vendredi 25 janvier 2013

Savater en Chile

Esta entrevista con Fernando Savater durante la Feria del libro de Santiago de Chile, en noviembre de 2012, a cargo de Cecilia Rovaretti, que me señala Montano. Tiene, por lo menos, un interés doble: la entrevista misma, las respuestas del entrevistado, la contundencia y la ligereza de sus apreciaciones y la gracia con la que salva las trampas de lo consabido, de lo pedestre. Y también, el público que circula por fuera de la pecera, se acerca, mira y trae hasta nosotros, con esos gestos mínimos, la ciudad que se mueve allí cerca.

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mardi 22 janvier 2013

Cada vez que pronuncia una frase su vida se acorta

Mi amigo Marcelo Maturana ganó el Concurso de cuentos Paula 2012 con el relato Las Estaciones de la noche. Como a Maturana no le gusta hablar en público y sabiendo que en la ceremonia de premiación le pedirían que hablase, escribió este cuento cursi y le pidió que hablase por él. 

 

Buenas tardes. Yo no estaba nervioso, pero durante el día tantas veces me han preguntado si estaba nervioso, que he terminado poniéndome nervioso. Es que soy muy sensible al efecto placebo. Y estoy aún más nervioso porque vi que uno de los finalistas anda con un libro en la mano, un libro cuyo título es El funeral del señor Maturana.

Supongo que ahora tendría que hablar, decir algo, más allá de mis agradecimientos a la revista Paula por organizar el concurso, a la UDP por colaborar y publicar el libro, al jurado por su arriesgada decisión, a los amigos y parientes por venir esta tarde a acompañarnos, y también a los finalistas, por no haber ganado.

Tendría que hablar, pero a mí no me gusta hablar. Los que me conocen de cerca lo saben: no me gusta hablar. Tengo muy buenas razones para ello, razones que no es del caso explicar aquí. Traumas infantiles que ahora no puedo detallar. Piensen lo que quieran. Pero tal vez pueda arrojar un poco de luz sobre una de esas razones, contándoles un cuento bastante cursi que funciona, tal vez, como una fábula didáctica e imperiosa.

Se trata de la historia de un hombre que era un poeta natural. Este hombre no escribía nada –no sabía escribir–, pero cada vez que hablaba lo que salía de su boca eran siempre unos versos extraordinarios que dejaban a todo el mundo maravillado. Esos versos eran involuntarios, espontáneos, casi inconscientes, y se referían a cualquier cosa que el poeta natural intentara describir o explicar. Eran versos inevitables. Y eran, por lo general, versos aislados que no se organizaban en poemas, salvo especialísimas circunstancias de las que yo, al menos, no tengo una idea muy clara. Pero a veces ocurría. Eran versos de todo tipo, con métrica y sin ella, con rima y sin ella, suscitados por cualquier situación cotidiana de la aldea donde vivía este poeta natural. Éste es un cuento cursi, y por lo tanto su acción se desarrolla en una aldea, como corresponde.

Todos los habitantes de la aldea le preguntaban cosas al poeta natural, trataban en todo momento de hacerlo hablar, de conversar con él, para poder así escuchar esos versos increíbles que, por otro lado, nadie anotaba, porque ésta era una aldea donde nadie sabía leer ni escribir. Los versos, apenas dichos, desaparecían, eran olvidados. Pero los aldeanos sí podían apreciar la belleza de esas frases y esas palabras que, a pesar de sí mismo, sin proponérselo, pronunciaba el poeta natural cada vez que se veía obligado a decir algo. Y es que él no podía sino hablar de esa manera cautivante y misteriosa.

El poeta natural, sin embargo, hablaba muy poco. Lo hacía sólo cuando era absolutamente indispensable, en versos ojalá breves, como arrepentidos, y si le era posible prefería comunicarse sólo con gestos, lo que siempre causaba en los demás una profunda decepción. Él trataba de no abrir la boca. De hecho, había optado por retirarse a una cabaña en las afueras de la aldea, que es también lo que corresponde en un cuento cursi como éste. A pesar de su aislamiento, los aldeanos y las aldeanas lo perseguían y lo acosaban para que hablara, para que dijera cualquier cosa, por el puro placer de escucharlo, aunque fuese un placer olvidado enseguida. El poeta lo evitaba tanto como le era posible. Y él sí que tenía buenas razones para ello.

