Días atrás vimos Dust, de Marion Hänsel, basada en la segunda novela de Coetzee, En medio de ninguna parte. El filme es de 1985, la novela de 1976 y lo que se cuenta de un tiempo remoto afincado en la Sudáfrica feudal de mediados del siglo pasado. Se trata, pues, de un producto supuestamente caducado. Y sin embargo...

Dust muestra un huis-clos a campo abierto -una finca ovejera en la provincia del Cabo- entre un padre viudo y su hija solterona, acompañados por dos o tres criados negros, que en principio no cuentan para nada. Pero, y ése es el punto de Coetzee, en un momento de la histoira comienzan a contar, y cómo.

En medio de ninguna parte anunciaba Deshonor, sobre todo su volet rural, ese padre y esa hija perdidos en la Sudáfrica profunda (aunque Dust fue filmada en España, supongo que en Almería), ese pesimismo seco que tanto vale para el apartheid como para el post-apartheid.

No es fácil llevar al cine una historia de Coetzee: la precisión y la intensidad de su escritura no son solubles en las imágenes, que pueden ser buenas o muy buenas y siempre se quedan por debajo del texto.

Dust tiene también otro problema, que tal vez quepa cargar finalmente en la columna del haber: en la novela, Magda, la protagonista, es fea y sin gracia alguna. Y la cineasta puso a representarla a una mujer preciosa, una Jane Birkin treintañera completamente à contre emploi. Es decir que uno ve la película tan contrariado como agradecido por ese defase.