada por hacer de la novela un thriller y dejar al lector sin aliento. No había para qué, un ritmo ayacuchano bastaba para apunarnos.

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Las travesuras de la niña mala es un relato espléndido. Un niño bueno, limeño, miraflorino para más señas, una niña mala, o más bien una niña fresca, arribista, que no se detiene ante nada para huir de la miseria material y consigue entrar de plano en la miseria moral, de la mano de un malo-malo, un japonés que no se llama Fujimori pero se llama Fukuda. Vargas Llosa escribe una consistente historia a partir de este esquema escolar : un niño bueno se enamora de una niña mala a quien un malo-malo acaba por comerse. Con ese predicamento, el relato se pasea por la sustanciosa médula de la segunda mitad del siglo veinte, y el lector sale de él contento de ver al protagonista sobrevivir a la aventura y, a la vez, triste de ver que no ha conseguido doblarle la mano a la fortuna. ¿Qué más se puede pedir a una novela?

Las tres deben de estar entre las novelas más leídas del verano. Las dos últimas, incluso, las regala el diario El País a quien contrate una suscripción por un año, bajo el rótulo de Novelas del verano. Soy, por lo visto, un veraneante promedio. Que venga el otoño y traiga otras.

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Tres niños

Esta tarde, en la plaza de un barrio de Bruselas.

La niña : ¿Tú eres cristiano?
El niño : No, yo no soy cristiano. Yo soy como él (indicando a otro niño).
La niña : ¿Eres musulmán? ...Me da  miedo que me pegues.

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samedi 16 septembre 2006

Otro dieciocho de septiembre

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En uno de los innumerables blogs con los que se ha ido poblando el ancho mundo encuentro este comentario firmado por c.punto. El comentarista calibra, desde Chile, las vísperas de las fiestas nacionales que se celebran allí en torno al dieciocho de septiembre:

«Nosotros -dice-, que tendremos que mamarnos una lista de asados dieciocheros y múltiples carreritas al súper y matar, si fuera necesario, por la última bolsa de carbón o lata de cerveza...».

Se ve que el estado anímico nacional está condicionado por la gastronomía, por llamarla de alguna manera. El comentario  me saca un comentario:

El asado es un manera gaucha de cocinar la carne. Apareció por Chile hace menos tiempo del que puede parecer (la memoria es corta y la población es joven), apenas entrados los años sesenta, más o menos. Antes, a la carne asada se la llamaba parrillada, y se la consumía en restoranes techados, mayormente entre empleados fiscales. El consumo masivo de cerveza es todavía posterior y se disparó con la publicidad, que consiguió asociar aquel brebaje amargoso con la hombría y el fútbol. En cuanto al supermercado, fueron, más o menos por la misma época, los cachorros de la clase media ascendente, que se fueron a estudiar a Norteamérica, los que importaron e impusieron la costumbre de comprar carne, latas de cerveza y bolsas de carbón en unos galpones adornados de publicidad, a los que llamaron súper y luego hípermercados. Antes de eso, éramos todos clientes del almacén de la esquina, también llamado emporio. El carbón podía ser de piedra o de espino y se compraba en sacos o en almudes. Para las fiestas de septiembre no se bebía cerveza sino chicha, vino del año.

La segunda mitad de los años sesenta fueron, en Chile, los años de la democracia cristiana. Bajo esos refajos se introdujeron estas costumbres que hoy campan, el asado y la cerveza comprados en múltiples carreritas al supermercado.

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Libro libre

El movimiento Libro libre da inicio a una peculiar campaña dejando libros en espacios públicos para que algún lector los recoja, los disfrute y vuelva a dejarlos en un sitio público para que el siguiente lector pueda hacer lo mismo, repitiendo el proceso todo el tiempo que sea posible.

Para los organizadores de esta cruzada, Libro libre consiste en "liberar" o dejar un libro en lugares públicos tales como micros, plazas, teléfonos públicos, metro y sitios similares.

El movimiento Libro libre es una propuesta de personas que se autodefinen como un colectivo que determinó "dejar de sólo hablar y ha comenzado a actuar", bajo la máxima "un libro guardado no le sirve a nadie".