No me pregunten por qué, porque lo ignoro, pero el hecho es que, con cada verso, largo o corto, que salía de los labios del poeta natural, él perdía inexorablemente un día de su vida. No conozco la razón ni la mecánica de esta triste magia, pero era así. Seguramente, era debido a alguna de esas razones embrujadas que abundan en las fábulas. Ustedes pueden entretenerse imaginando los antecedentes enigmáticos de esa suerte de mala suerte, esa especie de maldición paradójica que amenazaba en todo momento al infortunado poeta natural. La verdad es que, cualquiera fuese la causa de este castigo anónimo, su vida se acortaba en un día cada vez que él pronunciaba una frase, frase que siempre, siempre, consistía en un verso originalísimo, fuera verso libre, o endecasílabo, u octosílabo, o lo que sea: de eso yo no sé ni entiendo mucho. Pero cada frase-verso significaba para él un día menos. Y él, parece que por instinto, lo sabía.

El poeta se había ido aislando cada vez más, se refugiaba en su cabaña y en su mutismo, porque adivinaba oscuramente, si no con la lógica del intelecto, al menos con la sabiduría conjunta del cuerpo y del alma, cuáles eran las peligrosas consecuencias que tenía en él un acto en apariencia tan banal e inofensivo como hablar, aunque lo hiciese en versos inimitables y efímeros... O quizás precisamente por eso.

A veces, en la más rotunda soledad, odiaba con todas sus fuerzas ese curioso don que le había sido otorgado no sabemos por qué ni por quién, y que era a la vez una espantosa condena, avivada cada vez que lo asediaban sus porfiados oyentes. Rumiaba en sus pensamientos alguna manera de descubrir un antídoto que anulara esta supuesta maldición, ideada por alguna deidad o demonio, o bien esta simple condición natural de ser eso: un poeta natural combustible al fuego de sus propias y hermosas palabras. El poeta, para sobrevivir, se parapetaba en el silencio.

Llegó el día en debía celebrarse en la aldea el advenimiento de la primavera. Las pocas calles de tierra se llenaron de cantos y de bailes y de extraños ritos desvergonzados, simbólicos, arrebatadores, que no es posible precisar aquí; por pudor, naturalmente, y también por falta de tiempo. El poeta natural oía el barullo desde su cabaña y suspiraba sin decir palabra. De pronto apareció por allí una pequeña turba, hombres y mujeres jóvenes que venían a buscarlo, y aunque se resistió como pudo lo arrastraron al centro de la aldea. «¡Háblanos, di algo, lo que sea! », le gritaban, pero él mantenía la boca cerrada.

De pronto, como suele ocurrir en los cuentos cursis, apareció la más hermosa muchacha de la aldea: siempre hay una muchacha que es la más bella de todas, y su presencia suele traer consecuencias inesperadas o terribles. Esta mujer invitó al poeta natural a bailar, y él no pudo o no quiso negarse. Y así, bailando y girando, mareados los dos por la cerveza artesanal, fueron a dar, en una carambola, envueltos en una nube de polvo, a la pequeña casa de colores de esta muchacha que, oh sorpresa, vivía completamente sola. Es que era una joven con mucho carácter, y las tradiciones patriarcales de aquella aldea paradigmática la tenían sin cuidado, le importaban un soberano pepino.

Pasaban las horas. Era ya medianoche y estaban los dos frente a frente, sin tocarse, en la habitación de la mujer más bella y seductora de la aldea. Se miraban a los ojos, por supuesto, ya que éste es un cuento cursi; se observaban el uno al otro bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Y con su mirada ardiente ella le comunicaba sentimientos que le salían del corazón mismo del deseo, y que sin duda eran percibidos por el poeta natural como ideas o proposiciones encantadoras, irresistibles, puesto que de pronto, sin poder contenerse, le respondió con un largo verso emocionado. La muchacha creyó ver allí su propia imagen, como en un espejo de palabras que la embellecían aún más. Ahora era ella la que estaba fascinada. Sus ojos irresponsables, olvidadizos o ignorantes, le pedían al poeta natural que continuase hablando, que no se detuviera nunca.

