El teatro al que fuimos anoche a ver Battlefield me invita hoy a dar a conocer mis impresiones. 

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Que lo haga por las redes sociales o por mail, me propone. OK, pero será por el blog. 

Battlefield, el campo de batalla final del Mahabharata, la epopeya de la India ancestralJean-Claude Carrière, santo de mi devoción, cuenta en su Diccionario de la India que un lector tarda un año en leer el libro. La versión adaptadada al teatro, hecha por Carrière y Peter Brook, comenzaba en Avignon a la puesta del sol y acababa a la salida. La versión que vimos ayer dura sólo una hora, durante la cual se suceden las historias de los últimos protagonistas de la saga frente al campo de batalla, cansados ya de dar guerra. 

(Carrière cuenta también que al comienzo del Mahabharata dos reyes jóvenes mueren dejando dos princesas viudas y sin hijos. Vyasa, el autor, se queda sin personajes. ¿Cómo hará para continuar el poema anunciado? La única solución es que entre en su propio relato, vaya hasta el lecho de las princesas viudas y las fecunde. Sus hijos se disputarán luego el imperio del mundo y el autor será doblemente el padre de sus personajes. Una primicia en la historia de las palabras).

El Battlefield que vimos ayer es una puesta en escena minimalista para unas historias potentes. La serpiente mata a un inocente. ¿Quién es el culpable? La serpiente culpa a la muerte. La muerte culpa al tiempo. El tiempo culpa al destino. 

Un rey se despoja de sus atributos para internarse en la selva, que es a donde va un rey cuando ya no reina. Entrégaselos a los pobres, intima a su segundo. Este se vuelve hacia nosotros, los de la platea, los de las toses. ¿Es usted pobre?, pregunta, mirando a uno. Es evidente que no hay pobres en la sala. Los pobres no van al teatro a ver sagas hindúes. No, responde el primero. Tampoco, el segundo. El tercero tiene alma de actor y dice que sí.