Somos muertos de prestado, dice María, la narradora de la última novela de Marías, que voy leyendo tarde por las noches y temprano por las mañanas. Y fue más o menos eso lo que pensé mirando el óleo del monje en su cubículo, con su libro y su calavera, ayer en Santillana.

En la novela mariana hay un crimen absurdo, como casi todos los crímenes, y muere un hombre justo el día en que cumplía cincuenta años. ‘El mundo deja entrar y hace salir a las personas demasiado en desorden para que alguien nazca y muera en la misma fecha, con cincuenta años de por medio, justo cincuenta’, dice la mujer del muerto. ‘No tiene el menor sentido, precisamente por parecer que lo tiene’. Un amigo mío, del que hablo a menudo aquí, murió el mismo día en que nació y a la misma hora, pero en su caso la fecha y la hora las decidió él mismo. Y no eran cincuenta los años, sino sólo treintaidós.

En fin, que hoy es viernes santo y me río mucho leyendo novelas. Y aunque no me encierro en mi cubículo ni tengo una calavera a la mano, como el monje del óleo de Santillana, no por eso me privo de mi memento mori.