dimanche 30 mars 2014

También entendemos un poquito español

Escuchar a unos nacionalistas catalanes hablando en español esta mañana en una radio belga a propósito de su manifestación de hoy en Bruselas me ha recordado una escena que cuenta Ignacio Vidal-Folch en su libro, una situación muy reconocible por lo demás, al menos para mí, porque la he vivido de manera similar a cómo la describe Vidal-Folch:

Encuentro [en Praga] con una pareja de turistas tratando de descifrar el mapa bajo una farola. En el inglés macarrónico que solemos hablar los españoles me preguntan dónde está la boca del metro...
-Please! Do you know where is the Underground station?
-Yes, sure.
Y con ánimo de bromear, prosigo en español con acento checo:
-Sí, yo saber dónde estar metro. Incluso hablo poquito español.
-Ah, but we are not Spanish, we are Catalans -dice él. Y con una sonrisita pícara agrega-: But we do understand spanish also, a little bit.
-También entendemos un poquito español -confirma la mujer.
Me los quedo mirando un instante, y reanudando la marcha mascullo:
-I'm sorry, I don't understand your language.
La pareja estaba bastante perdida y las calles del barrio muy desiertas a esas horas. Tendrían trabajo en orientarse pero espero que todo lo den por bueno con tal de ir por el mundo pregonando su identidad, tan importante.

P

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vendredi 28 mars 2014

Papá, cuéntame un cuento de Ionesco

Hoy hace veinte años que murió Ionesco. Tiempo antes, estuvo en Lovaina y fui a escucharlo a un auditorio abarrotado de estudiantes. Recuerdo a un señor pequeño y nada histriónico, que manejaba con destreza el pañuelo de sonarse. Tras las preguntas de rigor le pidieron que leyese algo y, en contra de lo esperado, no leyó un extracto de La Cantante calva o de otra de sus famosas obras del llamado Teatro del absurdo, sino un cuento para niños. Es decir que no ocupó un registro campanudérrimo sino que prefirió uno campanudillo, para decirlo con las categorías de mi amigo Sámuel. Compré luego el librito y lo traduje para la Josepepita, que por entonces me pedía constantemente lo que suelen pedir los niños: Papá, cuéntame un cuento.

1

CUENTO NUMERO UNO, PARA NIÑOS DE MENOS DE TRES AÑOS, Eugène Ionesco

Josefina ya es una niña grande, tiene ahora treinta y tres meses. Una mañana, como todas las mañanas, Josefina camina despacio hacia la puerta de la habitación de sus padres e intenta abrir empujándola, como haría un perrito. Josefina se pone nerviosa y llama. Sus padres despiertan, pero se hacen los sordos.

Ese día el padre y la madre están cansados. La noche anterior fueron al cine y al restorán, y después del restorán fueron al teatro. Por eso ahora están remoloneando. ¡No es muy bonito ver a sus padres remolonear!   
   
La empleada también pierde la paciencia, abre la puerta del dormitorio y dice:

—Buenos días, señora, buenos días, caballero. Aquí está su diario, aquí están las postales que han llegado, aquí está el café con leche y con azúcar, aquí está el zumo de frutas, aquí están las medialunas, aquí están las tostadas, aquí está la mantequilla, aquí está el dulce de naranjas, aquí está la mermelada de fresas, aquí están los huevos fritos, aquí está el jamón y aquí está su hija.
   
Los padres de Josefina están ahítos porque, olvidaba decirlo, después del teatro volvieron al restorán. No quieren tomar café con leche, no quieren tostadas, no quieren medialunas, no quieren jamón, no quieren huevos fritos, no quieren dulce de naranjas, no quieren zumo de frutas, no quieren mermelada de fresas (que, además, no es de fresas sino de naranjas).
   
—Déle todo esto a Josefina —dice el padre a la empleada— y, cuando haya comido, tráigala de nuevo.
   
La empleada toma a la niña en brazos. Josefina se pone a chillar pero, como es golosa, se consuela en la cocina comiendo el dulce de su madre, la mermelada de su padre, las medialunas de ambos y bebiendo zumo de frutas.
   
—Por Dios, qué tragona —dice la empleada—. Barril sin fondo, saco roto...
   
Y para que la nena no se enferme, la empleada se bebe el café con leche de los padres, se come el jamón, los huevos fritos y también el arroz con leche que había quedado del día anterior.
   
Mientras tanto, el padre y la madre han vuelto a dormirse y ahora están roncando. Pero no les dura mucho. La empleada vuelve con Josefina al dormitorio.
   
—¡Papá! —dice Josefina— …Josefina —que así se llama la empleada—, Josefina se comió todo el jamón.
   
—No importa —dice el papá.
   