No sé si fue la famosa flecha de Cupido lo que desencadenó los acontecimientos, pero el caso es que el poeta se puso a hablar y hablar, como un enajenado que largaba versos uno tras otro, mientras su amiga lo escuchaba extasiada. Y él, viendo el efecto que tenían en ella sus palabras, no podía ya contenerse. Le decía toda clase de cosas inimaginables por nosotros, y todo en forma de versos de increíble belleza, ya fuesen oscuros o luminosos, herméticos o coloquiales, arcaicos o futuristas. No está claro si era una antigua y reprimida vanidad latente, o bien la ponzoña del peligroso amor, aquello que impulsaba en él esta verborrea exquisita, íntima, sorprendente, emotiva, filosófica incluso. Pero la verdad es que el poeta natural estuvo hablando así toda la noche.

La muchacha, inmune a la fatiga, lo oía embelesada. Llevaba, de hecho, varias horas escuchándolo, sin pausa, cuando la claridad del sol empezó a adelgazar las fibras de la oscuridad de la noche. Ese cambio de luz fue para la mujer como el encendimiento de una ampolleta dentro de su cabeza, como la mordedura iluminada del insecto de Edison cuando aún permanece vivo en su capullo no orgánico. Una ampolleta que aún no se había inventado pero que la hizo recordar esa curiosa maldición que, según rumoreaban en la aldea, pesaba sobre el poeta natural como un mortífero reloj de arena. La recorrió entonces un escalofrío, y con un grito de angustia onomatopéyica se abalanzó sobre él para acallarlo, para sellarle la boca locuaz con un beso inexpugnable. Apretó sus labios contra los del poeta como si restañase una herida letal.

Pero ahora él había cobrado una conciencia lúcida de su propio arte. Se maravillaba de ese vertiginoso talento natural que poseía. Estaba aprendiendo a escucharse a sí mismo. Y, consciente de los poderes de su voz en el preciso momento del beso, se dio cuenta de que se encontraba nada menos que en la mitad del verso más extraordinario y definitivo que jamás hubiese pronunciado. Quizás fuera eso que se llama un hemistiquio, no lo sé, pero el caso es que, pese a toda la energía centrípeta de aquel beso profiláctico y desesperado, el poeta natural logró balbucear, entre los dientes que lo mordían como quien quisiera tapar el sol con un dedo, logró, digo, balbucear las palabras finales que completaban el verso. Le pareció que con ellas podía detener el tiempo y pisar la dulce arena de la eternidad. Eso es lo que sintió el poeta natural mientras la muchacha lo besaba. Y, acto seguido, murió en sus brazos.

© Marcelo Maturana

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Milena Vodanovic, directora de Paula, y Marcelo Maturana

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dimanche 20 janvier 2013

La carcajada

En la mesa vecina, un grupo habla en una lengua que no entiendo, que ni siquiera distingo. Puede ser eslovaco o esloveno. De pronto, en medio del flujo regular de las palabras estalla una alegre carcajada compartida. Uno de esos sonidos incomprensibles la provocó.

Por más habituado que estés, siempre sorprende.

C

Óleo de Robert Henri

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samedi 19 janvier 2013

El leche derramado de Chico Buarque

En la cama de un hospital público yace un viejo aristócrata brasilero. Todas las acepciones del verbo yacer se avienen a su caso, menos la bíblica. Yace, digo, y sobre todo habla. Cuenta una y otra vez la misma historia, vuelve incansablemente al mismo punto de partida, a saber el abandono que le propinó su mujer.

Si con la edad nos da por repetir ciertas historias no es por demencia senil sino porque esas historias no dejan de repetirse en nosotros hasta el fin de la vida, afirma. Se lo dice a una enfermera, a algún camillero, al visitante ocasional de otro enfermo, al que se ponga al alcance. Pero a ustedes nada de esto les interesa, reclama, y suben el volumen del televisor por encima de mi voz ya trémula.

El remordimiento es memoria viva, decía alguien. En su caso, su memoria más que reconcomerse necesita desenmarañarse, tomar forma, formularse. Así es como cuenta cómo era Rio de Janeiro cuando al Corcovado aún no lo coronaba el Redentor, cuando llegar a la Marambaia costaba mareos y pérdidas. Un Rio semirural que ya tenía un pasado que quiso ser imperial y aún no imaginaba que sería la megapolis que es hoy. Tardó en convertirse en megapolis el espacio de una vida, la de este viejo que habla.

