Al joven marinero Narcisse Pelletier lo abandonó la goleta en que viajaba en las costas del norte de Australia a mediados del siglo XIX. Tenía 18 y vivió otros tantos entre los aborígenes australianos uutaalnganu, al punto que olvidó el uso de su lengua materna. Uso que recuperó gracias al empeño del ilustrado Octave de Vallombrun, adelantado de la antropología o de la etnopsiquiatría, signifique esto último lo que signifique.

La historia de Pelletier y Vallombrun la cuenta François Garde en Ce qu'il advint du sauvage blanc. Contraponiendo el relato de la vida del salvaje blanco entre los australianos con las cartas que Vallombrun envía al presidente de la Sociedad de Geografía parisina a partir del momento en que conoce a Pelletier en Sydney y acepta el desafío de acompañarlo en su regreso a Francia. Será un topicazo y olé pero los aborígenes australianos salen mejorados en la inevitable comparación con los científicos parisinos que rodean a Vallombrun en la presentación en sociedad del salvaje blanco.

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Cierro el libro y me voy a ver Jimmy P, psicoterapia de un indio de la planicie, la película de Arnaud Desplechin, recién estrenada, basada en el libro donde el etnopsiquiatra Georges Devereux relata su encuentro con un indio patanegra en Norteamérica al final de la Guerra y la terapia que le permite curarlo de su enfermedad del alma. ¿Cuál es tu nombre de indio?, le pregunta el analista (que cambió su nombre húngaro, Győrgy Dobó, por el de Georges Devereux). El nombre patanegra de James Picard es Oxhonita:he:pyo:p, que significa Todo el mundo habla de mí.

En Sydney, ante el enigma del salvaje blanco incapaz de articular voces comprensibles, el gobernador organiza una junta de europeos que se dirigen a Pelletier cada uno en su lengua, a ver frente a cuál éste reaccionará. Es Vallombrun, el francés, el que le saca palabra. Y lo que le sale al salvaje blanco es su nombre propio deformado por el desuso.