Comenzaba el partido de España, antenoche, y yo estaba en la autopista. Encendí la radio y capté unos comentarios en directo. No era propiamente un relato del encuentro, como los que escuchaba cuando niño y era capaz de imitar, eran observaciones de unos locutores delante de una pantalla y encima de un micrófono. Los pocos conductores que circulaban miraban la carretera como si escucharan otra radio.

La sorpresa de descubrirse en otra onda suele darse en relación a las emociones: cómo puede ser que los otros ignoren mi dolor, se dice el narcisista. Y el hiperempático: cuánta gente sufriendo y yo perdiéndome esos sentimientos. Mi caso no era para tanto, no más que una forma de intensidad emocional de bajo calibre, la ansiedad.

La carretera es un lugar tan banal que puede llegar a resultar exaltante. Un palestino que había vivido toda su vida en un campamento de refugiados rodeado de alambradas, mirando el flujo incesante de los autos desde un puente sobre una autopista en Bélgica decía: esta es la libertad.

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