—Papá —dice entonces Josefina—, cuéntame un cuento.
   
Y mientras la madre duerme, porque está muy cansada después de la francachela de la noche anterior, el padre le cuenta un cuento a Josefina.
   
—Había una vez una nena que se llamaba Josefina...
   
—¿Como Josefina? —pregunta Josefina.
   
—Sí —dice el papá—, pero no era Josefina. Esta Josefina era una nena. La madre de esta nena se llamaba doña Josefina. El padre de la nena se llamaba don Josefina. La niña Josefina tenía dos hermanas y ambas se llamaban Josefina, y dos primas que se llamaban Josefina y una tía y un tío que se llamaban Josefina. El tío y la tía, que se llamaban Josefina, tenían unos amigos que se llamaban el señor y la señora Josefina, quienes tenían una nena que se llamaba Josefina y un niño que se llamaba Josefina; la nena tenía unas muñecas… tres muñecas, que se llamaban Josefina, Josefina y Josefina; el niño tenía un amiguito que se llamaba Josefina, un caballo de palo que se llamaba Josefina y unos soldados de plomo que se llamaban Josefina.
   
« Un día la niña Josefina fue al parque con su padre Josefina, su hermano Josefina y su mamá Josefina. Allí se encontraron con sus amigos Josefina, con la niña Josefina, con el niño Josefina, con los soldados de plomo Josefina y con las muñecas Josefina, Josefina y Josefina ».
   
Mientras el papá le cuenta este cuento a Josefina, entra la empleada.

—Va a volver loca a esta nena, usted —dice.
   
Josefina le dice entonces a la empleada:

—Josefina, ¿vamos a comprar? —porque, como está dicho, la empleada también se llama Josefina.
   
Josefina se va a hacer las compras con la empleada.
   
El padre y la madre han vuelto a dormirse porque están muy cansados; por la noche fueron al restorán, al cine, de vuelta al restorán, después al teatro y otra vez al restorán.
   
Josefina entra en una tienda con la empleada y se encuentra con una nena que está con sus padres.
   
Josefina le pregunta a la nena:

—¿Quieres jugar conmigo? ¿Cómo te llamas tú?
   
—Me llamo Josefina —contesta la nena.
   
—Ya lo sé —dice Josefina—, tu padre se llama Josefina, tu hermanito se llama Josefina, tu muñeca se llama Josefina, tu abuelo se llama Josefina, tu caballo de palo se llama Josefina, tu casa se llama Josefina, tu bacinica se llama Josefina...
   
Entonces el tendero, la tendera, la mamá de la nena y todos los clientes que están en la tienda se dan vuelta y se quedan mirando a Josefina con los ojos muy abiertos.
   
—No se preocupen —les explica tranquilamente la empleada—. Así son los cuentos idiotas que le cuenta su padre.

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samedi 22 mars 2014

Los detalles

En un capítulo de La Infancia de Jesús, Coetzee se inventa un verso y una expresión idiomática, que cita como si formaran parte del acopio ancestral de la humanidad en su variante anglófona.

El verso: Bread is the way that the sun enters our bodies. El modismo: He does not have an idle bone in his body.

Ambos suenan como si viniesen de la noche de los tiempos, pero ninguno de los dos existía antes de la publicación del libro, por eso digo que se los inventa. Es un viejo recurso estilístico presentar un relato reciente como una historia antiquísima. Es menos común que ese procedimiento recaiga en los detalles.

Dios está en los detalles, que decía Flaubert.

C

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jeudi 13 mars 2014

Nelson en su barrica

Leo Los últimos días de los grandes hombres, subtítulo de un libro de crónicas de Patrick Pelloux, crónicas que publicó en su día Charlie Hebdo.

Uno sabe más o menos cómo vivió cierta gente, no necesariamente cómo palmó, salvo en casos señalados donde la circunstancia de la muerte es determinante, Cristo, Molière o Jean Moulin. Y algo se aprende leyendo. Cristo murió por asfixia, afirma el libro, que es como mueren los crucificados. Y Molière no murió sobre el escenario, como todo el mundo cree, sino sentado en un sillón de su casa.

Además de cronista, Pelloux es médico, así es que se ríe de sus antecesores con propiedad. En tiempos en que las epidemias mataban a media humanidad en cuatro días, los médicos se encargaban de acabar con los debilitados sobrevivientes a punta de lavativas y sangramientos. La medicina, antes del advenimiento de la socialdemocracia, se practicaba a domicilio y los hospitales eran albergues para miserables. Sólo los ricos podían ser tratados por un médico, los pobres al menos de eso se salvaban.

