dimanche 27 février 2011

El sosias

Cuando por fin caiga Gadafi, habrá que mirar dos veces a ver si se trata del propio Gadafi y no de uno que se le parece. Porque Gadafi ya nos puso sobre aviso delante de un centenar de vírgenes berluscónicas: Ustedes creen que Cristo fue crucificado, pero no fue el caso, Dios se lo llevó directamente al cielo y en su lugar crucificaron a uno que se le parecía.

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vendredi 25 février 2011

El mar trajo mi sangre

En Nueva York, la ciudad donde nació Iñaki Uriarte, su abuelo Moisés Cantolla, emigrante cántabro, regentaba una pensión. Por ella pasaron conspicuos transplantados: Rubén Darío, José Santos Chocano, Acario Cotapos y Alberto Ried, quien publicó un libro autobiográfico, El mar trajo mi sangre, sobre la base del cual escribió Uriarte esta entrada (inédita) de su Diario de 2006.

 

La pensión Cantolla

por Iñaki Uriarte


Hace año y medio coloqué una petición en un blog chileno donde se mencionaba a Alberto Ried, autor de una autobiografía titulada El mar trajo mi sangre. Yo sabía  que en ese libro se citaba al menos una vez a Moisés Cantolla, el abuelito, como dueño de la pensión de Nueva York en la que Ried vivió una temporada. Mi petición consistió en solicitar que, si alguien del vasto mundo leía mi mensaje y disponía de aquella obra, me lo hiciera saber.

El ciberespacio existe. Ayer, año y medio después de lanzar aquel recado, recibí un correo electrónico de una tal Marisol, chilena, amabilísima. Me  decía que ella tenía un ejemplar del libro en su oficina de Santiago, desde donde me escribía, y que podía consultar lo que yo quisiera.

Tras un intercambio de correos con casualidades asombrosas, a las dos horas ya tenía en casa un capítulo del libro de Ried, titulado La pensión Cantolla, escaneado y enviado por Marisol.

Comienza así: 'La económica hospitalidad que brindaba el tolerante andaluz Cantolla y su paciente esposa, había adquirido cierta nombradía entre los elementos artísticos del barrio hispánico de Nueva York. Carlos Mérida, Arturo Valdés, Acario Cotapos, Mauro Pando, Horacio Echegoyen y yo, habitamos allí algún tiempo, junto a otros latinoamericanos, algunos de cuyos nombres llegaron a ser reputaciones internacionales. Llegaban también europeos como extraviadas abejas a libar la ilusoria miel de ese mínimo panal'.
 
No comienza bien, pues el abuelito no era andaluz, sino santanderino, pero es igual. Tampoco hay muchas menciones a él en las 24 páginas del capítulo, pero gracias a su lectura he podido hacerme una idea de cómo era aquella pensión de la que apenas hemos oído hablar en casa y que tanta curiosidad mítica me ha despertado siempre, sobre todo cada vez que ama mencionaba que en ella (no tan 'mínimo panal', pues) residió un tiempo Rubén Darío.

Ama dice que el olvido de aquella etapa de su vida se debe más que nada al snobismo de la tía Josefina, pero supongo que también en parte al suyo. Ahora, a sus 88 años, está encantada de que yo haya encontrado este testimonio. Debido a su laconismo, yo siempre había tenido la impresión de que la pensión del abuelito fue un sitio pobretón y vulgar sin mucho interés. Lo que hoy tengo claro es que la 'Pensión Cantolla' fue un lugar espléndido, con un ambientazo de primera y al que ahora mismo iría a pasar una temporada. Copiaría aquí todo el capítulo, pero me limitaré a guardarlo bien guardado y adjuntarlo a estas páginas para que algún futuro 'descendiente' lo lea con el mismo gusto con que yo lo he hecho.

