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Es Nochebuena. La mujer baja a franquear una postal a la máquina que está en la puerta de la oficina de Correos. Nieva. No hay nadie en las calles, la gente está en sus casas cenando o abriendo paquetes de regalos. La mujer pone 42 céntimos en la ranura y, para su sorpresa, la máquina le devuelve un sello de 84, el doble del valor. Intrigada, la mujer echa mano de la única moneda que le queda. Es una pieza de cincuenta céntimos. La máquina le devuelve un sello de un euro. La mujer regresa a su casa, vacía la bombonera donde guarda la calderilla y vuelve a Correos. Y así, en un paisaje nevado y vacío, la mujer va dejando caer una a una las monedas y va recuperando invariablemente los sellos por el doble del valor. No sabe qué hará con tanto sello. Ya casi no escribe cartas. Por lo pronto, los guardará en la bombonera. En un momento piensa que debería llamar a alguna amiga para alentarla a que aproveche la ganga. Pero sus amigas están con sus familias celebrando. La historia de la máquina que dobla el importe caerá como un pelo en la sopa. Si pasara alguien por allí, podría cederle su lugar frente a la máquina. Pero a esa hora las calles están vacías. Además, ¿quién sabe si la máquina sólo es generosa con ella?