4

pesar del estrépito, salen lentamente y se despliegan delante de la casa. Cuando acaba por fin el movimiento —qué largo, qué violento—, las mujeres vuelven a entrar y los hombres se quedan fuera fumando, escrutando con inquietud la apariencia del mar. Están acabando el pitillo cuando escuchan la voz que sale del altoparlante del furgón policial y los intima a evacuar la caleta hacia las zonas altas. Alerta tsunami.

El furgón se detiene frente a la casa y los policías apoyan la orden con gestos. Hay que evacuar cuánto antes. Sí, pero cómo, se preguntan. No lo vamos a dejar aquí. Intercambian un par de miradas y deciden, sin palabras, abrir la puerta trasera del único vehículo disponible, la furgoneta de la pescadería.

Los deudos más cercanos cargan el féretro con solemnidad, como si lo llevasen a una carroza funeraria, y lo depositan en la furgoneta. Y se echan a andar tras de ella en procesión hasta las casas altas del pueblo. Frente a una de ellas se detienen, descienden al difunto y prosiguen el velorio mientras, abajo, la ola barre la playa y se abre paso río arriba.