Algunos de los huéspedes que vivían allí en 1917. Ried cita, entre otros, a un escultor ruso, Saúl Beizermann, 'silencioso, austero, abstemio y nihilista fanático', que había huido de las cárceles siberianas de los zares; Carlos Mérida, 'un insigne pintor maya guatemalteco'; José Santos Chocano, un famoso poeta peruano, que estaba en Nueva York como 'delegado del tirano guatemalteco Manuel Estrada Cabrera' para negociar un préstamo de un gran banco norteamericano; el compositor chileno Acario Cotapos; un tal Arturo Valdés, que sufría una grave depresión y no salía nunca de su cuarto; Corona y Mendiolea, dos ex generales de los ejércitos mexicanos de Pancho Villa y Zapata 'correteados' al destierro por el presidente Venustiano Carranza; Sigfrido Bauer, prestigioso violinista salvadoreño; Carlos Castejón, 'el Caruso de Venezuela'; y el general Rascón, 'héroe octogenario de la invasión francesa a México'. 

El texto de Ried, retórico y con humor, cuenta algunas de las tertulias en que se enzarzaban 'los pensioneros' después de las comidas y a la hora de las copas. Unas reuniones disparatadas, llenas de risas y discusiones. (En una de ellas, mientras reñían acaloradamente sobre la guerra, alguien gritó a Ried que, si se creía tan 'macanudo' como afirmaba, por qué no iba a preguntarle al presidente Wilson a ver qué opinaba del asunto. Ried se plantó en Washington, obtuvo una carta de recomendación de un amigo,  se acicaló con esmero y se presentó a las puertas de la Casa Blanca. Según cuenta, le recibió un policía muy amable, que le dijo: 'Es demasiado temprano, señor; a estas horas el Presidente juega golf. Después se da un baño y a eso de las diez inicia su trabajo en su bufete privado. Puede usted, entretanto, darse un paseo por estos lindos jardines y regresar dentro de una hora'. Así lo hizo Ried. Luego escribe: 'A mi regreso, mi amigo guardián, tomándome del brazo, me condujo por un sendero agreste y florido, hasta las gradas de la mansión blanca, a la cual penetré como Pedro por su casa'. Wilson le recibió en mangas de camisa, no le contó casi nada de la guerra y le habló con simpatía de Chile y los chilenos. Ried volvió a Nueva York y a la pensión Cantolla encantado).

La pensión, la boarding house, como la llamaban, estaba en un sitio estupendo. Ocupaba los números 11 y 15 de la calle 82 Oeste, junto al Central Park, en el Upper West Side de Manhattan.

Según ama, no se trataba del 'barrio hispánico', como dice Ried. Lo que entonces consideraban como barrio hispánico estaba un poco más arriba. Era donde vivían los emigrantes cubanos y portorriqueños, the same shit ('la misma mierda'), según dice ama que decía el abuelito, que era una persona buenísima pero también racista. Por lo visto, ser español era muy importante entre los hispanos de Nueva York. Hasta tal punto que ama se llevó una enorme sorpresa cuando, al llegar aquí, vio que lo de ser 'español' no estaba nada bien considerado en la vasquísima familia de aita.

La pensión, con unas veinte habitaciones en total, ocupaba dos edificios de varias plantas, viejos, con solera, de los que llamaban brownstones, por el distinguido color oscuro de la piedra de las fachadas. Todavía están allí. Habían sido mansiones de ricos, quienes, con el tiempo, se habían trasladado al nuevo barrio más elegante del East Side, al otro lado del parque.

En esas casas viví el primer y el tercer año de mi vida. En ellas residió también durante una temporada, en 1915, Rubén Darío, alcoholizado y enfermo, un año antes de su muerte. Y Arturo Godoy, un legendario boxeador chileno, una especie de Uzkudun de Chile, que un día de 1940 salió de la pensión hacia el Madison Square Garden para pelearse con Joe Louis por el título mundial de los pesos pesados. Ama y la tía Josefina se acuerdan mucho de la mujer de Godoy, Leda, una rubia explosiva argentina a la que acompañaban de compras por las tiendas del barrio.

