Enciendo la radio del auto para oír las noticias. Acaba de ocurrir un crimen, esta misma tarde, en las inmediaciones de la estación de Gembloux. Se da la casualidad de que estoy justamente en las inmediaciones de la estación de Gembloux.

En ocasiones, el kilómetro sentimental no respeta las distancias. Días atrás, un sujeto mal encarado intentó agredir a un señor muy parecido a mí en una calle por la que circulo a diario. En plena vía pública.

Vida privada es aquello que no interesa a nadie más que a uno mismo. Y a veces ni siquiera. El problema es que no estoy aún en un nivel tan avanzado de evolución. Y como resulta algo obsceno preocuparse tanto por su propia suerte, intento desde entonces dar vuelta la hoja y pensar en la gente que vive frente a un lugar infame y se deja distraer por señuelos, o al revés.

Mal de muchos, dice mi tía. En casos como ése suelo recordar el privilegio de ser un hombre común que ha conseguido anidar en lo alto de la campana de Gauss y oír su tañido monocorde a intervalos regulares. En ese intersticio he plantado el árbol del que cuelga la hamaca en que me echo la siesta los días de asueto. Cualquier día cometo una imprudencia, lo corto, lo muelo y con la pasta publico un librito.

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Óleo de Paul Delvaux