Corría el año 99 y la lista del partido verde belga al Parlamento europeo presentaba una novedad: una candidatura europea no belga, en la persona de la italiana Monica Frassoni. Un amigo me invitó a un debate en el que ella participaba, la escuché atentamente, me leí el programa, decidí apoyarla.

No era cabeza de lista, sus opciones de ser elegida eran bajas. Una oleada de voto ecologista, sin embargo, en gran medida debida a la crisis de la dioxina en Bélgica —introducción ilegal de aceites industriales contaminados en la alimentación animal, escándalo que el gobierno belga de mayoría democristiana intentó ocultar, lo que hizo que los democristianos perdieran ese año las elecciones y quedaran por primera vez desde la Guerra fuera del gobierno— hizo que los verdes aumentaran votos y mi candidata fuera elegida.

Poco después supe que los diputados verdes habían formado en Bruselas un grupo parlamentario con nacionalistas de variado pelaje, flamencos, vascos y tutti quanti. Me inquieté por el asunto, lo consulté con un par de amigos conocedores del percal verde, que me tranquilizaron diciendo que se trataba de un acuerdo meramente técnico, indispensable para existir políticamente en Bruselas, acuerdo al que los empujaba el sectarismo de las tres grandes coaliciones europeas: conservadores, socialistas y liberales.

Así hasta el año siguiente, en que me enteré de que el Parlamento europeo había acordado la entrega del Premio Sájarov, en pro de los derechos humanos, al colectivo vasco Basta Ya por su defensa de las libertades en Euskadi a través de una valiente denuncia de los métodos mafiosos de ETA. A nombre de Basta Ya fue a Estrasburgo a recibir el premio Fernando Savater.

Entonces leí en la prensa que en el momento en que Savater se dirigía a los diputados europeos para agradecer el reconocimiento mi diputada, junto a sus aliados nacionalistas, se levantó de su silla y abandonó el hemiciclo en señal de repudio.

Mi diputada. Hay que joderse, como diría mi tío. Volví a leerme el programa, a ver si me había saltado la línea en que explicítamente los verdes apoyaban al terrorismo y denigraban a quienes le plantaban cara. De nuevo no la encontré.

Así que le escribí a mi diputada, haciéndole ver mi estupefacción. Creía haber votado ecologista y resultó que voté nacionalista, le decía. Con copia a los dos presidentes del Grupo verde, la belga Isabelle Durant y el franco-alemán Daniel Cohn-Bendit. Con copia también a Savater.

Savater fue el primero en responder. Un cordial mensaje agradeciendo la preocupación y diciéndome que esta gente actuaba así porque estaba mal informada.

Ni Durant ni Cohn-Bendit se dignaron responder. Monica Frassoni, sí. Sobre la forma, me decía que mi tono era muy duro. Y sobre el fondo, que, en suma, el nacionalismo español era peor que el nacionalismo vasco. Al cabo de un par de mensajes y viendo que de ahí no nos movíamos, me dijo que lo mejor sería que me pasara un día por el Parlamento y nos tomábamos un café con Gorka, que me lo explicaría mejor. Le dije que me disgustaba el café. 

Así que hace unos días, viendo que este año el Premio Sájarov le era concedido al saudí Raif Badawi, le envié un tuit a la diputada —que sigue siéndolo, no sé si ahora por Italia o por dónde— diciéndole que imaginaba que esta vez también se había levantado del asiento. Los dejo con el diálogo subsiguiente:

Capture d’écran 2015-12-19 à 12Capture d’écran 2015-12-19 à 12