Cuando acaba Cold War, hay un fundido a negro y suenan las Variaciones Goldberg, de Bach. No puede haber mejor cierre para la historia de un pianista al que le retuercen los dedos y de una cantante que se ha quedado sin ganas de cantar.

La Polonia de la Guerra fría, entre 1949 y 1959, es ese país del que hay que huir y al que sin embargo hay que intentar volver porque el exilio puede ser una ventana que se abre pero es sobre todo una puerta que se cierra. El país de esos cantos y bailes regionales manipulados por el stalinismo y sin embargo añorados, como un amor perdido por la distancia.

Pawel Pawlikowski dedica Cold War a la memoria sus padres. Es un filme magnífico, que no quede sin decir.