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El peregrino que imagino en Burgos no ha visto otra virgen que la de su pueblo. Las imágenes que trae en la retina son las de la luna redonda como un queso saliendo entre los montes y otras por el estilo. Los inviernos son largos y tiene el ojo adiestrado para captar la luz. Lo que ve en la catedral lo atesora porque sabe que tal vez no lo vuelva a ver hasta el cielo, y eso si aguanta la larga condena del purgatorio. Y no es que venga de lejos, viene de un pueblo cercano, en las fuentes del Ebro. Burgos es la primera ciudad que atraviesa camino de Santiago. 

El peregrino que veo en la catedral de Burgos —alguno sí que hay entre los peregrinos Ryanair en coche de alquiler— mira las imágenes como un paisaje consabido. Y tal vez lo sea. Al Papamoscas, al menos, lo habrá visto en un folleto, en internet. Lo cierto es que sabe que si hay algo que quiera retener ya está retenido en algún sitio al que no le costará mucho volver. 

Además, la operación de contemplar imágenes en una catedral tiene un desperfecto y es que hay que levantar la cabeza y duele el cuello. La pantalla de la tele y la del ordenador están dispuestas en el eje O-O: la imagen te mira a los ojos y te sostiene la mirada. A lo más, nos hemos habituado a inclinar la testuz para leer la pantalla del teléfono. Si levanta la cabeza para fijar la trama de piedra que filtra la luz del cimborrio la baja en seguida en signo de arrepentimiento. Y ese gesto reúne por fin en Burgos al peregrino que imagino y al peregrino Ryanair.

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 Sagrada familia de Del Piombo y cimborrio en la catedral de Burgos