El Reino, 1

Cantábamos con la guitarrita Por la calzada de Emaús en un momento de la misa. La canción era todo lo que había hecho por nosotros Vaticano II, el aggiornamento. Algo era, claro, pero no era lo esencial. No había sabido contarnos La más grande historia jamás contada, que era como se llamaba la película. Pero ni siquiera la película, por larga que fuese (duraba cuatro horas), había conseguido contarnos bien la historia, es decir hacer que nosotros quisiésemos contarla a nuestra vez. No sé de qué se quejan si abandonamos primero las iglesias. Y luego abandonamos los cines.

La canción decía así: Por la calzada de Emaús un peregrino iba conmigo. No le conocí al caminar. Ahora sí, en la fracción del pan. Y ahora sí, sólo ahora, no sin un poco de emoción, lo entiendo. Ese peregrino no decía ser quién era, le bastaba mostrarlo con un gesto.

Se conoce que he estado leyendo El Reino. Que es, en dos palabras, la historia de Pablo contada por Emmanuel Carrère. Yo a Pablo me lo imaginaba el Sancho Panza de Pedro, el Laurel de Hardy, el inseparable segundón. Y de eso, nada, al contrario. El primer mérito de Carrère es informativo y es que al traducir la vieja historia a la narrativa al uso en el París de hoy nos la pone en bandeja, como hacían el cura con la hostia y el monaguillo con el platillo.

Tiene otros méritos. Y algún demérito, también. He sabido de buenos lectores que abandonaron el libro en la fatídica página 33 por culpa del narcisismo desatado del autor. Haberlo comenzado por el segundo capítulo. Además que el narcisismo las da malas y buenas.

Malas, muy malas: «Hubiese querido dialogar con ese pequeño yo de hace unas semanas, que se aleja», escribe Carrère a propósito de su intríngulis existencial. Pero también las da buenas:  «Lo que (Dios) nos pide, todos los místicos concordarán, es lo que menos deseamos dar (...). Para Abraham, su hijo Isaac. Para mí, la obra, la gloria, el rumor de mi nombre en la conciencia de los demás», escribe también.

El dulce rumor de mi nombre en la conciencia de los demás. El peregrino que iba a Emaús, en cambio, ni siquiera decía quién era.

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