Días atrás fue liberado el hombre que llevaba en España más años tras las rejas. Leyendo la noticia me acordé del ratoncillo de John Berger y también de Marcos Ana, de cuando lo entrevisté en una vida anterior. Ana estuvo 22 años preso en las cárceles franquistas, entre los 19 y los 41 años. Entró a la cárcel virgen como cuando vino al mundo y seguía estándolo cuando salió. De manera que en cuanto pudo se fue a buscar a una mujer. Como ésta se negó a cobrarle, Ana corrió a comprarle flores. Almodóvar piensa filmar la historia.

Ahora estoy leyendo Una novela rusa, de Emmanuel Carrère, que se abre con la historia del último prisionero de la Guerra en Rusia, un húngaro olvidado de todos en un pueblo perdido de la estepa. Tras la Guerra, el húngaro, un muchacho entonces, se encontraba en un estado catatónio, de manera que ya nadie le hizo nunca más caso. Andando el tiempo fue saliendo de su letargo pero nunca aprendió a hablar ruso ni reclamó nada, de forma que cuando unos periodistas húngaros dieron con él medio siglo después tuvo su cuarto de hora de fama tras medio siglo de olvido. Volvió a su pueblo, donde, hablando con la gente Carrère llegó a la conclusión de que nuestro húngaro era virgen al momento de partir al frente. Y lo seguía siendo cuando fue liberado, cincuenta años más tarde. El único hecho relevante en su hoja médica durante su cautiverio es que sólo había una mujer en el presidio, la dentista. Y nuestro prisionero, al que sólo le quedaban de bueno los dientes, se presentaba a diario a la puerta del consultorio, a ver si la doctora se los arrancaba.

A los recordadizos todo nos recuerda Amarcord, el zio Teo subido al árbol. La mejor historia del cine. Por lo menos de las que yo me acuerdo.


Zio Teo