Así las cosas la gente moría joven. De todos los prohombres citados, el único que alcanzó edades propias de la modernidad fue Voltaire. Y si lo consiguió fue no sólo por su rechazo a la brujería en su dimensión religiosa, sino también médica. Nunca dejó que lo confesaran ni menos que lo sangrasen. Así, cuando, a los 83 años, sintió llegar su hora, hubiese querido morir en su casa de Fernet. Pero la familia —su hija adoptiva, su prima, su gobernanta— se empeñó en llevarlo hasta París. El viaje acabó con sus últimas fuerzas y, ya en la Ciudad luz, por entonces lúgubre y fétida, la familia intentó extremaungirlo y se dio al negocio afrentoso de vender entradas para que los curiosos presenciasen en vivo y en directo la muerte del maestro.

Lo reseñable en ciertos casos no es lo que ocurrió en las horas previas al último suspiro, sino en las posteriores. Horacio Nelson, sin ir más lejos, murió como era esperable, tratándose de un gran almirante de su majestad imperial, dando órdenes desde el puente de su navío, tocado por el plomo enemigo, francés en este caso (según Pelloux, no me acuerdo cómo lo cuenta Galdós). Lo notable es lo que ocurrió luego, y es que, para poder prodigarle las merecidas exequias en tanto que señor de los mares, sus oficiales metieron su cadáver en una barrica de gin. Como su navío, el Victory, pasablemente abollado, tardó cinco semanas en ir de Trafalgar a Portsmouth, el almirante Nelson fue por fin enterrado completamente pickle.

N

 

Horacio Nelson, óleo de John Francis Rigaud

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dimanche 9 mars 2014

El ciruelo

Abren las flores del ciruelo a vista y paciencia. En casos así cantamos una canción chilena:

Son los amores como el ciruelo: no esperan la primavera para brotar.

Y para mantener la ilusión le cambiamos la letra:

Serán los amores como el manzano y esperarán hasta el verano para brotar.

Nunca había habido 20 grados en Maeterlinck un 9 de marzo. Hoy fue nunca.

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jeudi 6 mars 2014

La ilusión (2)

Lo que cuenta es la ilusión, no sólo para los artistas, también para el público. Lo cuenta Ignacio Vidal-Folch en su libro, a propósito de un secretillo que le confesó Selen, una estrella porno italiana. Como las ventas de una revista que se publicaba con su nombre decaían, decidió proponer un canje: por seis cupones recortados de la revista los lectores recibirían un regalo íntimamente personal de la actriz.

Ya se imaginan cuál sería el regalito. Pues sí, eso mismo, un vello pubiano de la estrella. Certificado y autografiado. Como hay más fetichistas que pelos en el pubis, la iniciativa tuvo tanto éxito que la pilosidad de Selen no daba abasto y los redactores de la revista, desbordados por la demanda, tuvieron que contribuir con lo que tenían más a mano.

Así fue como los admiradores de Selen recibían dentro de la cariñosa cartita firmada por la pornoestrella («Me hace mucha ilusión que tengas y conserves el resto de tu vida un regalo tan personal y tan exclusivo: una parte de mi cuerpo») un viril pectiniculus de algún redactor de la revista.

Lo contemplarían excitadísimos. Ya lo dice el título, lo que cuenta es la ilusión.

S

Óleo de Robin Rosenthal

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dimanche 2 mars 2014

El ocaso

E

Anochecer en Paranal. Foto de S. Guisard

Melancolía del último domingo del verano en el Cono Sur, ensimismamiento que provoca el ocaso, el sol que se esconde en el mar y ya no vuelve del todo hasta dentro de nueve meses, lo que tarda un niño en nacer. 

No sé si valga la pena ya representarlo. A las imágenes de la puesta del sol las fastidió para siempre, o para largo, la publicidad.

Describirlo tal vez sí. Ciertas descripciones de una puesta de sol en el mar siguen vivas. Largas, como la de Lévi-Strauss durante su primera travesía a América, el famoso Escrito a bordo, que ocupa cuatro o cinco páginas de Tristes trópicos:

La nuit s'introduit comme par supercherie.

O breves, como la de La Eternidad de Rimbaud:

Elle est retrouvée.
Quoi ? — L'Éternité.
C'est la mer allée
Avec le soleil.

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Guillaume y su mamá

Tantos césares le dieron el viernes a Les garçons et Guillaume à table que hoy fuimos a verla. Es una muy graciosa comedia sobre una madre y su hijo que vale, sobre todo, por la estupenda actuación de Guillaume Gallienne en el papel de su madre y de sí mismo. La fórmula del café concert, el monólogo del actor sobre el escenario (el famoso one man show) al que se añade la magia del cine: sevillanas en la Línea de la Concepción, vida de college inglés y una cura termal en Baviera.

La conclusión la pone la voz de Arno y su versión de Vous les femmes.

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