mercredi 27 septembre 2017

Ô, ma patrie

Ô, ma patrie ! que tu es encore barbare ! exclama el joven Julien Sorel en su celda de condenado. Le importa menos morir que saber que hay un cura dando voces frente a la puerta de la prisión exigiendo que lo dejen entrar a confesar al prisionero.

Lo peor, piensa Sorel, es que repite mi nombre una y otra vez.

Quisera ser un personaje discreto el joven Sorel. «Espero que en dos semanas todos me hayan olvidado», se dice camino del cadalso. Y de eso nada, al contrario, su figura se convertirá en el emblema novelesco de su tiempo.

Pero a lo que iba es a la expresión que suelta Sorel en ese trance. Quién no se la dice a veces frente a lo que nos toca vivir. Qué más quisiera uno que vivir en una patria pacificada y civilizada que nos libre de toda vergüenza bárbara.

Pero claro, luego están los que medran con esas vergüenzas. Esos hijos de puta.

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samedi 23 septembre 2017

Simpatía por el Tíbet

No es fácil encontrar una causa más antipática que la del independentismo catalán, al que Maxime Fourest calificaba ayer por las claras de clasista, racistoide y supremacista. Y sin embargo no faltan compradores para su relato victimista que quiere presentar a Cataluña como el Tíbet ibérico. 

Alejo Schapire propuso ayer también una encuesta al respecto en Twitter y este es su resultado:

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Yo creo que en el apoyo que el independentismo catalán despierta en ciertos medios —Schapire es un periodista argentino en París e imagino que muchos votantes de su encuesta serán argentinos— hay un componente significativo de odio a España. De parte de los separatistas ni qué decir, pero también entre sus aliados más o menos espontáneos.

Supongo que en el origen de ese odio podrá haber afrentas atendibles. Pero también me huelo que hay allí un magma negro hecho de reconcomio y contumacia. En el que prefiero por ahora no escarbar.

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samedi 16 septembre 2017

Apostillas al nombre de la pluma

El nombre de pluma, 2

Quedamos en que los plumillas reempluman su nombre mayormente para subirse el pelo. Un poeta poético prefiere firmar sus odas con un nombre poético. Así Hernán Díaz pasó a llamarse Pablo de Rokha y Lucila Godoy, Gabriela Mistral. Y Filadelfio Gutiérrez, Rosamel del Valle. La explicación que daba este último era también poética: su primera novieta se llamaba Rosa Amelia del Valle.

Algunos que tienen el pelo muy subido, en cambio, se lo bajan un palmo para estar más a tono. Así Vicente García-Huidobro se extirpó el García y Emmanuel Carrère d'Encausse se operó el d'Encausse. A un prosista le va mejor un nombre prosaico.

Estas operaciones podríamos llamarlas cosméticas, dicha sea la cosa sin carga despectiva.

Porque también están aquellas operaciones que tienen su punto de densidad existencial, no sé decirlo de otra manera. Tiempo atrás publicaba una columna en un diario chileno una chica estupenda que tenía un nombre perfecto. Las columnas eran buenas pero saltaba a la vista que las escribía un señor talludito. ¿Por qué? Vete a saber por qué, pero esas cosas se huelen. Lo que importa en este caso es que con la penectomía la carga expresiva aumentaba.

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samedi 9 septembre 2017

El nombre de pluma

Tsevanrabtan publica un libro y lo firma con su nombre de pluma, como es natural.

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¿Me explica lo del nombre de pluma con un par de ejemplos, que es como yo entiendo las cosas?

Voltaire se llamaba François-Marie Arouet. Lo conocemos como Voltaire porque es el nombre que se dio a los 23 años para firmar sus escritos, tras pasar un año preso en La Bastilla. Hay varias explicaciones sobre por qué escogió ese nombre. Yo prefiero aquella que dice que Voltaire es apócope de VOuLoir faire TAIRE —mandar callar.

Fernando Fernández Martín firma como Fernando Savater porque —lo explica él mismo—es menos anodino.

Y así podríamos echar la tarde porque los ejemplos son legión.

Algunos, como Pessoa, no se contentaron con un único pseudónimo y cultivaron la heteronimia. Sonado también es el caso del ruso Roman Kacew que se reconvirtió en el escritor francés Romain Gary y bajo ese nombre ganó el Goncourt. Como el Goncourt sólo se puede ganar una vez, se inventó un sobrino, lo llamó Émile Ajar —en ruso gary es quemado y ajar ceniza— y lo volvió a ganar.

Pablo Neruda se llamaba Neftalí Reyes. Aún no había recibido el Nobel pero ya era un celebrado poeta y senador de la república cuando una mañana en que charlaba con un amigo en el centro de Santiago de Chile un señor le dio una palmada en la espalda y exclamó: «Reyes, cómo te ha ido. Te acuerdas de mí, soy Raúl Moya, fuimos compañeros en el liceo de Temuco». Y antes de que Neruda pudiese decir nada: «A mí me ha ido excelente, tengo una flota de camiones». Y tendiéndole una tarjeta de visita, a manera de despedida: «Cuando vayas por Temuco, pasa a verme y te invito a almorzar».

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