Mañana de domingo de resurrección en una capital castellana. De un sótano convertido en discoteca asoma un grupo de mozos y una mozona con aspecto de travesti, avinagrados ya de tanta sandunga nocturna, y se dan de bruces sobre la acera con las manolas enmantilladas que van a unirse a las procesiones, hiératicas y estrictamente alzadas sobre sus zapatos freudianos.

Las procesiones son un ejercicio de concierto colectivo. Las cofradías proceden de diferentes iglesias y confluyen sobre la Plaza Mayor al ritmo de trompetas y gaitas, de tambores y bombos, portando a Jesús y a la Virgen. Tres o cuatro generaciones se dan cita allí, tras oír misa, mientras el resto de la ciudad observa encaramada sobre las graderías o instalada en los balcones.

No por ir disfrazada y en procesión la gente deja de ser lo que es y, si las manolas son solemnes, los niños se cansan luego y los jóvenes dejan asomar algún piercing entre las espinillas y, en la testuz, algún que otro chupón a juego con las heridas de Nuestro Señor resucitado.

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