Se han puesto de moda las bookbox y las givebox. Surgieron en la calle pero ya las han adoptado los centros comerciales. En el de mi pueblo han instalado una bookbox tamaño librería con estantes y sillas. Allí me hice con dos tomos de la Enciclopedia británica de 1968. En la acera de enfrente instalaron una givebox con libros, discos y adornos. A los pocos días alguien se llevó la caja y dejó los libros adornando la acera.

También en la web la lectura está desparramada por el suelo. Unos fondos de editoriales desaparecidas - fantasmas que desfallecían echados en unos predios oscuros- se pueden leer ahora a la luz de las pantallas, sin costo aparente. No sorprende que cierren las librerías o se conviertan en tiendas de cosméticos.

Pero lo que iba a decir es que me he leído un cuento largo de Stenvenson, Olalla. Transcurre en España, pero es perfectamente escocés, salvo tal vez por el matiz moreno de la piel de los hermanos de la historia, por alguna insinuación sobre el paisaje, por un trasfondo impreciso en las formas de la familia descrita. Es soberbio, como todo lo de RLS, aunque tal vez el final ofrezca menos de lo que dejaban esperar el inicio y el clímax.

Compré el ejemplar por 1,50 euros en la librería inglesa y encontré luego una traducción en un archivo mejicano abierto. Una vieja edición con numerosas erratas pero mayormente decente, una traducción algo ñona que se deja leer, placenteramente incluso. Escucho, sobre todo desde Iberoamérica, reclamos de traductores según los cuales habría que poner la literatura extranjera en la lengua en que hablan los lectores contemporáneos. Entiendo la exigencia y la comparto en parte, pero tampoco se trata de privarse del placer y del saber que traen las viejas traducciones. También porque viejos suelen ser en su lengua los propios textos vertidos.

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