samedi 28 mai 2016

Información y propaganda en un fresco de Gozzoli

Sobre el viejo asunto de la ficción y los hechos viene a decir Carrère que lo que cuenta es la ressemblance —literalmente el parecido, pero tal vez en este caso sea mejor traducir por verosimilitud. El diccionario propone esta definición de ressemblance: «Degré variable de similitude entre des personnes, des choses». Al pie de la letra, entiendo que siempre habrá una distancia entre lo vivido y lo contado y el punto está en determinar cuál sería el grado menor de esa distancia, y el mayor, y el mejor, y el grado justo o simplemente el grado. En torno a esas cuestiones han girado y giran la poética y la antipoética y los molinos de viento.

Mejor que el principio, la ilustración: cuenta Carrère que en Florencia un amigo lo llevó a ver los frescos de Gozzoli, que presentan a cientos de personajes en el cortejo de los Reyes Magos, y le hizo notar esta circunstancia: los del primer plano hacia atrás, los del fondo, son florentinos de la época —entre ellos el propio pintor, de gorro rojo— y fueron manifiestamente pintados por Gozzoli d'après nature. En cambio, los del primer plano, ángeles y santos que están cerca del pesebre, son figuras idealizadas, irreales. Ni qué decir tiene que resulta mucho más interesante observar a los primeros —a los últimos, en este caso.

La vieja distinción entre información y propaganda, respondería mi tío si le preguntaran.

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lundi 23 mai 2016

El zoológico

Un hombre desnudo se introdujo ayer en la jaula de los leones del zoológico de Santiago de Chile. Las fieras lo contemplaron con asombro, el tipo se les colgó de los pelos, los leones le dieron un par de zarpazos y a otra cosa. En ese momento «se activaron los protocolos de seguridad» como se dice ahora y aparecieron los guardias, mataron a los leones y se llevaron al suicida al hospital, donde está grave.

Se cuenta rápido pero se comenta mucho. Pones a un hombre entre fieras y se desatan imágenes bíbilicas. El animalismo en boga, además, opina que si los zoológicos, que si la castración, que si la comida envasada... El suicida pasa a un segundísimo plan y tal vez sea mejor así. 

Por mi parte agrego que a ese jardín zoológico solía ir yo con mi padre cuando niño en las mañanas de domingo. El recorrido era siempre el mismo. Las fieras enjauladas nos interesaban poco. La elefanta se veía desproporcionada en su reducto, la trompa larga y el rabo corto. Los leones estaban  deprimidos, el león en su media jaula, la leona en la otra. Eso sí, a veces el león soltaba un rugido feroz. La jirafa estaba un poco mejor y conseguía estirar el largo cogote por encima de la reja y atrapar con su lengua suavísima el maní y otras porquerías que la gente le tendía.

Mi padre y yo nos demorábamos frente la gran jaula de los pájaros. Allí nos sentábamos a mirar como volaban plumas. Supongo que mirando esos pájaros multicolores descansábamos de todo lo demás. Cuando me aburría, me daba la vuelta y buscaba en el suelo a las hormigas oscuras, a su trapicheo incesante.

Luego nos íbamos a instalar delante del foso de los papiones. Allí todo era vocinglería. Al bullicio de los monos se sumaba el de los espectadores, contagiados. Dentro del foso también había un padre junto a su hijo mirando a otros monos. Una manada de monos es una sociedad en reducido y representa todas las emociones: la admiración, la envidia, la alegría, la ira. La mímesis: mirar a los monos es como mirar a los mimos sobre un escenario. Son un imán para los ojos. Y nos ponen frente al enigma que John Berger, cuando cuenta sus visitas al zoológico de Basilea con su padre, formula así: ¿Por qué se nos parecen tanto y sin embargo no son como nosotros?

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vendredi 13 mai 2016

Conejos en la noche

El vuelo de ella salía de madrugada y las medidas de seguridad mandan presentarse tres horas antes del despegue. Así fue como llegamos al aeropuerto en plena noche y salvamos los controles militares con la compunción que la nueva situación impone.

De regreso, solo, tomé mal la salida en una rotonda y me encontré en una suerte de zona industrial sin industrias, en un paraje despejado y desierto a esa hora improbable. Se cruzaron dos conejos, luego cuatro, luego cuarenta. Tantos eran que disminuí la velocidad y me detuve a mirarlos. Cientos de conejos, todos iguales, corriendo en todas direcciones.

En esos momentos se mueven en uno dos fuerzas encontradas. La que quiere llevarte cuanto antes de regreso al buen camino y la que celebra la llegada de la sorpresa. 

No queda más que echar mano a la pantalla grande y decir que la imagen era cinematográfica. En ese terreno, el cine es nuestra segunda naturaleza. Un hablante medio diría probablemente que la situación era surrealista. Pero tal vez baste con llamarla onírica, teniendo en cuenta la hora que era. 

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jeudi 5 mai 2016

El ángel inflable

Pardin pescaba en su isla de Banggai, en Indonesia, cuando la vio flotando en las aguas.

El día anterior había habido un eclipse, de modo que Pardin pensó que era una bendición.

Su madre la vistió, le cubrió la cabeza con un fular y la sentó en una silla en el mejor lugar de la casa.

 

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 En el pueblo de Pardin, que se llama Kalupapi y es remoto, no hay internet, de manera que la gente tiene tiempo y ganas de fijarse en lo que cae del cielo, sobre todo si tiene forma humana.

Así fue que se corrió la voz de que el ángel de Pardin lloraba. Alguno se sospecharía que en una vida anterior el ángel había sido una muñeca inflable.

El rumor llevó hasta el pueblo a la policía.

Detrás de la policía va la prensa.

Y detrás de la prensa los lectores.

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