España es un país raro. Todos los países son raros, de cerca nadie es normal. Pero España exagera a veces, o a menudo. Yo no me atrevería a decir esto, así como así. Si lo pongo aquí con todas sus letras es porque lo he leído en un libro. El libro es Mémoire espagnole, de Jean-Claude Carrière, quien fue guionista de Buñuel.

¿Y en qué radica el exceso español? Buñuel decía que el sueño de todo español es mantener un harén, con efebos y todo, lo que origina mil y una sordas decepciones. Sin hablar del regionalismo exacerbado, que es lo mismo que querer tener un harén, a otra escala. Todo esto a ojos de un francés, como Carrière, que aplica a España una mirada distanciada de vecino inmediato, puesto que es occitano. Tan frecuente e intenso ha sido mi contacto con España, dice Carrière, que me he convertido en español. Español, sí, ¿pero de qué parte del estado español?, como diría un regionalista.

El exceso español (Spain is different se decía durante el franquismo) linda con el fanatismo. En el camino hacia el fanatismo ordinario no hay nada peor que un converso, decía también Buñuel. Y peor que un converso es un converso con tribuna. ¿Cómo puede ser que un país que en sólo una generación dejó atrás la dictadura y la pobreza a través de un ejercicio de equilibrio preste tanta atención a un puñado de desequilibrados? ¿O, tal vez, son esos excesos verbales la expresión catártica que permite el equilibrio?

Pero, bueno, ¿cómo no va a ser raro un país que venera a tantas vírgenes, cuando no las despeña, como hacen los habitantes de Calanda, tras sacar en procesión a la Virgen del Pilar para que llueva? Y como después de la procesión no llueve, despeñan a la virgen. Tal vez sea eso lo que hacen los conversos que pontifican en los medios: despeñan vírgenes, las mismas que idolatran.

Y si España, la madre patria, se permite estas rarezas, ¿qué queda para los churumbeles?, pregunta mi tío, que es ultramarino.

En fin, para que no quede mal sabor de boca con tanta rareza, acabo con un chiste que le cuenta Jesús Franco a Carrière. Está un pastor cuidando dos vacas. Pasa un francés y le pregunta: ¿Comen bien? ¿Cuál?, responde el pastor. La blanca, dice el francés. La blanca come bien, responde el pastor. ¿Y la negra? La negra también.

Se queda un rato el francés mirando las vacas y vuelve a preguntar: ¿Dan buena leche? ¿Cuál?, responde el el pastor. La blanca, dice el francés. La blanca da buena leche, sí, responde el pastor. ¿Y la negra? La negra también.

¿Por qué me preguntas cada vez a cuál me refiero?, pregunta el francés. Te lo pregunto porque la blanca es mía, responde el pastor. ¿Y la negra? La negra también.

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