Ama dice que el abuelito era 'muy guapo, buenísimo y un poco insustancial'. Supongo que la que llevaba las cuentas era la abuelita. De todas formas, el abuelito no pudo ser tan insustancial como lo pinta ama. De lo contrario, no se entiende que a los 25 años ya regentara aquella pensión. Llegó de La Habana en 1911 con sólo 18, según he averiguado al encontrar en una página de internet la lista de pasajeros del barco en que viajó hasta Ellis Island.

Por lo visto, en alguna ocasión el abuelito tuvo la oportunidad de vender a un precio excelente el número 15 y pagar con aquel dinero la hipoteca del 11, con lo que habría llegado a ser propietario de un estupendo edificio en  Nueva York. Tal vez alguno de nosotros estaría ahora viviendo allí, como lo estamos en los pisos de esta casa, comprada por las mismas fechas por el avispado negociante aitita. Pero el abuelito no vendió el  número 15 porque, según ama, 'el comprador era un negro, o judío, o  portorriqueño, y él, como era tan bueno, no quiso venderlo para no fastidiar a un griego que vivía en el número 14, y que habría visto devaluada su casa'

En fin. Toda esta historia comenzó un día en que tecleé en Google 'Moisés Cantolla' y apareció esta frase de Alberto Ried: 'Entre diez millones de teléfonos, el de nuestra pensión llamó a deshora. Moisés Cantolla golpeó poco después, irrumpiendo en mi pieza para decirme que el cónsul me llamaba con urgencia'. Ama se acuerda todavía de aquel número de teléfono: 'Susquehanna 7-9716'. También recuerda que en la pensión tenían un cocinero negro, 'con gorro y todo', y un camarero y friega platos muy alto y delgado que le enseñó a bailar el charlestón.

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Iñaki Uriarte delante de la que fue la pensión Cantolla

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samedi 19 février 2011

El triángulo

En el periodo que cubren sus Diarios (1999-2003), por razones familiares Iñaki Uriarte viajaba a menudo entre Bilbao y Avilés. Esos Diarios están escritos en un perímetro formado por Bilbao, Benidorm y Avilés, sobre el que planea la sombra de un perímetro anterior, mayor, formado por Nueva York, San Sebastián y Barcelona.

En Avilés atracan barcos que se mueven entre Rotterdam y Agadir, según consigna el diario local. De regreso a Bilbao, por la carretera que atraviesa lo que los asturianos llaman el Oriente, Uriarte comenta que hace veinte mil años había allí bisontes, como puede verse en los muros pintados de Altamira. Muy cerca de Altamira está San Vicente de la Barquera, cuyo paisaje es 'espléndido, casi perfecto'. 'La entrada amplia y mansa de la ría, el puerto con sus pesqueros de colores vivos y los prados que se extienden por el valle hacia los picos del fondo, a menudo cubiertos de nieve'.

Más triángulos. Trazo en las páginas de Uriarte el mío: San Vicente de la Barquera, San Vicente de Tagua-Tagua, Nil Saint-Vincent, el ombligo geográfico de Bélgica. (Tagua-Tagua también es un ombligo, un lago que secó la agricultura). Bélgica sólo aparece en los Diarios de Uriarte (quitando las menciones a Brel) a través de una referencia a Simenon, a quien su padre vio cuando joven en un tren belga. Este es un país ferroviario, un trayecto entre dos estaciones. Sandor Marai atravesó Bélgica en tren, de Alemania a Francia, en los años veinte, y la describe en dos líneas, sin haber puesto un pie en su suelo. Bélgica es, para él, húngaro de origen alemán, la puerta de entrada a Occidente, un vértice en extensión del triángulo formado por su Kassa natal y Berlín, vértice que prolongaría hasta San Diego, California, donde fue a morir.

