París, 2

El viernes por la noche los belgas batían limpiamente a los italianos en el televisor mientras que en el ordenador los españoles hacían lo propio con los ingleses. También acababa el Francia-Alemania en París. Entonces saltaron las alarmas. Estábamos sobre aviso. Fue peor de lo que temíamos y pudo ser aun peor si los kamikazes del Estadio de Francia hubiesen conseguido lo que se proponían. 

Los del estadio eran tres. Iban a por decenas, a por cientos o miles de víctimas y sólo consiguieron matar a una persona, un sexagenario portugués. Un rasguño ya sería demasiado, claro, pero considerando lo que se proponían se puede decir que fallaron estrepitosamente. ¿Llegaron tarde, ya iniciado el partido, o su plan era fallido desde su concepción?

Dos de ellos debían entrar al estadio equipados de sus cinturones explosivos para estallar en las tribunas, provocando una matanza y una huida masiva hacia la boca del metro más próxima del estadio, donde los esperaba el tercer kamikaze, que completaría la atroz faena.

Pero quince minutos después de los himnos y del pitazo inicial, los controles funcionaron en las puertas del estadio, a los dos terroristas les fue impedido el acceso y estos no dieron con otra fórmula más que volarse a sí mismos en las inmediaciones.

No es difícil imaginarse a esos tres capullos unas horas antes embutidos en el coche alquilado por la autopista franco-belga rumbo al piso de Bobigny, donde se ciñieron los explosivos, se metieron unas dosis de captagón y salieron rumbo al estadio. Y llegaron tarde. Y a quien le falle la imaginación puede ver las imágenes de Los Caballos de Dios, el filme de Nabil Ayuch, que narra los atentados de Casablanca en 2003.

Molenbeek, la comuna bruselense donde vivían los kamikazes del estadio, no es Casablanca, ya lo sé. Al menos dos de ellos fueron a buenos colegios. Bilal Hadfi, el más joven de los tres, estaba en el colegio hasta hace unos meses donde, en enero de este año, justificaba la masacre de Charlie Hebdo en los debates escolares. También estaba en el colegio Yunes Abaúd, de 13 años, hasta que su hermano Abdeljamid —que se hacía llamar Abú Omar al-Baljiki: Abú Omar el belga— el caporal de la masacre de París, muerto ayer en Saint-Denis, lo secuestrara y llevara con él a Siria.

Entre el hermano mayor, Abdeljamid y el menor, Yunes, el del medio, Yasin Abaúd. Encarcelado en Marruecos tras una loca cabalgata por varios países, las informaciones que Marruecos obtiene por su intermedio le permiten informar a Francia que Abdeljamid está donde su prima, lo que permite a la policía francesa acabar con la célula de Saint-Denis seis días después de la masacre de París.

Historias de fratrías a medio camino entre el menudeo de barrio y la geopolítica del terror: los Kuachi, los Abdeslam, los Abaúd. Hermandades que incuban explosiones dentro de unas casas con las persianas echadas, donde unos padres se esconden, cubiertos de miedo y de vergüenza.

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Niños en el terreno de juego del Estadio de Francia tras los atentados. No ilustro con fotos de los terroristas, estoy hasta el gorro de verlas.