Justo antes de leer el desenlace de Berta Isla, cerré el libro y me dije que Marías podría haberse atrevido a terminarlo en ese punto, dejando a la protagonista sumida en la indefinición y la melancolía de la espera en su isla madrileña, como buena Penélope que es.

Cuando leí por fin el desenlace tuve que admitir que éste está bien llevado y que la novela, impecable hasta ese momento, se gana también el derecho de atar los últimos cabos y de cerrarse sobre ella misma.

Impecable conjunto, ya digo. Pero no hay que hacerme mucho caso, para mí la mejor novela de Marías suele ser, mientras la leo, la última. Con todo, he dejado pasar unos días antes de escribir esto, a ver si pasada la emoción asomaba la decepción. Y no.

Como otras veces, las abundantes citas que apoyan la historia no las malgasta Marías en epígrafes sino que las integra con bien en la propia narración. Como otras veces, también, en esta historia he vuelto a ver la vieja renuencia de los personajes masculinos de las novelas de Marías a asumir la paternidad, las vueltas que se obligan a dar para convertirse en padres.

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