Un día es un día y lo que trae consigo. Es media mañana del primero de mayo de 1978 y hago unas cuantas fotos de los palos dados y recibidos. Entro a la Iglesia de San Francisco y le entrego el rollo a éste, quien se lo entrega a aquél. El rollo se da unas cuantas vueltas por las calles del centro de Santiago y termina en manos de un fotógrafo de la AFP. Me acuerdo ahora de esas fotos pero no las echo de menos.

Años más tarde, ya en Bélgica, es media tarde de otro primero de mayo y voy a buscar a una niña muy querida al cumpleaños de una compañerita. La fiesta de cumpleaños es en la casa de los abuelos de la niña. La casa resulta ser un castillo. Un castillo con puente levadizo. El dueño de casa me invita a sentarme en el salón y se interesa  por nuestra vida de estudiantes pobres y la suerte de aquel país remoto. Aparece entonces un sindicalista afiliado al partido trotskysta. También viene a buscar a su hija. Entiendo entonces que vivo en un país socialdemócrata o, al menos, socialcristiano.

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