Iba a escribir unas líneas sobre los cinco días que pasamos en Murcia. Pero para qué, si ya las he escrito tantas veces. Para recordarlas, para redondearlas, para eso.

Como sea, viajar por España y ver desfilar los nombres de los pueblos me lleva a la sala de clases de la infancia y a escuchar la voz del profesor pasando lista y a recordar la cara de mis compañeros. Aledo, Andújar, Arancibia, Argemí, Aspe... Vélez Blanco, Vélez Rubio, Urrutia, Zamora, Zúniga... Alguno de ellos habrá venido a recogerse al pueblo cuyo nombre lleva. Así fue cómo me llevé una sorpresa cuando vi a Argemí encabezar una lista ultraindependentista en unas penúltimas elecciones. Si era el más quitado de bulla de los que no decían nunca nada...

De pueblo en pueblo, la excursión acabaría en Vélez Rubio y en eso estábamos, mirando cómo a esa hora no ocurría nada, la hora bendita en que no ocurre nada, cuando se nos ocurrió preguntarle a una chica, que era del tipo Argemí, dónde llevaría ella a alguien que la fuese a visitar al pueblo. Al castillo de Vélez Blanco, el pueblo de al lado, dijo sin dudar. Y fuimos. Y desde el castillo vimos la hora bendita en que no ocurre nada estirarse toda la tarde.

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Vélez Blanco desde el castillo