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Un viaje se puede contar de un tirón o por etapas. Esta vez voy a ir por etapas. De lo contrario, al ritmo que llevo, publico esto para San Martín.

Los Cameros viejos, la vertiente riojana de la sierra de Cameros, suponen un paisaje impresionante para quien llega de unas tierras llanas y architransitadas. Se trata de unos montes ásperos y de unas formaciones rocosas imponentes, hollados de antiguo por saurios que bebían de sus aguas frías al fondo de las quebradas.

En medio de ese paraje está el despoblado de La Avellaneda. En la soledad de sus calles y de sus casas parecen oírse aún los ecos de las voces vivas que resonaban allí hace apenas medio siglo. 

En otro sitio, en la iglesia de San Martín de Trevejo, el cura nos explicó que antiguamente la gente escuchaba misa desde el lugar debajo del cual estaban enterrados sus muertos. Antes, como se sabe, se sepultaba en las iglesias, y una manera de ver las catedrales e iglesias principales es entender que se trata de cementerios de notables.

En Vadillos de Cameros, pueblo vecino de La Avellaneda, compartimos una misa con los deudos de los que habitaron un día La Avellenada. Se reúnen para Santiago a honrar a los suyos y acercarse hasta el pueblo. La mayoría de ellos vive en Logroño, pero algunos viven mucho más lejos.

En aquél que tuvo que irse lejos y estuvo siempre pensando en volver, y cuando por fin pudo hacerlo encontró su pueblo convertido en despoblado, en ése pensaba yo apartando ortigas y zarzas en La Avellaneda.

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