dimanche 19 novembre 2017

Tango del viudo

Niveles de vida, de Julian Barnes. Tres relatos, el primero consagrado a Nadar, el autor de este autorretrato impagable que muestra que el el fotógrafo francés fue también un pionero de la navegación en globo.

Nadar,_Félix_-_Self-portrait

El segundo relato está dedicado a la actriz Sarah Bernhardt (la foto es de Nadar) y a su fugaz novio, Fred Burnaby. Hay un momento cumbre en el relato y es cuando Burnaby —otro aeronauta—, tras declararle su amor a la Bernhardt la ve alejarse del brazo de otro pretendiente. La melancolía que invade al británico es del nivel de la que resiente el babuino en el desierto de Karoo.

Sarah_Bernhardt,_par_Nadar,_1864

 En el tercero y último, Barnes cuenta su vida tras la muerte de su mujer, su luto, su duelo. Curiosamente, el día en que acabé de leerlo fui a un funeral. En la ceremonia me di cuenta de que todos quienes hablaban se dirigían a la única persona que no podía escucharlos. Con el texto de Barnes pasa algo semejante: está muy bien leerlo pero su verdadero destinatario es justamente quien no podrá hacerlo.

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samedi 11 novembre 2017

Quién la mandaba flores por primavera

Me enteré ayer de que la canción Un ramito de violetas se escucha cada 9 de noviembre. La escucho y compruebo que cuenta una historia ambigua, cosa poco común en la canción popular.

Ahora leo esto que le dedica El País y veo que la última línea dice que la canción es dulce y, a la vez, perversa. Ya te digo.

La flor está bien escogida, porque Violeta viene de Ío, una amante de Júpiter a la que, «para protegerla», el dios del rayo convirtió en una ternera que alimentaba con flores de violeta.

Por lo demás, en la versión de su autora, Cecilia, es una buena ilustración de laísmo, ese hábito entrañable de viejos castellanos.

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lundi 6 novembre 2017

Tres de Coetzee

Pregunté ayer en Twitter cuál de estas tres portadas es mejor:

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Este es el resultado: 47% para la australiana, 45% para la francesa y 8% para la argentina. 

El que pregunta no vota pero debo decir que comparto el resultado. Las dos primeras me gustan mucho y funcionan de diferente manera, creo yo. La australiana da por hecho que el potencial lector conoce al autor y se sentirá estimulado por el enigma que supone la presentación del título: doce signos ordenados simétricamente ocupan todo el espacio de la portada. Las nueve letras del nombre del autor y, abajo, en números romanos, la fórmula 1, 2, 3. Descomponer el nombre del autor en tres grupos de tres letras da como resultado que las iniciales aparezcan arriba. Lzs dos «palabras» que siguen connotan o significan: Zee, por ejemplo, quiere decir en neerlandés «mar».  A falta de ser unívoca semánticamente, la imagen lo es visualmente. Es ingeniosa, además.

La edición francesa echa mano a una imagen de síntesis —y viene a cuento llamarla así: una isla donde caben tres paisajes diferentes: un macizo vegetal con su palmera —la isla del náufrago, la isla de Robinson Crusoe, tal como la hemos visto mil veces representada—, rodeado por una iglesia más o menos barroca y unos rascacielos. La isla «flota» en ese espacio visual que queda a veces entre el mar y el cielo.

Cabría preguntarse frente a la imagen si se ajusta al contenido del libro. El primero de estos tres relatos de Coetzee se llama «Una casa en España» y se sitúa en Cataluña. El segundo se llama «Nietverloren» —No está perdido o abandonado— y describe una travesía por el desierto de Karoo, en Sudáfrica. El tercero, «Él y su hombre», es su discurso de aceptación del Nobel en 2003, y se sitúa, por decirlo así, en la costa sur de Inglaterra. Para refirse a sí mismo, Coetzee se apoya en uno de sus clásicos, Daniel Defoe. La isla como metáfora cabe, así, en la imagen de la portada, junto a los tres paisajes contenidos: la naturaleza más o menos intemporal, el pasado y el presente.

La edición argentina funciona sobre la misma base que la francesa, pero está menos conseguida. La fotografía muestar una casa que podríamos encontrar en Cataluña, cierto, o incluso en el Karoo, pero que no nos dice por qué tendríamos que interesarnos por ella.

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samedi 4 novembre 2017

A Van Gogh lo mató Fuenteovejuna

Vista La Pasión Van Gogh.

La película comienza por preguntar por qué se mató Van Gogh. Tras examinar algunas hipótesis —la madre, el padre, su hermano Theo, Gauguin, las mujeres, el alcohol, los amigotes, la locura, la falta de dinero y de reconocimiento—, acaba abrazando la tesis de uno de los médicos que examinó al holandés en su lecho de muerte: Van Gogh no se mató, lo mataron.

Para demostrarlo, el filme pone sobre los últimos pasos del pintor al hombre de la chaqueta amarilla, Armand Roulin, hijo del encargado del correo de Arles, a quien su padre envía a entregar a Theo Van Gogh la última carta escrita por Vincent. De entrada, el hombre de la chaqueta amarilla desprecia al holandés, al que considera un débil, pero poco a poco se va identificando con él. Un esquema de historieta, en suma.

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Empeñado en ese punto, el filme sólo aflora un detallazo. Quien se quedó con buena parte de la obra de VG, el doctor Gachet, fue copiando una a una las telas, lo que obligó luego a los expertos a discernir cuál era el original y cuál la copia. Pues bien, el doctor Gachet admiraba y probablemente envidiaba a VG porque él mismo era un pintor contrariado y el padre de la mujer que VG amaba. Además, el doctor y el pintor se parecían físicamente. Un conflicto mimético donde los haya.

En el plano formal, La Pasión Van Gogh opta por un procedimiento novedoso y celebrado que consiste en pintar la película a mano, a la manera de Van Gogh. Lo que está bien, en la medida en que permite al espectador ver los lugares filmados como si de telas del holandés se tratase. Eso sí, al cabo de un momento la fórmula satura. 

Me apuro en decir que el filme me interesó. Le doy cero almohadas, porque en ningún momento me dormí. No obstante, y teniendo en cuenta de que hay ya más de una docena de buenos filmes sobre VG, la pregunta que a mí me gustaría abordar es ésta: en los últimos ocho años de su vida VG pintó más de 800 telas que como conjunto y muchas de ellas por separado están en lo más alto de la historia de la pintura. Y sin embargo, en vida sólo pudo vender una.

Digo desde ya que la explicación al uso, según la cual el artista se adelanta a su tiempo, no me convence. Y al decirlo estoy pensando, cómo no, en mi amigo Rodrigo Lira, de quien Roberto Careaga acaba de escribir esta biografía.

Así es que vuelvo a la pregunta del inicio: ¿Quién mató al pintor? Fuenteovejuna, señor.

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