vendredi 31 mai 2013

El método Barenboim

Biopic de Wagner en la tele, donde el sajón queda como chaleco de mono. Que fue antisemita ya lo sabía yo. Y el compositor favorito del Fürher, también, tanto como que el nazismo usó y abusó de sus orquestaciones. Lo que ignoraba es que tanta presunción, como la suya, cupiese en un individuo de baja estatura. Comento con mi tío este detalle de los centímetros, y me renvía a mis clásicos, recordándome la talla de Wagner, el pianista de la Castafiore.

Escuchar la música de Wagner puede ser una experiencia conmovedora, para qué estropearla con los trapicheos del hombre que la compuso. No se necesita saber mucho sobre el creador para apreciar la obra, y hay casos en que es mejor no saber nada. Wagner puede ser uno de esos. Pero ya se sabe que la curiosidad mata al gato, y ahora cuando escucho el adagio de Lohengrin asoma efectivamente un gato. Muerto. Me ha pasado con más de un compositor romántico, cuya música asocio ya inevitablemente a los falsos clímax de las teleseries que tenía que tragarme a la hora de almuerzo en Sudamérica. Música romántica y chanfaina de bofe.

Pues bien, leyendo el último libro de mi amigo Mário Mesquita, me entero de que hasta hace pocos años la música de Wagner nunca había sido interpretada en Israel. Un par de intentos en esa dirección se saldaron con la presencia de sobrevivientes de los campos de la muerte en el escenario, impidiéndolos. Hasta que un día, Daniel Barenboim, argentino educado en Israel, volvió a la carga y propuso a Wagner en el programa que iba a dirigir en Jerusalén. Ante la oposición de las autoridades, Barenboim debió echar pie atrás. Pero a la hora de los bises, durante el concierto, el director se dirigió directamente a los espectadores preguntándoles si querían escuchar a Wagner.

Un grupo de éstos le gritó de todo, sinvergüenza, vendido y renegado. Barenboim los invitó a subir al escenario a exponer sus argumentos. Al cabo de un debate de cerca de una hora, y comprobando que quienes se oponían no llegaban al cuarto del aforo, los invitó cortésmente a abandonar la sala para permitir a la mayoría escuchar a Wagner en buenas condiciones.

Se me ocurre que el método Barenboim para neutralizar a los excitados de las primeras filas será de amplio espectro, aun si hay salas que no se pueden abandonar tan fácilmente. Espero no olvidarlo el día en que las papas quemen.

W

Wagner al piano, óleo de Harry Everett Townsend

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dimanche 26 mai 2013

La palma o la palmeta

Año a año a estas horas reparten palmas en Cannes. Tras una semana de exhibiciones, el espectáculo puede estar también en la sala de prensa, allí donde directores, actores y periodistas practican el ritual de la conferencia de prensa, ejercicio de autoelogio desechable si no es porque alguien suelta una tirada.

Hace un par de años fue el danés Von Trier quien, cuando presentaba su por lo demás espléndida Melancolía, se mostró comprensivo con Hitler. Este año la palmeta se la disputan Ozon y Polanski. Ozon afirmó, en la presentación de su filme Jeune et jolie, que la fantasía de prostituirse la comparten todas las mujeres. La prostitución, ya se sabe, es un asunto candente, y en Cannes mueve más dinero que la venta de películas. Polanski, quien ha adaptado una pieza del patentador del masoquismo, Sacher-Masoch, La Venus de las pieles, sostuvo, por su parte, que las mujeres se han masculinizado por culpa de la píldora y otras sandeces por el estilo.Tanto Von Trier como Ozon se desdijeron al día siguiente. La tirada de Polanski data de ayer, así que ya veremos.

Algo habrá de calculado truco publicitario tras estos desmanes orales. También será que estos hombres se han pasado varias semanas dando vida a sus fantasmas, como quiere el tópico, túnel del que emergen en una sala de prensa rodeados de cazadores de leones. Y, también, que un director de cine, como otro parroquiano cualquiera, suelta muchas sandeces si le tiran de la lengua y nuestra época adora escucharlas, escandalizarse en seguida, obtener unas rápidas excusas y recomenzar.

Es como si necesitáramos todos ser reconfortados en nuestras certidumbres. Si hay algo que ha cambiado en el mundo, en el mundo civilizado, por llamarlo de alguna manera, es la condición de las mujeres y la condena a los totalitarismos. Así que cuando alguien pone en duda estas cuatro verdades en una tribuna pública (en la intimidad de los hogares, allí donde Aznar habla catalán, cada cual es libre de soltar las tiradas que quiera), no se lleva la palma sino una palmeta.

VT

Lars Von Trier

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samedi 18 mai 2013

Chilean Holly

Tiempo que no voy camino de Santiago. Lo noto porque asocio cosas con otras, que no vienen al caso. Por ejemplo, leo una novela en que el protagonista quinceañero aprieta en su bolsillo el cortaplumas cuando alguien se acerca, y me da por acordarme de otro que hacía otro tanto cuando comenzaba a salir de noche por las calles de Santiago. STP, decía Lira: sorteas tantos peligros.

El quinceañero de la novela es muy listo, un as de la esquemática, y sin embargo carece de habilidades sociales: va por ahí diciendo las cosas por su nombre, porque no soporta la ambigüedad. Mal negocio ése: lo explícito y lo implícito pueden combinarse a distintas dosis, pero no pueden dejar de combinarse.

