Salah Abdeslam asoma al quicio de la puerta de la casa en que se esconde, ve al grupo de policías a su derecha y echa entonces a correr hacia la izquierda. No es la suya una carrera desbocada, sino un trote vivo, a ritmo de runner.

La escena tiene un punto absurdo, cómo no. Tras cuatro meses de persecución, el terrorista más buscado de Bélgica se da de cara con sus perseguidores y se aleja al trote. Como si estos fueran a consentírselo. Como si a la vuelta de la esquina se le abriesen las puertas de la libertad. Su carrera es probablemente un movimiento reflejo, como el de un ave de corral decapitada. Como sea, no dura casi nada, dos o tres pasos apenas, hasta que una detonación la corta en seco.

En las horas que siguieron a los atentados terroristas de París, la hipótesis de que uno de los hechores no cumplió con su parte prevista en la masacre fue abriéndose paso. Cuando se confirmó que Abdeslam con la ayuda de un par de cómplices regresó a Bruselas, a su propio barrio, la noche misma de los hechos, esa idea cobró más fuerza. 

La expusimos aquí, cruzando varios elementos: los términos de la reivindicación del Estado islámico, las imágenes de Abdeslam en una gasolinera camino de Bruselas, la aparición de un cinturón de explosivos en un basurero en París. Contrariamente a su hermano Brahim, hombre-bomba consumado en París, Salah Abdeslam se había arrepentido, en el sentido de que había llegado a París cargado de explosivos a saltar por los aires y había salido de París huyendo con la cola entre las piernas. 

Tras cuatro meses en los que probablemente se vio obligado a cambiar de escondite varias veces —al menos de dos de ellos parece haber podido huir en el momento de la llegada de la policía, por los techos en un caso, aprovechando una mudanza, en otro—, su detención con vida y su posterior confrontación a la justicia podría permitir alcanzar el establecimiento de la verdad: qué pasó con él en París, qué hizo y qué dejó de hacer. 

Una vez detenido e interrogado, sin embargo, resulta evidente para el observador ,tanto como para el propio Abdelsam y su abogado, que esa versión, la del arrepentido, pasa a ser también su mejor línea de defensa. Si se arrepintió antes de pasar al acto, su culpabilidad se limitaría a una eventual participación en la preparación de los atentados.

Así, incluso si la hipótesis del arrepentimiento es verdadera, esa verdad, convertida en estrategia procesal, se convierte en una verdad espuria.