vendredi 31 octobre 2014

¿Y lo mío, lo mío, lo mío, qué?

Montano me recuerda la carta de Savater a su madre, aquejada de alzheimer, que abre su autobiografía. En las visitas que Savater hacía a su madre, una compañera de achaques de ésta se sentaba al fondo de la sala de visitas y proclamaba a voces: ¿Y lo mío, lo mío, lo mío, qué? 

Me recuerda también unas líneas sobre la enfermedad terminal de Cioran, el propio alzheimer. A pesar de haber perdido la cabeza, Cioran habló francés hasta el final, tal como había decidido hacer medio siglo antes. La prueba de que se puede perder la cabeza manteniendo la cabezonería.

Pero qué raro será perder la conexión con la memoria, apartarse del propio pasado y quedarse aislado en el presente. No sé si previendo un momento como ése, Perec levantó, en Me acuerdo (de las cosas comunes), su lista de recuerdos olvidados. Tal vez esa sea la tarea de cada cual, pasar revista a su lista mientras no se borre del todo.

Hoy el diario publica el resultado de un estudio según el cual los flavonoides contenidos en el chocolate devuelven al hipocampo del sexagenario una lozanía propia del trentenario. El estudio, eso sí, fue financiado por una marca de chocolates y debería llevar su nombre, creo yo, Ferrero-Rocher o Mon chéri.

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dimanche 26 octobre 2014

Lo peor de todo no es lo que te he contado

Cuenta Savater en sus memorias un chiste de Groucho: «Estoy estupendamente de todo menos de la cabeza, que es lo que menos importa». Lo cuenta a proposito de su abuela materna que había perdido la cabeza, que es como se llamaba antes a los estragos del alzheimer, el parkinson, la arteriosclerosis o la demencia senil, males que no son ningún chiste, ya lo sé, pero de los que se cuentan unos cuantos, como ése que explica por qué el alzheimer es muy preferible al parkinson: «Si tienes parkinson, vas al bar, pides una copa, te la vas a tomar, la vuelcas y tienes que pagarla. Si tienes alzheimer, te tomas tranquilamente la copa y te olvidas de pagarla».

(Chiste y dolor, ya se sabe: -¿Te duele? -Sólo cuando me río.)

Esto porque vi anteayer a Quino, tan viejecillo ahora, recibir el premio Príncipe de Asturias, y me acordé de ese chiste suyo, entrañable:

 

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Y también por esto que cuenta Iñaki Uriarte en un adelanto del tercer volumen de sus Diarios, que publica Clarín:

«Tere me contó ayer su encuentro en el parque con X, un señor mayor al que ella conoce desde hace tiempo. Se saludaron efusivamente y charlaron un rato. El le explicó con detalle sus diversas penalidades físicas y varias operaciones recientes. Estuvieron hablando así un rato largo. Hasta que él le dijo: Y lo peor de todo no es lo que te he contado. Lo peor es que no sé quién eres».

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samedi 25 octobre 2014

Nuevas canciones para no llorar en el aeropuerto

Para não chorar no aeroporto / Moço / Não vá no aeroporto / Moço / Nem ao porto vá / Não vá / Não

A abelha pica ali / Dá mel aqui / Eu sei

Então vá no aeroporto / Moço / O voo está na hora / Moço / E aperte os olhos.

 

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dimanche 19 octobre 2014

La mar estaba serena

Diario de Córcega

La isla donde me fui a leer Así empieza lo malo es un continente por donde se la mire. Un mundo entero, con sus montes y sus pueblos, y así desde la prehistoria, o antes. Los corsos hacen abundante uso de sus formas, de la isla y de su bandera. Baste oírles hablar, y con qué orgullo contenido, du continent, sin embargo, para ver que se trata de un apego paradójicoLo cierto es que en el continente los bonos de Córcega andan por las nubes, según en qué materias. Los franceses pueden elegir qué indicación regional quieren ver en la matrícula de sus automóviles, y son muchos los que, sin ser corsos, eligen el emblema de la isla. Porque trae buena suerte y acojona a los rivales.

