Ahora que ha terminado el Mundial, ya podemos hablar de asuntos serios que habían quedado pendientes. La típula es uno de ellos.

Por estos días de verano, la casa se llena de típulas.

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La gente que viene de lejos y no las conoce se lleva un gran susto frente a lo que parecen ser grandes zancudos. Pero las típulas no son zancudos, ni zumban, ni pican. Ni siquiera comen. Sólo viven unos cuantos días y se lo pasan follando. Follan hasta la extenuación a lo largo de los muros y a la vista de las arañas de rincón, que a veces atrapan a alguna pareja en sus redes y la vacían de su contenido. Contenido ultraligero porque, como está dicho, mientras viven su vida aérea, tras su vida larvaria, las típulas no tienen tiempo para comer, ni tienen ganas.

No es todo. Las típulas no sólo son biodegrables sino que tienen un alto contenido en nitrógeno. Qué es el nitrógeno, me lo explicó mi tío pero no lo retuve a fondo. Conformémonos con saber que es una materia indispensable para la agricultura. El año pasado un profesor de la universidad, que está del otro lado de la ciudad, dirigió una importante experiencia científica, para la cual pidió a la población que le proveyésemos de ingentes cantidades de típulas.

En un principio, yo quise participar. Materia prima no me falta. Pero luego me vi, camino de la facultad de agronomía, con una caja de zapatos en las manos llena de típulas follando dentro, y me devolví por mis pasos.

Las liberé en en la plaza Montesquieu.