Desde la ventana de la habitación puede ver un patio interior donde crecen los árboles que él mismo ha plantado. Antes sólo andaba por ahí entre árboles y arbustos y escuchaba las voces de las conversaciones de los vecinos, la madre con su hija pequeña, los niños que juegan, el perro, el gato, una pareja mayor. Ahora, desde la ventana de la habitación no sólo puede oírlos y reconocerlos a través de esas voces y esos ruidos, sino verlos. Y son, más o menos, como los imaginaba, sin tratar de imaginarlos, como los veía inevitablemente al oír sus voces. Ahora sus rostros precisan esas imágenes inciertas. Se trata de una sensación similar a la del lector cuando se enfrenta a las imágenes de la adaptación al cine del libro leído antes. Por fortuna, estas nuevas imágenes del patio interior no tienen esa fuerza impositiva de la pantalla. En el patio también hay árboles y algo de distancia. Y, en los buenos días, pájaros.