Días de idas y venidas.

Mi castellano favorito me ha traído ésta, que espero leer en la larga travesía. Este último tiempo había estado releyendo Infancia y Juventud. Tanto así que se me escapó esta publicación y me la encuentro ahora ya traducida. 

Segundas partes nunca fueron buenas, cita con coña Coetzee al Quijote en el epígrafe. Es verdad que es la primera vez —descontanto los dos primeros tomos de la autobiografía, a los que me refiero— que un libro suyo prolonga explícitamente el precedente. Al anterior, La infancia de Jesús, cierta crítica adicta al énfasis lo vapuleó. 

Releyendo Juventud me decía que tal vez será una característica de los grandes ser capaces de mirarse a sí mismos sin condescendencia. En él, Coetzee se presenta como un pusilánime que merced a unos vaivenes se codea un día en Cambridge con los más brillantes matemáticos en el empeño por crear los ordenadores que vendrían pocos años más tarde a cambiar el signo de los tiempos. Cualquier mediocre con un papel infinitamente más pequeño que el suyo contará más tarde la importancia de su participación en esa hazaña. Coetzee, en cambio, en su empeño por mirarse de cerca se permite hacer lo contrario y disminuirse. 

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