En un par de viajes largos por carretera he vuelto a escuchar música brasilera.

Como todas las sensaciones, la música te pone en el presente, te recuerda quién eres, y puede que también te lleve a algún momento anterior y te recuerde quién fuiste. Lo cierto es que siguendo el balanço de Marisa Monte o el gracejo de Baby Consuelo me acordé de quién llegué a ser alguna vez escuchando música brasilera. En Brasil o lejos de Brasil. Buenos momentos la mayoría, aunque también hubo alguno agridulce. Y raro.

Un domingo por la mañana nos embarcamos en el puerto de Salvador rumbo a la isla de Itaparica. Una mañana solar, de esas en que se impone la luz y no le deja espacio a nada que no sea la luz. Eramos los únicos extranjeros en medio de una treintena de bahianos que iban a pasar el domingo en las playas y los pueblos de esa isla preciosa. En medio del silencio de la travesía y sin que mediara provocación alguna, de pronto los bahianos se echaron todos a una a cantar y bailar esta canción rijosa, La moza que tiene piojos. Señor, llévanos lejos.