Anoche había una buena razón para celebrar y celebramos. Conté entonces la aventura del personaje de una novela de Tabucchi que recorre Lisboa un domingo de julio de extremo calor con una botella de Veuve Clicquot bajo el brazo.

Por la mañana abrí el libro y vi que no es con una botella de Veuve Clicquot que se pasea el personaje sino con una de Laurent-Perrier. A la hora de comprarla en «La Brasileira», el hombre duda entre ambas marcas pero el barman inclina la balanza en desfavor de la Veuve Clicquot porque afirma que no le gustan las viudas.

Pasa por muchos sitios y le pasan muchas cosas al personaje de «Requiem». El cuento es que llega sobre la hora de cierre al Museo de Arte Antigua porque quiere volver a ver «Las Tentaciones de San Antonio», del Bosco.

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Frente al tríptico hay un copista que reproduce un detalle a un tamaño desproporcionadamente grande. El copista le explica que trabaja para un millonario texano que quiere llenar su rancho con detallazos del Bosco.

El copista conoce el tríptico como sus bolsillos (así dice, «como os meus bolsos»). Antes de estar en el museo, añade, el tríptico estaba en el Hospital de los Antonianos, a donde llegaban las víctimas de enfermedades de la piel, casi todas de origen venéreo. La más común de esas enfermedades era el entonces llamado Fuego de San Antonio, ahora conocido como herpes zoster. Los enfermos peregrinaban hasta el tríptico del Bosco para pedir a San Antonio que los curara de los terribles ardores de ese fuego.

El virus del herpes zoster lo llevamos todos dentro, dice el copista, nos ataca si bajamos las defensas y luego se adormece hasta que reaparece. El herpes es como el remordimiento, sentencia. Podemos amansarlo y adormecerlo, pero en cuanto nos pilla volando bajo nos vuelve a atacar.