La aparición de Chile -tenía que haber una- es peregrina y novelesca. Uriarte teclea en Google el nombre de su abuelo, Moisés Cantolla, emigrante cántabro en Nueva York. Y lo que aparece es la descripción de un crimen entre chilenos viñamarinos (otro triángulo, tal vez) en una pensión neoyorkina administrada por su abuelo. Lo cuenta en una novela Alberto Ried, miembro de los Diez, un grupo de artistas santiaguinos. Por delante de cuya casa pasé yo a menudo en mi infancia. La novela de Ried se llama El Mar trajo mi sangre.

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Pórtico de la casa de los Diez, en Santiago de Chile

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mercredi 16 février 2011

El centro

Los astrónomos avisan que el sol está emitiendo ondas magnéticas que provocan desarreglos eléctricos y aureolas boreales. Los astrólogos, por su parte, avisan que es el momento de ser realista e intentar lo imposible. ¿Lo qué? Tener veinte años, ser delantero centro, marcar esta noche contra el Arsenal.

F

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Hablábamos ayer sobre la autoridad. X tiende a echarla de menos  y J tiende a echarla de más. X recordó que somos primates y la reclamamos. J no niega su primatez. Por el contrario, la considera una razón de peso para que se le trate como a un caballero.

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Derecha, inclinación por el fuerte. Izquierda, inclinación por el débil, dice Uriarte. El centro, por su parte, depende.

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Días atrás perdí la gorra en el tren. Esta mañana me pasé por la ventanilla de Objetos perdidos. No estaba. Pero en cambio me acordé de aquel día del paraguas. Al salir del trabajo y como llovía a cántaros, eché marcha atrás en busca de un paraguas. Encontré uno abandonado y me dije que lo devolvería al día siguiente. Una hora más tarde, en el andén de la estación a la que iba, me encontré con un señor que me habló de su paraguas olvidado. Es éste, le dije, y se lo entregué. Así debería girar siempre el mundo. Por cierto, ya había dejado de llover.

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Hagas lo que hagas, HCB siempre lo hizo antes.

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jeudi 10 février 2011

Girolama pintada por Correggio

C

Quiénes son estas personas que posan en los cuadros que pintó Antonio Allegri da Correggio. Quiénes son la Madonna y el Niño, Catalina y Sebastián, en este Matrimonio místico de Santa Catalina. Gente guapa ha habido siempre y la belleza va y viene, pero el Renacimiento italiano parece haberla retenido como nadie, antes y después.

La belleza pintada por Correggio está llena de afecto. Cómo no, si Girolama Merlini se casó con Antonio Allegri a los 16 años. Tuvieron cuatro hijos, tres niñas, Francesca, Caterina y Anna, y un varón, Pomponio. Correggio vivió en el Renacimento, o sea que pintó escenas religiosas en sus primeros años y luego imágenes tomadas de la mitología grecorromana. Es lo que le pedían que pintara. De manera que el pintor convirtió a su Girolama en la Virgen y en Santa Catalina (porque nadie me convencerá de que una y otra no son la misma Girolama), y al niño Pomponio en el Niño.

Girolama murió a los 24 años. Antonio a los 44. De pleuresía. También se cuenta que un rico comendador le debía 50 escudos por un encargo y, para humillarlo, le pagó esta suma en monedas de cobre. Antonio trasladó la carga a hombros, desde Parma a Correggio, en un día de calor extremo. En cuanto llegó a casa, cayó muerto.

Lo recogería Pomponio, el hijo, quien también fue pintor y tuvo más suerte y llegó a viejo, si es que llegar a viejo es una suerte. Pero no tuvo suerte con los historiadores del arte, que minimizan su obra, tal vez para vengarse de la tortícolis.

Saber que Girolama murió tan joven entristece. Es una tristeza extemporánea, innecesaria, impropia. Como todas las tristezas.