La idea final de esta iniciativa es que "la cultura no se quede guardada en los estantes hogareños, dentro de cajas o apilados", para luchar contra "el peor de los finales para el libro : el olvido".

Además, recomiendan escribir en la primera hoja una dedicatoria donde se aclare que el libro pertenece a este movimiento, en la que se exprese algo como "este es un Libro libre, no lo olvidé, está aquí para tí que lo has encontrado". De esta forma, se pretende que la obra vuelva a las calles rápidamente luego de su lectura.

También se propone escribir una dirección de correo electrónico para saber quién encontró la publicación y como forma de crear en el  futuro un extenso grupo de lectura comentada.

Extractado de La Tercera de Santiago de Chile.

Ver también Lectores contagiosos.

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jeudi 14 septembre 2006

El salvavidas salvadoreño

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Un habitante
de El Salvador introduce esta pregunta en Google :

¿En que consiste el trabajo de salvavidas en playas nudistas?

Google le propone como resultado un total de setenta y siete páginas. Este Camino de Santiago tiene el privilegio de ser el primero de esa lista de páginas variopintas, a causa de la patera que llega a la playa nudista.

Leo las setenta y siete largas páginas en una sentada. En ese interminable mar de palabras no flota ni un asomo de repuesta a la pregunta. (Una sola página me saca una sonrisa: Campamento de nudistas: Jamás se me ocurriría ir, me echan por minusválido).

¿Qué esperaba recibir el salvavidas salvadoreño como respuesta?  ¿Qué diferencia puede haber entre socorrer a un bañista con bañador y socorrer a un bañista en pelotas? Sólo él lo sabrá, si acaso.

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mardi 12 septembre 2006

Uno de Jaimito

De pronto esta bitácora se me antoja tremebunda. Encuentro que está un par de gaseosas por debajo, como diría El Conejo de la Suerte.

En la escuela, para subirle el perfil a una jornada decaída, intentábamos hacer "calducho". Que consistía en que cada cual, hasta el más triste, contase un chiste.

Lo que sigue es eso, un chiste. Claro que con un amplio alcance pedagógico :

Jaimito pasa por delante de la puerta del cuarto de sus padres y no puede dejar de mirar por la cerradura. Al cabo de un rato, se aparta y exclama : "¡Jope!, y luego me dicen a mí que no me meta los dedos en la nariz".

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lundi 11 septembre 2006

Otro once de septiembre

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Durante algunos años
, felices años, la fecha 11 de septiembre fue perdiendo fuerza en mi calendario. Un año, incluso, me di cuenta de que estábamos a 11 de septiembre mirando la fecha de vencimiento en el envase de los huevos. Pero tuvo que venir Al Qaida y volver a poner el clavo en la herida. Ariel Dorfmann recordó en su momento que la asociación de un martes 11 de septiembre con aviones que atacan y defenestran ya la había patentado el gobierno norteamericano en Chile.

Hace unos veinte años, Manolo Canales me pidió un texto para un libro que estaba armando sobre la juventud chilena. Escribe sobre lo que quieras, me dijo. Me subí por el chorro, como se dice en Chile, y escribí unas cuantas carillas que valen, de valer algo, por las primeras líneas :

La primera imagen muestra a un muchacho de dieciocho años contemplando atónito, desde la plaza de su barrio, el bombardeo de La Moneda un martes 11 de septiembre de 1973. Lo que los rockets traían no era sólo una mortífera carga contra quienes resistían en la sede del Gobierno, sino unos sonoros recados que en la conciencia de aquel joven eran traducidos como unas débiles señales : Cuidado. Se acabó la juventud.

O más bien : La juventud no fue posible. Cada vez que puedas, vas a intentarla. Pero será a destiempo.

Si mantenemos la imagen en esa plaza de barrio, veremos cómo va despoblándose de jóvenes. Estos caminan primero en grupos pequeños, después en parejas y por último solos por las calles estrechas y van entrando en las casas que cierran sus puertas tras ellos.

De ahí no volverán a salir sino convertidos en adultos.


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