Diario del Cono Sur, 5

Es una bahía preciosa donde el Pacífico se amansa en una larga playa. Me acerco a la gente hasta dónde se puede. El tipo que estudió la proximidad y la distancia que la gente requiere para sus contactos y la llamó proxemia debería pasar las vacaciones en Chile. Digo, para comentar. La playa es larga pero la gente se agrupa en un extremo. El resultado es como la portada de los diarios y las revistas que cuelgan del kiosco, colorido, abigarrado.

La gente se agrupa para disfrutar de su presencia recíproca y tener al alcance de la mano los productos que consume abundantemente, azúcares de colores mayormente. Tanto así que la gente ha aumentado considerablemente de volumen, disminuyendo aun más la proxemia por razones que la física explicará mejor que yo: mientras más voluminosa es la gente, menor es el espacio que deja a los demás y el que media entre unos y otros. En otras palabras, qué rollizo se me ha puesto el pueblo chileno y cuánto le gusta veranear apretadito.

Andrés Bello, autor del Código civil chileno allá por mediados del s. XIX, definió la playa como la extensión de tierra que las olas bañan y desocupan alternativamente hasta donde llegan en las más altas mareas. No hay pájaros en su descripción, pero la sobrevuelan. Con los pájaros también practico yo la proxemia, y me acerco a ver hasta donde lo consienten. Cada especie acepta una distancia diferente.

Colón supo que se acercaba a tierra firme cuando vio unos pájaros revolotear en torno al mástil de su carabela. Algunos no tenían nombre en la lengua del marino. Otros sí, porque los hay iguales en Europa y América. Bandurrias, pelícanos, chorlitos, cormoranes.

Me alejo de la playa. Tras una hora sin ver a nadie, asoma en una roca, junto al mar, un obituario. La muerte nos saca versos, junta palabras.

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