En ese espacio, la aristocracia, el clan del viejo que habla, ha perdido buena parte de sus privilegios, ha visto su leche derramada. Esto no quiere decir que sus entonces criados se hayan saciado con ella. O  sólo en parte. El viejo lo sabe, lo acepta e intenta, aquí y allá, donde cree que aún puede, una postrera rebelión de terratiente, sobre cuyas tierras magníficas de pasado se multiplican hoy las feas barriadas del presente.

En su relato se mezclan los tiempos y la trágica muerte del bisnieto, traficante de drogas, se confunde con el fin también trágico del tatarabuelo senador. Es raro tener recuerdos de asuntos que aún no ocurrieron, reflexiona, en medio de unos destellos de humor (en un diálogo con unos policías hacia el final del libro, el viejo les pregunta: ¿están felices aquí o quieren volver a África?). Su clase y su familia han sufrido afasias varias pero eso está lejos de ser su caso. Si se le ha ido el poder de las manos, le queda un último destello de expresión, este libro.

Que me parece la mejor de las tres novelas que he leído de Buarque (Estorvo, Budapeste). El portugués de su autor combina cultismos y barbarismos con suntuosa fluidez. También su nombre es un acierto. Montano me hace notar que el nombre de algunos fluidos primarios como la leche, la sangre, la miel son masculinos en portugués (y en francés e italiano), lo que crea una inquietud que brasileros y portugueses no notan.

Hubiese pagado por traducirlo. Pero como dice otro amigo, las guapas siempre vienen con el novio.

C

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lundi 14 janvier 2013

El matrimonio del roble con el haya

Cruzo a diario un bosque pequeño. No me atrevo a llamarlo bosquecillo porque, a pesar de su tamaño, me impresiona. Es, más bien, un islote boscoso que quedó atrapado en medio de la ciudad, un remanente del gran bosque que alguna vez lo cubría todo. La gente ha ido abriendo diagonales para ir de un barrio a otro, la municipalidad ha apisonado algunos de esos caminos y, en un cruce, ha instalado incluso un banco y un basurero. Pero casi nunca hay nadie por allí. Algún perro paseando a su amo, y poco más. Antes solía haber grupos de muchachos fumando porros pero, desde que pueden fumarlos en cualquier lugar, ya no se toman la molestia de venir hasta el bosque. Tampoco se ven animales, aparte los pájaros, carpinteros, agateadores o trepatroncos sobre algún acacio o abedul, algún haya o roble, como los de la foto, algún sorbal o pruno.

Nunca es tan luminoso este bosque como en un día de nieve como hoy. Ni siquiera en una tarde de calor en pleno junio, porque entonces la copa de los árboles lo ensombrece y el sotobosque está cubierto de arbustos y de lianas. Ahora, en enero, la luz sobre la nieve lo vuelve transparente y las ramas desnudas alcanzan a tocar el cielo.

MRH

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vendredi 11 janvier 2013

El asesino de Masud trabajaba en el supermercado

La explosión del día y una foto del comandante Masud me recuerdan que conocí a su asesino.

Dahman estudiaba periodismo y trabajaba en el supermercado de la esquina. Me lo topaba a menudo en uno y otro sitio. Si hablamos alguna vez fue sobre el tiempo, los horarios. Era simpático.

Dos días antes del 11 de septiembre de 2001, un equipo de televisión le pide una entrevista a Masud en su puesto de comandancia del norte de Afganistán. Masud, el león de Panshir, el héroe de la guerra contra los soviéticos, exministro de defensa y combatiente en activo contra los talibanes que controlan, por ese entonces, buena parte del territorio afgano, debe viajar ese día a Tayikistán por lo que duda antes de concederles diez minutos a los chicos de la prensa. Estos, periodista y camarógrafo, se presentan como belgas de origen marroquí que trabajan para ANI-TV, Arabic News International.

