vendredi 25 novembre 2016

¿Qué habría ocurrido si la nariz de Cleopatra hubiese sido más corta?

El Reino, 5

En un relato de Robert Callois, Cristo es conducido ante Poncio Pilatos. El prefecto romano duda y finalmente decide liberarlo. Cristo vuelve a predicar entre los suyos y muchos años más tarde muere convertido en un sabio. A la generación siguiente ya nadie lo recuerda.

Las cosas podrían haber sido de otra manera, claro, y muchas veces es nimio el detalle que las carga hacia la luz o hacia la sombra. ¿Qué habría ocurrido si la nariz de Cleopatra hubiese sido más corta?, glosa Carrère en El Reino

Imposible no leer la ucronía de Callois sin pensar en el presente. ¿Qué habría ocurrido si Al Gore hubiese ganado en Florida en el 2000? Es lo que tiene un hecho mayor como la intronización de Faisán Dorado y su peinado a la cabeza del mundo, que sobredetermina (qui coiffe) cualquier consideración.

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Gebhard Fugel, Primera estación del calvario

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Me queden dos o tres detalles sobre los que podría decir algo a propósito del Reino pero mi ejemplar del libro se va de viaje hasta mediados de diciembre (y yo no me muevo), de modo que suspendo hasta entonces esta serie. No sin antes levantar esta cuestión que sí me parece central y sobre la que pido la colaboración de los amigos lectores. En décimo párrafo del versículo 20 del capítulo IV, el dedicado a Lucas, cuando se describe el Apocalipsis de San Juan, Carrère cuela una jetilla :) O bien se trata de un error en el orden de los signos ortográficos, que debió ser éste ): Está en la página 490 de la edición de bolsillo Folio. Ya sé que cambiará la página según las ediciones pero, si dan con el detalle, gracias por verificar si es una errata en mi edición (lo que creo) o una voluntad expresiva del autor. Sería muy gracioso si así fuese, y pondría al Reino en la lista de libros precursores en la legitimación de las jetillas en la literatura, como hizo Elvira Lindo con el uso del jajaja como palabra en Lo que me queda por vivir


samedi 19 novembre 2016

Como loro en el alambre

Gira europea de Cohen en 1972. ¡1972! Se suceden las ciudades en desorden, Tel Aviv, Berlín, Copenhague, Viena, Manchester, hasta el que sería el concierto final de esa gira, en Jerusalén. El filme que registra todo aquello —los escenarios, los públicos, las bambalinas— se llama Bird on a wire y se estrenó en 1974No le gustó a Cohen en su momento, pidió que cambiaran el montaje, y tampoco. Y allí quedó, olvidado. Hasta que en 2009 el director, Tony Palmer, lo retomó e hizo esta versión. 

Un filme sobre el artista on the road, un topicazo donde los haya dentro de la topiquísima cultura rock. Lo bueno de éste es que se cuela el año 72 a borbotones y hace añicos la previsible hagiografía. También será mérito de Cohen haber abierto espacios al público —y mérito del público haberlos reclamado. «Canta», exige uno desde la platea, como quien dice «calla y canta». Oye, que yo también tengo mis derechos, reclama el cantante, como si de una asamblea se tratase.

Grouppies tratando de llevarse al ídolo a la cama. Un par de airados espectadores reclamando y obteniendo que les devuelvan el dinero de las entradas por la mala calidad del sonido (Cohen lidiando con un altoparlante chillón). Uno de los músicos confesando haberse quedado dormido mientras Cohen cantaba Suzanne. Entrevistadores que descubren en directo que no fueron capaces de retener las inspiradas respuestas del vate por no haber sabido apretar el botón. Otro, en Israel, interrogando maquinalmente a Cohen sobre su judeidad:

—¿Con qué frecuencia va a la sinagoga?

—Depende de la calidad de las canciones.

Así hasta el concierto final. La gira se hacía larga, repetitiva. A veces me siento como un loro repitiendo una canción que compuse hace muchos años, repite el cantante, like a bird on a wire, como loro en el alambre. «Sean comprensivos con el ruiseñor deprimido», le pide al público por ahí. Tanto así que sobre el escenario, en Jerusalén, resiente un súbito burn out. (La mitad de Montreal dira surmenage, la otra mitad burn out. En esos años no sé si ya se usaba el término, hoy passe partout).

El artista que reclama libertad al público que lo constriñe, otro topicazo. Pero por esas imágenes finales de Bird on a wire se cuela una forma de verdad. Vale la pena verlas. (Y si sólo quieren ver ese final, arrastren el cursor hasta 1:20).

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mardi 15 novembre 2016

Diálogo sobre el cine asiático

Comienza la película. Desfilan las primeras escenas...

—Esta ya la vimos.

—Yo no.

—Sí la vimos.

—La verías con otro.

—La vimos juntos.

—Vimos la otra, In the mood for love.

—Esta también. Te vas a acordar en cuanto aparezca el singapurense.

—¿El japonés?

—¿Ves que la vimos? 

—Que no.

—Dices que no porque quieres verla de nuevo.

—Qué buena pinta tiene...

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samedi 12 novembre 2016

Cristo, ¿era populista?

El Reino, 4

Cristo, ¿era populista? Es una pregunta de temporada. Que, formulada así, de buenas a primeras, resulta algo populista.