Como Napoleón, que comenzó su andadura en Córcega y la acabó en Santa Elena. Subimos al avión en el lugar donde el corso perdió la batalla, hace dos siglos -conmemoraciones a la vista-, con música de Beethoven y de ABBA, y bajamos en el sitio donde nació, o en el pueblo de al lado. Desde el aeropuerto belga vimos al león de Waterloo y desde el corso al de Rocappina.  Y a la hora en que volamos, exactamente, el exprimer ministro francés Lionel Jospin presentaba en mi pueblo su libro llamado Le mal napoléonien.

Y mientras tanto, a mi tío dale con recordarme que cuando niño me vistió de Napoleón y me subió a un escenario a cantar lo siguiente: Yo soy Napoleón, Napoleón. ¿Por qué reís, por qué reís? ¿Dudáis acaso de que soy yo Napoleón? Ya admiraréis de mi brazo el empuje atronador. ¿Por qué reís, dudáis, repito, de que soy yo Napoleón?

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La forma de la isla vista desde el interior de una cueva en Bonifacio

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Si Dios soltase a una banda de macacos en el sur de Córcega, seguro que escogían para vivir el sitio de Filitosa. Aquel montículo, ese paraje. Desde donde, cuentan los arquéologos, los primeros corsos presenciaron la invasiòn de la isla y erigieron menhires con la imagen del jefe de los invasores -la cara de emoticón, los atributos sexuales a la base, y la espada a la espalda, faltaría más- para fijar su poder, atraparlo y apropiárselo. Cuando los invasores se hiceron con Filitosa, el jefe se encontró con el problema de decidir qué hacer con su propio santuario levantado por el enemigo. Tomó entonces una decisión: le quitó la cabeza a su efigie, la reformateó y se la volvió a poner. 

Lo que recuerda la técnica ésa de los romanos de levantar las estatuas de los mandamases atrornillando la cabeza, para poder quitarla sin destruir la estatua cuando había que remplazar al mandamás por el siguiente. 

Pregunta para el arquéologo: cuántas Filitosas han desaparecido bajo la pica de los emprendedores o quedado simplemente cubiertas por la capa de tierra que año a año echa la propia tierra sobre sí misma, diez centímetros por siglo. Ni tantas, ni tan pocas.

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En el borde sur, Córcega cambia de carácter, y de granítica se convierte en calcárea. Y los acantilados sobre los que se asienta Bonifacio, desde donde Córcega mira a Cerdeña, son blancos. Bonifacio, ciudad cortomaltesca, imán para piratas. La leyenda cuenta que para tomarla, allá por 1420, los impetuosos soldados del rey de Aragón cavaron en el acantilado en una noche una escala de 190 peldaños. Puede ser. O bien fueron los pacientes frailes franciscanos quienes lo hicieron, para llegar a una fuente de agua dulce al borde del mar. 

Mucho después, en 1855, una tormenta lanzó contra las rocas de la isla Lavezzi, frente a Bonifacio, a la goleta La Sémillante -La Alegre-, que había zarpado la noche anterior desde Marsella llevando 700 hombres y un cargamento de pólvora a la guerra de Crimea, esa península putinesca, como cuenta Alphonse Daudet en sus Cartas de mi molino.

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Desde el mirador se ven hileras de montes, verdes, azules, y en ellos la forma de los pueblos, unos desparramados, como estrellas, otros recogidos, como ovejas. Y por todos lados el maquis corso, bajo y espeso, y las formas inconstantes de las rocas, como si fueran nubes: un simio se agacha a beber y se transforma en perro, una tortuga levanta el hocico y parece dinosaurio, un bestiario de piedra en movimiento.