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dimanche 6 février 2011

El arte de Uriarte

Diarios (1999-2003) de Iñaki Uriarte, fue tal vez la mejor lectura de Montano en el ya lejano 2010. Me lo envió cariñosamente, junto a otros libros, al filo del 2011, y desde entonces ha sido mi única lectura y relectura de este 2011. También la mejor.

Es un libro de citas. Uriarte tiene el arte de citar con naturalidad, que es el mayor y el mejor de los artificios. Incluso sabe autocitarse, lo que ya es decir. Como carezco de esa gracia, pongo aquí unas cuantas citas no literales en forma de temario incompleto.

U

(Corregido y aumentado)  

Los libros

Los buenos libros funcionan siempre.

Con lo fácil que es no escribir un libro malo.

El humor

El humor demasiado explícito es como el maquillaje excesivo en una mujer. Mihura a Mingote al terminar Melocotón en almíbar: «Ahora le estoy quitando los chistes».

Escribir de mal humor. Corregir de buen humor.

Supongo que, a fuerza de abusar del buen humor, acabas por tener un mejor humor.

La lectura

Leo lo que sea.

Leer el periódico hasta la última coma, o prescindir absolutamente de él.

La lectura en silencio la descubrió San Ambrosio.

Cómo me agarro a la lectura, hasta acabar medio mareado, cuando no estoy bien.

Los columnistas (qué charlatanes)

Escriben porque tienen que ganar dinero llenando su columna cada día, con lo que sea.

Ortega: «Dudo mucho que en ningún porvenir próximo vuelva el paisaje alpino a conquistar nuestra preferencia».

La cárcel

Lo peor de la cárcel es tener que estar constantemente acompañado.

Las ideas

Karl Kraus: «Hay imitadores que son anteriores a los originales. Cuando dos tienen una idea, ésta no pertenece al primero que la tuvo sino al que la tiene mejor».

Machado: «Nunca estoy más cerca de pensar una cosa que cuando he escrito lo contrario».                                       

El mar

Monnier: «Tal cantidad de agua roza el ridículo».

El terremoto

Renard: «Le informan de que es un terremoto y que todo un barrio de la ciudad ha quedado sepultado. Ah, dice, me tranquilizáis. Pensé que sufría un mareo»

El moleskine

Foucault se interesó por los hypomnemata: «Cuadernos de escritura o anotaciones que se generalizaron durante la época de Platón». Hasta esta simpleza tuvo que inventarse alguna vez.

Laconismo

Valéry: «Entre dos palabras semejantes, escriba la más corta». (Antilaconismo: esta cita está repetida, p. 10 y 141).

Distancias

Todo texto se encuenta situado entre el ¡que se sepa esto! del escritor y el ¡y a mí qué! del lector.

Chamfort: «Aquel que se encuentra justo en el medio, justo entre nuestro enemigo y nosotros, nos parece que está más cerca del enemigo».

El misterio

Clément Rosset cuenta esta historia: Un impresor hereda el negocio de su padre. Al día siguiente del funeral, al hacer arqueo de la imprenta, encuentra un sobre en que dice: «No abrir». Respeta estas palabras y resiste seis años sin abrirlo. Por fin, no puede más y un día lo abre. Dentro encuentra un montón de etiquetas destinadas a los clientes en las que pone «No abrir».

La playa (Elogio de la playa)

Las playas desiertas están desiertas porque no hay chicas.

La voluntad

Tener voluntad es hacer cosas que no te apetece hacer.

El egoísmo

Autolimosna. Hobbes consideraba el egoísmo como la esencia del ser humano. Y, sin embargo, daba limosna a los mendigos. La alegría del mendigo lo ponía contento a él mismo, por lo que se trataba de puro egoísmo.

Estados Unidos

El país donde más se trabaja, donde más diferencias de riqueza existe, donde hay menos cobertura social. Y, sin embargo, el supuesto paraíso al que quieren acceder los emigrantes de todo el mundo (menos yo).

Continuará...

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