Diario del Cono Sur, 8

Epifanía de la mañana en Buenos Aires. Suena una sonata bien sonante mientras compartimos un alfajor de maicena dos cuculíes, un zorzal sabiá y este viejo zopilote.

Apuramos las últimas horas yendo del Museo de patologías al de Aguas corrientes, siguiendo el consejo del amigo V.

La Facultad de medicina de la Universidad de Buenos Aires, que abriga al Museo de patologías, se ve venida a menos. El museo exhibe los estragos de la lepra, la sífilis, los cánceres, enfisemas y otros enemigos de la lozanía. Se alinean pobrecillos nonatos y tristes seres que debieron encarar la vida cubiertos de defectos. Y manos y pechos tatuados con imágenes circenses, que en su día habrán sido exhibidas con disimulo o desparpajo. Un cementerio transparente detenido en la eternidad provisoria del formol.  

A propósito de mi amigo el taxista checo, un tablero muestra las autopsias realizadas en 1920 -el museo tiene cien años- ordenadas por nacionalidades: 56% de argentinos, 20% de italianos, 14% de españoles, 10% de rusos y unos cuantos uruguayos. Redondeo, claro.

Le pregunto al encargado si, descontando estudiantes y profesores, viene algún visitante. «Y, alguno viene… como es gratis». Nosotros somos los primeros visitantes de este 2015. El ultimo de 2014, antes de las vacaciones de enero, dejó escrito en el libro de visitas: «Qué cagaso (sic). Buenísimo».

En el taxi, de regreso, como el iPad ha quedado mal apagado, vuelve a sonar la sonata. Le celebro el buen gusto musical al taxista. «Y, no es la radio del coche, me dice. Es su teléfono. Conteste».