Que qué piensa de Osama Ben Laden, le pregunta a bocajarro Dahman, para abrir el fuego. Masud estalla en una carcajada. La pregunta es abrupta porque ambos hombres, Masud y Ben Laden, son los líderes de las dos facciones rivales que se disputan Afganistán, Ben Laden de los talibanes, Masud de la Alianza del norte. La pregunta equivale a mentar al diablo en la casa de Dios, o al revés.

Estalla Masud en una carcajada y, haciéndose eco, el camarógrafo activa la bomba que lleva escondida y desata la explosión. Masud resulta herido de muerte y el camarógrafo kamikaze muere instáneamente, así como otros dos testigos. Dahman salva con heridas superficiales e intenta huir, pero lo abaten los guardaespaldas de líder afgano, quien muere poco después en el helicóptero que lo transporta al hospital.

Que el atentado tuviese lugar dos días antes del de las Torres gemelas significa, probablemente, que Al Qaeda quería impedir que Masud liderase en Afganistán la que sería una represión implacable tras el 11-S. Masud había alertado en abril de ese año en el Parlamento europeo, en Estrasburgo, sobre el peligro que representaba la alianza entre Al Qaeda y los talibanes afganos y la complicidad de los servicios secretos pakistaníes. Era el hombre a abatir para Ben Laden, su enemigo jurado.

Dahman presentaba el perfil perfecto para la operación. Árabe europeizado, periodista, francohablante, conocía y manejaba los códigos que le permitieron abrirse paso hasta Masud, munido de un pasaporte belga, de una carta de recomendación de un prohombre islamista y de una cámara y unos equipos robados a la televisión francesa FR3 en Estrasburgo precisamente. La foto, que muestra a Dahman en primer plano y a su cómplice y camarógrafo cubriéndose la cara a su izquierda en el avión que los lleva a Kawja Bahaudinne, el refugio de Masud en el norte afgano, fue captada por un equipo de prensa francés que intentó también entrevistar a Masud, sin conseguirlo.

D

Nada, o todo, predisponía a Dahman para tales faenas. Había nacido en el seno de una familia de clase media en una ciudad de provincias de la costa tunecina, y un recorrido compartido con tantos magrebíes instruidos lo había traído hasta una universidad europea. Se casó, se divorció, no encontró un trabajo a su gusto, comenzó a frecuentar una mezquita extremista, se casó en segundas con una pasionaria islamista y en un sí es no estaba en un campo de entrenamiento de Al Qaeda en Afganistán, donde recibió y cumplió la orden de matar a Masud, el enemigo de Ben Laden.

Dahman, el del supermercado de la esquina.

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mercredi 9 janvier 2013

No problemo

Oigo decir que trabajar consiste en resolver problemas. Que la vida es resolver problemas. Puede ser.

Tiempo atrás se puso de moda el verbo procrastinar, dejar para mañana la búsqueda de soluciones. Rrose Sélavie fue más lejos, por su parte, cuando simplificó radicalmente la problemática afirmando que no hay solución porque no hay problema. O, como dicen los guiris, no problemo. Hoy lo que se lleva es resolver los problemas antes de que se presenten. Por mi parte, confieso que mis problemas favoritos son los que se resuelven solos.

Pero bueno, no venía yo a hablar de artistas sino de gente sensata como Henri Queuille, el padrino político de Mitterrand, quien sostenía que la política no consiste en resolver problemas sino en acallar a aquellos que los plantean. Después de acallar a unos cuantos -fue ministro de la República francesa en veintiuna ocasiones-, todavía se dio el tiempo de mejorar su aserto: No hay problema cuya ausencia de solución no acabe por resolverlo, dejó dicho.

Tanto seso y seny, que son lo mismo según don Corominas, le fueron recompensados póstumamente con la placa recordatoria que cuelga abajo y, en vida, con la asignación de su dulce nombre (Queuille suena como una síntesis de los dos componentes del material genital masculino) a una variedad de rosa. Algo aproblemada se la ve a la Rrose Queuille. Confiemos en que no tardará en resolverse.

Q

Recapitulando: No hay solución porque no hay problemo (aporte de J.A. Montano).

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lundi 7 janvier 2013

Renoir, el padre, el hijo y el espíritu pelirrojo

Visto Renoir, de Gilles Bourdos.

