La leyenda cuenta que en las últimas horas de Franz Schubert, que murió a los 31 años, sus amigos tocaron para él el cuarteto n° 14, opus 131, de Beethoven. Se trata del penúltimo cuarteto que el maestro de Bonn compuso y para muchos representa la cima del arte de la música de cámara y tal vez de la música tout court. Como Beethoven quiso que el 131 sonase de una sola vez, sin intervalos entre los movimientos, los cuatro instrumentos van forzosamente desacordándose durante los cuarenta minutos que dura su interpretación, y los instrumentistas deben componer con esa dificultad añadida.

Con ese predicamento, una historia sobre la súbita discordia entre los miembros de un afamado y afiatado cuarteto de cuerdas está servida. Es lo que presenta A Late Quatuor, de Yaron Zilbermann. Las dificultades que amenazan la existencia de un cuarteto se presentan por partida cuádruple. ¿Se romperá la cuerda que une desde hace un cuarto de siglo a los cuatro instrumentistas? La cuestión es tópica y la respuesta redundante: ¿qué hace que los miembros de un cuarteto, tanto como los de un dúo o los de una orquesta sinfónica, superen la entropía que amenaza cualquier micromundo, compuesta por sus propias miserias, y perseveren en su propósito? ¿La música?

Previendo esa conclusión, mi vecina de asiento tiene la buena idea de soplarme al oído una interpretación mejor: el arte, me dice, para alcanzar la excelencia necesita de la armonía tanto como del ramalazo del conflicto. A partir de ahí, los rollos de celos cruzados pasan a  interesarme tanto como la música de Beethoven.

Tiempo atrás me hice con la serie completa de los cuartetos de Beethoven, en la versión del cuarteto Alban Berg, y desde entonces los he venido escuchado a diario. Y ayer, antes de ir al cine, sin saber que vería A Late Quatuor, comencé a leer Musicofilia, de Oliver Sacks. Estas sincronicidades no tienen mayor importancia. Por eso hay que contarlas.