Diario de Chile, 2

Los Andes vistos desde el aire son una larga sucesión de crestones ocres más o menos indescriptibles, entre los que descolla la cara nevada del Aconcagua. Todo es tan real que cierras los ojos y lo sigues viendo durante largos minutos. Como si lo soñaras a la hora del crepúsculo mientras el sol mete a bortotones por la ventana del Iberia una miel deliciosa para quien va huyendo del invierno belga. Luego, ya en tierra, ya de noche, habiendo salvado el obstáculo del aeropuerto colapsado, ves desde la carretera la forma oscura del mar. Y otro día, más tarde, el espectáculo de la ciudad moviéndose entre la luna y las luces.

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Chile saca mejor nota en geografía que en historia. Así entiendo yo la boutade parriana: «Creemos ser país y la verdad es que somos apenas paisaje». La fórmula tiene medio siglo y puede ser que la cosa se haya ido equilibrando pero el fondo del asunto sigue en pie: la loca natura y la poca cultura.

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En Santiago vivo a un ritmo más intenso que el que llevo en mi pueblo, al punto de que a veces despierto por la noche y me pregunto si era necesario haber hablado tanto.

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Entre tanto hablamiento intento usar yo también las palabras que escucho. La palabra del año en Chile en 2018 fue «microplástico». Para mí la palabra de este viaje es «abajista», el opuesto complementario de «arribista». Cuánto se tardó en acuñarla. Porque, claro, así como hay arribistas también hay abajistas. Arribista ya es un insulto. Abajista todavía no, pero no tardará en serlo. Como cualquier calificativo, por lo demás.

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No hay nada en el mundo más suave que las mejillas de un niño recién nacido. Cosas que dice mi madre. Lo dice a la pasada pero yo sospecho que está hablando de mí.