Creo que fue Gurdjieff quien, viendo a un perro aliviarse y continuar su paseo sin volverse a calibrar lo obrado, dijo que el día en que el ser humano hiciese otro tanto otro gallo nos cantaría.

Es un viejo volador de luces esa idea de que el hombre será feliz cuando se deshaga del fardo de la cultura. Yo no creo en eso por, cómo decirlo, experiencia propia. Recuerdo que cuando niños éramos bastante naturales al punto de que nos subíamos a los árboles para instalarnos en una sólida rama y desde ese plataforma nos alivábamos. «A la una —gritaba uno— a las dos y a las tres» y los participantes nos poníamos a la tarea. El que tocaba el suelo antes con su obra ganaba el torneo.

Otra competencia consistía en obrar cada uno lo suyo y esperar a ver cuánto tardaba en posarse la primera mosca verde. Cuento esto no por mero afán escatológico, que también, sino para insistir en que aun en medio de la naturaleza las necesidades naturales son humanizadas.

De jovencito leí Rayuela de Cortázar. Nada menos original pero me gustaría saber qué retuvo la gente de ese libro. Yo recuerdo unas cuantas escenas y estas dos relacionadas con el asunto que trato y que van en una dirección opuestísima a la del perro de Gurdjieff: Oliveira iba al retrete, componía su deposición y luego se volvía a mirarla lleno de perplejidad: «Pero esto... ¿lo he hecho yo?»

O bien, y como compartía un único retrete con su novia, se encontró un día golpeando la puerta y diciéndole desesperadamente: «O te apuras o te cago encima».

Escribo estas líneas a cuento de un buen libro que he leído en el que se cuenta un largo viaje por países distantes y en el que no se menciona apenas la ocupación a la que me estoy refiriendo. Y bien sabemos todos que en un viaje la cuestión ocupa mucho lugar. Sobre todo en el imaginario. ¿Dónde y cuándo? son preguntas cruciales que se hace el viajero.

A diferencia de ese filme de Wenders, En el transcurso del tiempo, en el que en un momento del viaje el conductor del camión se detiene en un páramo cualquiera, se baja los pantalones, se encuclilla y se deja llevar por la naturaleza ante la atenta mirada de la cámara en una actitud próxima a la del perro de Gurdjieff.

Creo que es la única vez que se ha visto una secuencia así en el cine. La película es de 1976. Cuántos años tuvieron que pasar para que se diera el caso y cuántos han pasado después sin que el caso se repita. En Salo, que es del año anterior, Pasolini muestra lo contrario, es decir cómo se impide a los protagonistas ir al retrete durante un largo día. Y en El Fantasma de la libertad, que es de 1974, Buñuel encierra a las personas a comer a escondidas en los retretes y las reúne a defecar en torno a un mesa convivial.

He escuchado a viajeros impenitentes contar escenas de retrete impagables. Un amigo vivió un tiempo en Sri Lanka en la casa de unos srilankeses. Todas las tardes la criada sacaba la mierda de la casa por un hueco en el muro exterior. Allí fuera tomaba la palangana una mano invisible y la hacía desaparecer.

Otra amiga pasó un periodo en un pueblo perdido de Nepal, donde las condiciones de vida eran minimalistas y para defecar había que buscarse la vida en las inmediaciones. Así mi amiga intentaba alejarse por las mañanas buscando un lugar tranquilo pero siempre había dos o tres lugareñas que insistían en acompañarla porque es de mal tono dejar solo al forastero en cualquier trance, incluso en ése.

Me resulta difícil imaginar una situación más incómoda. Al punto de que a veces cuando quiero quejarme del confinamiento me acuerdo de Nepal y se me pasa en seguida.

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