Al lado, los vecinos, cuyos gestos o ruidos uno sigue instintivamente por si acaso se les fuese la olla. Y no. Son unos viejecillos que vuelven de prisa a su casa para no perderse el concurso de la tele, frente a la que se sientan como niños obedientes.

Por el horizonte se aleja el ferry que vuelve al continente. Por esa mar que cabría mirar con malos ojos porque se ha ido convirtiendo en una frontera mortífera. Pero no, para qué.

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samedi 11 octobre 2014

La mejor novela de Marías suele ser la última

Source: Externe

Javier Marías parece escribir siempre la misma novela, una variación sobre la novela de Javier Marías. Y ya son doce. Así empieza lo malo tal vez sea la mejor de la docena, no sólo por ser la última -se conoce la propensión de ciertos clientes a preferir lo más reciente. También porque siendo el suyo un proyecto de novela única o de variación sobre el tema de una misma novela, es natural que la versión vaya mejorando, con la excepción notable de Mañana en la batalla piensa en mí, que sigue siendo, en el horizonte de este proyecto, una cumbre anticipada. 

En esta última, más y mejor que en otras anteriores, la intriga, la gana de conocer lo que viene y de saber por qué lo que sucede ocurre así y no de otra manera, la comparte el lector con el narrador, de manera que por ahí la novela avanza como la arena por la cintura del reloj, sin que las consideraciones del autor en torno al comportamiento de los protagonistas, sus repeticiones incluso, demoren la acción. Más bien, le hacen ganar espesura. La literatura, afirma el narrador, es la única manera de explicar lo que por otra parte resulta inexplicable.

Tampoco es que no sobren un par de páginas de las 535 que cubre la obra, lo que no afea sin embargo el conjunto, notable en toda la línea. Así, cuando la intriga afloja porque la verdad llega, el desenlace sorprende y se asienta con aplomo. Como soy porfiado, detrás de este desenlace veo, tal como vi en Mañana..., el asuntillo de la paternidad, del cómo y por qué enrevesados caminos se convierte uno en padre, o en el padre. Y, desde luego, podría el lector ponerse pesado y hacer una lectura marcadamente psicoanalítica. Pero para qué. Baste con decirse que también en este terreno el narrador, el joven Juan de Vere, no esconde su repertorio para que el resultado sea elocuente.

No le falta humor a Así..., aunque tampoco le sobra. O será que no a todos nos hacen gracia las mismas cosas. El personaje del profesor Rico, por ejemplo, debe de ser desternillante para el profesor Rico. A mí, en cambio, me hizo gracia la escena del narrador frente a un santuario pinochetista trepado a un árbol (a un árbol madrileño, de los mismos que pierden sus ramas con tan trágica frecuencia últimamente, a un árbol y no a un plátano oriental, ni a una acacia, ni a un arce), obligado a explicarse luego con una monja tocada por una cofia como de pájaro de papiroflexia, muy felliniano todo.

Hay repeticiones, ya está dicho, y algunas son muy logradas, como este diálogo del hombre mayor con el que fue cuando joven, una suerte de concentrado del Otro borgeano. Así sea sólo por él, vale el libro entero. Pero es que hay mucho más:

« Fíjate bien en esa experiencia y no pierdas detalle, vívela pensando en mí y como si supieras que nunca va a repetirse más que en tu evocación, que es la mía; no podrás conservar la excitación, ni revivirla, pero sí la sensación de triunfo, y sobre todo el conocimiento: sabrás que esto ha ocurrido y lo sabrás para siempre; cáptalo todo intensamente, mira con atención a esa mujer y guárdalo a buen recaudo, porque más adelante te lo reclamaré, y me lo tendrás que ofrecer como consuelo ».

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Lista de las últimas ocho novelas de Marías ordenadas según la preferencia de este lector:

Mañana en la batalla piensa en mí
Así empieza lo malo
Negra espalda del tiempo
Tu rostro mañana 
Los enamoramientos
Corazón tan blanco
Todas las almas
El hombre sentimental.

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