El librito me lo he leído para pensar en otra cosa, siguiendo la recomendación de Ian McEwan, y también porque me lo regaló la Mac. Trata de lo mismo de siempre, del niño que va de los Apeninos a los Andes, en este caso from Swindon to London, en busca de su madre, pero tiene un interés añadido a su humor inglés y su suspense a lo Conan Doyle, y es que presenta unas cuantas fórmulas, irresistibles para los que somos de letras. Esta se me ha quedado: para que las cosas funcionen se requieren tres condiciones: que las cosas se copien a sí mismas (mímesis 1); que las cosas se repliquen con un pequeño error (mímesis 2); y que esa error se transmita a las copias venideras (mímesis 3).

D

Pero, bueno, cosas con otras, lo que iba a decir, antes de irme por las ramas, es que me entero por el Atlas de Gay de que hay en Chile un arbusto que se llama Desfontainea spinosa. Flores rojas como copihues y hojas de acebo, por lo que en inglés se le llama Chilean Holly. Me pregunto quién le habrá dado esos nombres tan guapos, disculpen que los repita: Desfontainea spinosa, Chilean Holly.

Otro de sus nombres comunes es borrachero, basta mirarlo para marearse, aunque también puede uno hacerse con sus hojas un té. Los mapuches, que se daban coraje antes del combate bebiendo chamico, lo llaman chapico. Los chibchas, por su parte, «daban chicha fermentada con semillas de brugmansia a las mujeres y los esclavos de sus jefes muertos para provocarles estupor antes de ser enterrados vivos junto a sus esposos o amos». Pero los chibchas no eran chilenos, como Alexis, sino colombianos como Radamel. Y esto lo digo para que se me entienda.

Así que, como dificulto que encuentre un ejemplar de Chilean Holly chez Oh! Green, creo que tendré que ponerme una vez más camino de Santiago.

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samedi 11 mai 2013

El día de las lilas

El momento del año en que maduran las lilas. En el jardín de Materlín las hay blancas y lilas. El color de las lilas blancas se pasa varios pueblos del blanco, mientras que el de las lilas lilas se acerca al añil, al azul paquete de vela, al azul da seda azul do papel que envolve a maça. Este año el día de las lilas ha llegado este once de mayo. Como siempre, hago unas par de fotos por mera manía de registrador, porque sé que la sensación que se desprende de las lilas esta tarde, esa carga de húmedo perfume, no cabe en una foto. Debería ser capaz de pintarlas, me digo a veces. Pintar obliga a mirar mucho, antes y después. Y de eso se trata, supongo, de mirar y de sentir demoradamente. El lilero no tiene mucha gracia fuera del momento de la floración. El fruto es más bien feo, el follaje es oscuro e inexpresivo y el ramaje -el porte- es algo desgarbado. Tampoco valen las lilas para los floreros, donde se marchitan en seguida. Toda la gracia de la que es capaz, el lilero la pone en el momento de la floración. Que es éste, el de esta tarde, ahora mismo.

L

Lilas au soleil, óleo de Claude Monet

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jeudi 9 mai 2013

El Gran Nick del Gran Gatsby

No se crea que he releído El Gran Gatsby por el inminente estreno de una nueva película (la cuarta, creo) basada en la novela de Scott Fitzgerald. Lo he releído por el precio: tres euros por la edición de Penguin y 2, 90 por la traducción al francés de J-F Merle, publicada por Pocket; la traducción al español la dan de yapa en la Red pero es una chapuza impresentable. 5,90 en total, más barato de lo que me costará la entrada al cine, de donde saldré diciendo, como la cabra de Wilder, que me gustó más el libro.

Una tía mía en cuanto te pone un plato en la mesa exclama: ¡Espero que te guste, al precio que está la carne! Por lo visto, me parezco más a ella que a Gatsby, que daba fiestas ostentosas en su mansión de Long Island como si no le costara lo más mínimo darlas, como si las diese por casualidad, mero hábito, o ejercicio natural de confraternidad. Gatsby, que no hubiese caído jamás en la ordinariez de hacer cuentas delante de sus invitados.

Iba a señalar un par de detalles sobre la novela pero antes se me ha ocurrido releer la excelente crítica del cura Valente -la mejor novela norteamericana la llama Valente, a coro con Harold Bloom- y veo que me deja poco por añadir. Tal vez sólo mencionar que he seguido más de cerca al narrador, Nick Carraway, que al triángulo mimético que componen Gatsby y su rival, Tom Buchanan, y su Daisy querida de ambos. Nick Carraway, el que ve y cuenta la aventura de su amigo, que va de lo ligero a lo trágico, y se deja en ella lo mejor de su juventud, me parece el personaje mejor delineado, entre otras cosas porque se delinea él mismo.

«En mis años mozos y más vulnerables mi padre me dio un consejo que desde aquella época no ha dejado de darme vueltas en la cabeza. 'Cuando sientas deseos de criticar a alguien', fueron sus palabras, 'recuerda que no todo el mundo ha tenido las oportunidades que tú has tenido'», cuenta Carraway al inicio de la novela, y cumple con esta propuesta en su tarea de transmitirnos la historia. Se apega a los hechos pero no se esconde tras de ellos, no renuncia a su punto de vista. Su implicación en los hechos es total pero su manera de narrarlos está cargada de perplejidad y de distanciamiento.

Y dos detalles más. Por la novela me entero de que los gringos juegan al escondite (a la escondida) al revés, juego al que llaman Sardines in the box: uno se esconde, el primero que lo encuentra se esconde con él, el tercero también y así hasta el último.

También me pregunto si a un personaje como Wolfsheim, el socio hebreo de Gatsby, que dice Oggsford en lugar de Oxford y gonnection por connection, se le podría pintar así en una novela de hoy, de qué otros trucos habrá que valerse ahora para caracterizarlo.

G

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