El filme cuenta la últimos días del pintor Renoir en la Costa Azul, desde la muerte de su mujer y la llegada de la que sería su última modelo, Dedée. Su hijo Jean, quien se convertiría más tarde en el célebre cineasta, es herido en el frente de los Vosgos durante la Primera Guerra y vuelve a la casa paterna para recuperarse. Ese triángulo, padre, hijo y modelo, es el ojo de la historia. 

El padre, el hijo y el espíritu colorín, que no santo, de la modelo. El viejo pintor no se interesa más que por la textura de su piel (le velouté de la peau d'une jeune femme), no está disponible para confidencias y a falta de modelo pintará manzanas o limones.

El hijo, tal vez. Además es joven y pronto dará el paso de la imagen fija de la pintura paterna a la imagen animada del arte del futuro, el cine. El viejo reserva sus ya escasas fuerzas para pintar e intenta mantener lejos el horror de la guerra y la inminencia de su propia muerte. El hijo, en cambio, en cuanto se recupera decide retomar el combate, contra la opinión del viejo. Pero el enfrentamiento entre padre e hijo se resuelve en el abrazo del adiós y, para ambos, para el viejo pintor y el joven cineasta, Dedée, la modelo, será la egeria. 

De este triángulo se queda fuera Coco (Claude), el hijo menor, adolescente, y no por falta de ganas de participar. No le falta espíritu ni lucidez al zagal. «Vives en una casa donde cuelgan las más hermosas telas del mundo y tú pegoteas en las paredes de tu cuarto horribles imágenes de la guerra», le reprocha Jean a Claude, quien le devuelve a su hermano con una descripción de su situación que resume la paradoja de la guerra: «Estás en casa porque estás herido. Si estuvieses sano, ya estarías muerto».

Conforta saber que también Claude vivió malos años pero tuvo una buena vida. Experto en la obra paterna, fue resistente durante la ocupación alemana y terminó sus días como ceramista, el primer oficio de su padre.

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samedi 5 janvier 2013

Día de Reyes

Por estos días, en estas regiones, la tradición consiste en comer la galleta del rey, una tarta de hojaldre rellena con mazapán y con una alubia o poroto o, a veces, con una figurilla del pesebre.

El juego consiste en cortar y repartir la tarta según el número de comensales, de manera que el que encuentre la alubia o la figurilla se corone rey e imponga su ley mientras dure la ceremonia. Es una tradición, como decía, y los antiguos se la tomaban en serio, porque durante la epifanía el rey de un día hacía de las suyas, lo que, por lo fundamental, consistía en comer y beber él y su corte, como muestra el cuadro de Jordaens. Mirándolo de cerca en el museo, en Bruselas, pensaba que este rito de la alubia es una suerte de ancestro de la lotería de Navidad, donde el afortunado se convierte también en el centro de la fiesta, la distancia que lo separa de sus deseos se acorta brevemente y los demás están ahí para recordárselo. Una anticipación de la democratización de la monarquía. Como dijo una vez ZP, cualquiera puede ser Presidente de Gobierno pero da la casualidad de que el Presidente soy yo.

Jordaens pintó varias versiones del cuadro. En todas ellas el rey es -como si también fuese una casualidad- su jefe y suegro, y los celebrantes son sus parientes y amigos. De todos ellos, incluido el gaitero, la mirada se me va hacia los niños, los únicos que, desde su falso primer plano, salen de la escena y renuncian a mirar al rey. Esos niños que son los adultos de la fiesta.

J

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jeudi 3 janvier 2013

La flor del avellano

El año comienza el dos de enero. El día primero es un intervalo, como el solsticio, antes de que gane nuevamente la luz, que comienza a aumentar a partir de esta mañana. Ayer, en la autopista, vimos por fin los candelabros de los avellanos, las candelillas, la avanzadilla de la primavera, la primera prueba de que llegará.

Ayer también, mirando a la virgen de la barca en el Sablon de Bruselas, aprendimos una nueva palabra, el ommegang, la procesión, el ir y venir. Comienza así un nuevo ir y venir, otro ommegang en la ya larga cuenta de los años. En el Sablon también, y como el primer miércoles del mes el museo es de los impecunes, pasamos a saludar al viejo Bruegel.

La luz, decía. La luz que está de vuelta y es silencio y, como quiere Jordá, está sobre los húmedos labios de la niña que duerme en esa cuna de madera.

NDS

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