«Los agudos reproches que Jesús formula a las elites de su tiempo harían conque hoy se lo llamase populista», escribe Carrère en una de las últimas páginas de El Reino. Vaya en su descargo el hecho de haberse leído una ingente biblioteca bíblica y haber escrito un resumen de 600 páginas antes de deslizar la afirmación ésa. Lo dice a propósito de un cristo que monta Jesús donde un fariseo, tras aceptar la invitación a su mesa y ponerlo de vuleta y media. No es la única vez que el líder las emprende violentamente contra los fariseos. «Cargáis a la gente con un peso que vosotros mismos no portáis», los acusa.

Liderazgo carismático, antielitismo y oportunismo son característicos del populismo. Eso, y todo lo que permita remplazar una elite por otra. Se desploma el Foro mientras del otro lado del Tíber se levanta San Pedro. Nada nuevo. O todo de nuevo.

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 Van Dyck, Cristo y los fariseos, c. 1620

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dimanche 6 novembre 2016

El prepucio

El Reino, 3

Pedro y Pablo firmaron en su momento un particular tratado de Tordesillas. Pedro se ocuparía de los judíos, el punto de salida del cristianismo, y Pablo de los gentiles, su punto de llegada. Tal vez estaban de acuerdo en que el cristianismo transformaría a la cultura grecorromana penetrándola. La cuestión que los separaba era si esa penetración debía hacerse con o sin prepucio.

La alianza entre Dios y los hombres, corazón del judaísmo, fue sellada bajo la condición de la circuncisión. Abraham debió circuncidarse a sí mismo para luego circuncidar a su descendencia. Griegos y romanos, en cambio, juzgaban esta práctica bárbara. Antíoco Epífanes, rey griego de Siria, llegó a prohibirla, y el emperador Adriano hizo lo propio tres siglos después.

La circuncisión pasó así a ser una piedra de toque. Para los judíos, sojuzgados por Roma y rodeados de griegos, la circuncisión era la condición que les evitaba, creían ellos, ser asimilados por el paganismo grecorromano. Tanto más que algunos judíos romanizados se descircuncidaban. 

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Bellini, Circuncisión de Jesús, c. 1500

Timoteo, lugarteniente de Pablo, era un judío de padre griego y no estaba circuncidado. Cuando se convirtió, bajo la presión de los judíos del lugar, Pablo debió circuncidarlo con sus propias manos. Luego Pablo ya pasó de esas presiones e impuso en el seno del primer cristianismo la no obligación de la circuncisión para los conversos. Cómo es que nadie ha pintado esa escena, se pregunta Carrère. Vamos a suponer que Carabacho la pintó y un cretino, de los que abundan, quemó la tela. Por cierto, la pintura tiene mucho que mostrar —cómo no— sobre este doloroso asunto. Ribera, por ejemplo, pinta al apóstol Bartolomé con dos atributos en las manos: un libro y un cuchillo, o sea.

Y la escultura. No hay una pieza de mármol que encarne mejor el espíritu del Renacimiento que el David de Miguel Ángel. Sin embargo que cuando la estatua monumental dejaba el taller del escultor florentino para ocupar el sitio que le estaba destinado en la plaza de la Señoría le llovieron piedras. Un desnudo, pase, pero ¡uno de cinco metros! Y eso que, contra la verdad histórica, el joven rey hebreo no aparece circunciso. La explicación corriente para este contrasentido es que el canon de la representación en la época era ése.

Probablemente. Arriesgo otra, complementaria. Así como, en recuerdo de la destrucción del templo de Jerusalén, los judíos suelen dejar una esquina de cualquier obra inconclusa, Miguel Ángel, por otras razones, practicaba también la estética de lo inacabado —non finito. En este caso su manera de no acabar del todo el David fue dejarle en su lugar el prepucio.

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mardi 1 novembre 2016

Una epifanía kazaja

Vi tiempo atrás una película kazaja, Lecciones de armonía, de Emir Baigazin. La piropeé aquí: puro darwinismo social. Incluso bromeé en Twitter sobre mi afición al cine kazajo a partir de esa única experiencia.

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 Angel herido se llama la segunda de Baigaizin. Son varias secuencias de las vidas de cuatro muchachos que intentan convertirse en adultos, obligados a salir del nido y a hacerse un sitio fuera. Es el mismo asunto del primer filme, sólo que esta vez está multiplicado o divivido por cuatro historias paralelas. Jaras, el Pollo, el Sapo y Aslan tienen unas madres que los cuidan, a pesar de la pobreza en una aldea kazaja en los años noventa, tras el desplome del imperio soviético, pero esos cuidados que dan fuerzas para desplegar las alas, llegado el momento también estorban. Ese intersticio es el que explora Baigazin.

Se trata de una constante universal, el rito de paso entre la infancia y la edad adulta, aquí declinado por lo particular kazajo: el mutismo del paisaje y de las interacciones. No parece haber nadie que sonría en las dos horas que dura la película, ni siquiera en las escenas cortadas, que también las vi.

Son tópicos universales y circunstancias particulares, exóticas en este caso en relación al público al que se dirigen. Porque se trata de un puro producto Arte, hecho para los festivales europeos y su público. Puedo equivocarme, pero no creo que el público kazajo se interese por estas imágenes, o lo hará sólo en la medida en que se pregunte qué les verán de bueno en Berlín.

Las de Jaras, el Pollo, el Sapo y Aslan son historias tristes que acaban mal. Baigazin, sin embargo, sublima esas caídas icarescas en una secuencia final de un depurado kitsch, tan demagógico como bien conseguido. Uno de ellos entona en italiano el Ave Maria de Schubert, mientras los demás se recogen en su soledad compartida. Una epifanía kazaja, ya digo.

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