(Diario de Madera, y 10)

Último elogio al Jardín de Monte, esta vez a su colección de azulejos.

La azulejería, como se sabe, arte hispano-morisco puesto al servicio de la decoración y la ilustración, se expandió por la península y el Mediterráneo adoptando también los nombres de alicatado y mayólica. La colección del Jardín de Monte cubre seis siglos de azulejos portugueses, conteniendo las tradiciones geométricas, vegetalistas y figurativas.

Se dice que los árabes combatían el horror vacui saturando de formas los interiores de sus edificaciones. Cuando niño la contemplación de los baldosas de los corredores de las casas, que imitan esos patrones geométricos, podía llegar a marearme. En Monte la coleccion está al aire libre y no se marea uno. Los museos, como las baldosas de los pasillos, son mareadores. El Jardín de Monte no, además porque las plantas emiten oxígeno (creo).

Sobresale un panel del s XVII, la Macacaria. Una ciudad poblada por animales, macacos mayormente. Sólo un personaje tiene trazas humanas, el Rey, que está al centro de la imagen y parece estar acogotando a un soldado. Los demás, la nobleza, el clero, el ejército y el pueblo son todos micos, o por ahí. La interpretación canónica es que el panel ridiculiza, por la vía de lo grotesco, la ocupación española y sus valedores. Tal vez. Está datado en la época del Portugal español, en efecto.

Es imposible ver un mono y no mirarlo. Y la mejor manera de apuntar con el dedo una conducta humana es animalizarla. Así, la macacaria funciona independientemente de su referente -lo propio del arte, por lo demás-, a la manera de los proverbios flamencos de Bruegel. Cualquier época es un tiempo de macacos cubriendo a medias sus vergüenzas y dejando ver la principal.

La firma está en el quinto azulejo, abajo por la izquierda, y un animal la está meando encima. La lucidez del autor es elocuente.

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